EDUCACIÓN FÍSICA – ACTUALIZACIÓN CONCEPTUAL.

 

 

Manuel Vizuete Carrizosa

MANUEL VIZUETE CARRIZOSA

Maestro de Enseñanza Primaria – Licenciado en Educación Física – Licenciado en Geografía e Historia – Doctor en Historia Contemporánea. Catedrático de Universidad. Líneas de Investigación: Didáctica de la Educación Física. Producción Materiales Didácticos para la Educación Física Escolar. Historia y Filosofía del Deporte y de la Educación Física. Formación del Profesorado de Educación Física. Fundador de La European Union Physical Education Associations (EUPEA) Comité de Expertos del Consejo de Europa (EF, Deporte Escolar y Deporte para Jóvenes) Coordinador del Foro Hispano mexicano.

 

EDUCACIÓN FÍSICA – ACTUALIZACIÓN CONCEPTUAL

Prf. Dr. Manuel Vizuete Carrizosa

 

Principios directivos de la acción educativa en Educación Física-

Educación Física y entorno cultural

 

En el caso de la Educación Física, como en el de cualquier otra ciencia o disciplina, es preciso comenzar por una legitimación de los contenidos y, posteriormente, precisar la posición de los enseñantes en el sentido de que las prácticas que realizamos responden a una serie de saberes y experiencias acumulados que se renuevan constantemente mediante la experiencia y la práctica diaria. Dicho de otro modo, que nuestro modo de operar está sustentado y referido a la cultura y legitimado por un cuerpo científico.

Desde este punto de vista, es preciso que definamos, en primer lugar, el contexto ideológico de la Educación Física y del deporte contemporáneo, y su ubicación dentro del fenómeno social conocido como cultura del ocio y la consideración especial que en las sociedades desarrolladas ha de darse al llamado tiempo liberado.

El trabajar más y mejor de la propuesta patronal, encuentra su réplica en trabajar menos para trabajar todos de la reivindicación obrera. En la historia reciente de la humanidad es fácil seguir el itinerario de la lucha por conseguir rescatar humanizado el tiempo que las clases obrera se vieron obligadas a vender en las peores condiciones. En este sentido, el ocio en su acepción mas profunda, significa: actividad creativa y enriquecedora en libertad, entendida esta como posibilidad de escoger y para desarrollar al máximo las cualidades intrínsecas de cada uno[1].

Al objeto de clarificación terminológica, hemos de significar que el término libertad ha sido introducido por historiadores y sociólogos. Tiempo libre es, por tanto, una aceptación universal para definir el tiempo rescatado al trabajo; donde cesa el trabajo determinado por la necesidad y la finalidad exterior. Por su naturaleza, se encuentra mas allá de la esfera de la productividad propiamente dicha.  Solamente se puede considerar tiempo libre, aquel que permite el desarrollo de las cualidades humanas. Karl Marx[2].

Es decir, que solo pueden considerarse realmente ociosos los espacios de tiempo que pueden ser disfrutados de forma personal y sin preocupaciones de carácter utilitario. Por ello, lo que caracteriza al tiempo liberado de la actividad laboral es su dimensión específicamente humana, determinado por la posibilidad de convertirse en un tiempo desalienante y humanizador.

En cualquier caso, resulta difícil y controvertido para los especialistas la definición del ocio. En principio, hemos de argumentar que el ocio es un fenómeno resultante de los avances tecnológicos que han permitido liberar al hombre de una buena parte del tiempo que antes debía invertir en el trabajo, así, el tiempo de ocio sería el que queda libre una vez terminado el trabajo y cubiertas las necesidades casi biológicas,[3] sin que exista una delimitación clara de cuales son estas necesidades, ya que el desarrollo de la vida humana comporta distintos enfoques y connotaciones  a la hora de calificar una actividad.

En otro sentido, el ocio queda definido por aquellas actividades que el hombre realiza fuera de sus obligaciones profesionales y al margen de las necesidades tanto físicas como sociales que le ocupan, lo que el hombre hace y podría no hacer es considerado como ocio puro, por lo que, junto a la posibilidad de realizar actividades en el tiempo de ocio hay que inscribir la voluntad o el deseo de realizarlas, hecho este, que tiene que ver: con situaciones de tipo cultural, de formación humanística y con el estado de la oferta de servicios que para ese tiempo de ocio les sean propuestos a cada persona o sociedad concreta.

La primera cuestión que surge a la hora de contextualizar la actividad física y el deporte en el tiempo de ocio, es el contrasentido aparente que dimana de la propia naturaleza activa y de esfuerzo físico que conlleva esta actividad al incluirla en un espacio de tiempo conceptuado como de descanso.

Por otra parte, el espectro abarcado por el concepto deporte es muy amplio y con muy diversas alternativas. Para una gran mayoría de personas que hacen del deporte su opción para el tiempo de ocio, su papel en el fenómeno deportivo no pasa de ser el de espectador, con lo cual, su nivel participación en el evento es el de haber elegido esta actividad como distracción. Para otro tipo de personas, a la implicación dentro del proceso deportivo o de sportivización social, se llega como consecuencia de un deseo de perfección de sí mismo o de la propia estructura que soporta a la actividad deportiva en cualquiera de sus niveles, aquí encontraríamos al practicante deportivo en el primer caso, y en el segundo al promotor deportivo. En cualquier caso, el objetivo de ambas opciones es el sentirse mejor una vez realizada la actividad deportiva de que se trate, bien es verdad, que hemos de distinguir aquí la diferencia entre lo realizado en provecho propio y lo que se aporta, desde una visión puramente altruista, a una dimensión socialmente constructiva, que es conectable, prácticamente de forma automática, con la acción política.

Se define igualmente al ocio, como el empleo de las facultades que no pueden ejercerse de forma efectiva en la profesión. El ejercicio de estas en actividades voluntaria y libremente elegidas desarrolla una cierta cultura intelectual o física que, convenientemente organizada y estructurada, suponen una oferta cultural para ese tiempo ocioso, cultura que, de forma no consciente, se transmite a los participantes con indudable influencia en su personalidad y en sus modos de ser y de actuar.

Este concepto de tiempo de ocio como tiempo de educación personal es algo completamente claro en cualquier teoría de la Educación Física y del deporte. El problema surge a la hora de determinar: los momentos de educación, el tipo de educación, los contenidos, los objetivos, el educador y, sobre todo, ¿quién o en que instancias, o en beneficio de quién o de qué, ha de configurarse esta acción evidentemente política

Otra de las cuestiones a tener en cuenta es la atracción que despiertan la Educación Física y los deportes como opción a la ocupación del ocio, para muchos estudiosos del fenómeno, la explicación está en razones profundas que tiene que ver con el desarrollo de la propia personalidad, el concepto de homo ludens suele aplicarse con trascendencia genética respecto del placer que el juego genera en el hombre, juego entendido, en este caso, como actividad variada, discusión, toma de decisión, ejercicio, competición, superación de las propias posibilidades, etc[4].

A la hora de integrar las actividades físicas y los deportes dentro del ocio, resulta imprescindible que ese ocio sea una realidad tangible; de hecho, hablar de ocio en la España de principios de siglo o incluso en los primeros tiempos del franquismo, no deja de ser una utopía, ya que, como sabemos, solo se puede hablar de ocio cuando las sociedades tienen cubiertas las necesidades vitales. Esta y no otra es la valoración esencial del fenómeno que nos permite incluirlo como uno de los parámetros cualificadores de otro concepto más amplio que definimos como calidad de vida. Otro problema añadido es el de la consideración moral de las actividades de ocio, no resulta fácil, en modo alguno, pasar de la idea universalmente asentada desde la revolución industrial, del trabajo como fuente de virtud y la ociosidad como madre de todos los vicios, a la teoría del ocio como generador de cultura y de hábitos sociales útiles y altruistas.

Para gran parte de la sociedad española, hasta época muy reciente, la realización de actividades físicas se asociaba permanentemente a los profesionales del espectáculo circense o deportivo o, en todo caso, a los económicamente poderosos que no tenían necesidad de procurarse el sustento y podían permitirse el lujo de perder el tiempo en actividades inútiles. Obviamente cosa de hombres, y de algunas mujeres excepcionales, por lo fuera de lo común, que no tenían miedo de poner en cuestión aspectos, social y religiosamente tenidos como esenciales e inherentes a la condición femenina.

La aparición del tiempo de ocio en todos los países desarrollados, es consecuente a la especialización de las ocupaciones y a la división del trabajo en horas. La actividad laboral delimitada por el horario por una parte y la resolución de las necesidades vitales por otra, es lo que determina la posibilidad del ocio creativo, y esto ocurre siempre a partir de determinados niveles de renta per cápita.

Cuando se tiene una jornada laboral definida y no es necesaria una segunda ocupación para resolver necesidades inmediatas y vitales, podemos comenzar ha hablar de tiempo de ocio, o de la posibilidad de tenerlo. Este hecho, en España no comienza a generalizarse mediada la década de los setenta; hasta entonces, el tiempo que no se dedica a la actividad laboral se dedicaba, casi exclusivamente, al descanso.

Esta situación descrita es la que determina que la generalidad de la sociedad española haya venido accediendo al fenómeno de la Educación Física y del deporte desde la órbita del espectador, por lo que, hasta mediados los ochenta, y en lo que se refiere a la participación ciudadana, el nivel de distracción o de espectador del fenómeno deportivo que hemos señalado anteriormente, era prácticamente el único alcanzable por los adultos, los trabajadores y las clases sociales más desprotegidas.

El binomio ocio-actividad física en el mundo contemporáneo.

Debido a una evolución positiva de los niveles de renta, especialmente a partir del desarrollismo de los sesenta, se aprecia un gradual acceso a las actividades físicas en el tiempo libre en la segunda mitad del periodo franquista, con una aceptable organización técnica en los niveles escolares y de juventud plateada como acción política y con la pretensión de llegar a todos los rincones del país.

El gran esfuerzo realizado en este momento, corresponde más a los ejecutores de la misión que a una verdadera intención política. Este esfuerzo enorme, de gran carga voluntarista acababa siendo estéril, ya que, el esfuerzo llevado a cabo en los niveles infantiles y de adolescencia quedaba anulado al alcanzar las edades de acceso a la actividad laboral, en las que por imperativo de la necesidad personal y de las condiciones en que el trabajo se desarrollaba, quedaba automáticamente descartada cualquier posibilidad del tiempo de ocio. Por otra parte, la documentación existente sobre fines y objetivos de la Educación Física y el deporte, no contemplaba la actividad física como alternativa al tiempo de ocio. Es más, no hay en ningún caso una referencia clara al tiempo libre y a las formas o posibilidades de su empleo.

Para los teóricos de la Educación Física y del deporte de los sistemas políticos totalitarios, esta es esencialmente una actividad educativa que forma parte de la formación política, actividad en la que, por su propia naturaleza, la posibilidad de incidencia política debe acentuarse, siendo lo político la razón última de la extensión del fenómeno. Es por ello que el reconocimiento de la calidad de politizable, referido a estas actividades, es lo que motiva un especial control de los centros de enseñanza y del tratamiento de la formación y del control del profesorado especializado.

Sería ocioso traer a colación el desarrollo vertiginoso llevado a cabo no solo en los planteamientos, sino también, en la extensión del propio fenómeno Educación Física en si misma desde el final del XIX, la desaparición de las instituciones de los regímenes totalitarios, que fueron el soporte técnico de la Educación Física, y la apropiación de las actividades física y el deporte por los Ayuntamientos democráticos en primera instancia, y los distintos escalones de la administración de las Autonomías y del Estado posteriormente.

Probablemente, nunca, desde la época del imperio romano en la península ibérica, se había visto un despliegue y un esfuerzo semejante en torno a la promoción de las actividades físicas y del espectáculo deportivo como el que se produce en la España de 1975 al 1992; el desarrollo fue tan rápido que superó las previsiones mas optimistas, de tal manera, que en el momento actual nos enfrentamos, a un futuro marcado por el perfil generacional de los nacidos en los ochenta y los noventa, cuyo perfil merece un detenido estudio.

Los Juegos Olímpicos de Barcelona y la proliferación de las actividades de ocio y recreación basadas en el desarrollo de las actividades físicas, han supuesto, junto con una espiral económica basada en el consumismo deportivo, una falsa imagen del impacto real de las actividades físicas y del deporte en la sociedad juvenil contemporánea española.

Los jóvenes actuales, y el lugar que ocupan en la sociedad, como es habitual están determinado por el que ocupa su generación en el proceso de reproducción de la sociedad, por el momento histórico en que viven y por sus características generacionales concretas. En el momento actual nos encontramos ante una encrucijada juvenil, generada por el proceso de tránsito de la llamada generación juvenil de los ochenta, hija biológica de la generación de la postguerra que fue privada de los puestos de responsabilidad y de mando social por la llamada generación del sesenta y ocho; esta generación se enfrenta, al acceder a su edad adulta, a una sociedad de pocas oportunidades, por cuanto el acceso al poder social les es casi imposible al estar ocupado por la generación precedente, en un horizonte no inferior a veinte años, y que como hecho significativo mantiene el aferrarse, hasta casi la treintena, a pautas de conducta y modos de ser típicamente juveniles, dependencia de los padres incluida.

Por otra parte, encontramos el acceso a la edad juvenil de los hijos de la propia generación del sesenta y ocho, que, educados según las propias teorías asimiladas, predicadas y debatidas por la generación paterna, vienen provistos de una carga de optimismo, integrismo, y combatividad digna de la generación de sus progenitores.

El espacio juvenil, por tanto, está en el momento presente ocupado, por una generación saliente que se aferra a la práctica deportiva como seña de mantenimiento y prolongación de la edad o modo de ser joven, y una generación entrante en la que el deporte forma parte de su educación, no como logro social y reivindicativo, sino como situación de hecho normal, asimilada dentro de un nuevo modelo de educación integral que les ha sido impartido.

La traducción de estos hechos y circunstancias en las actividades deportivas, y en las de ocio y recreación es notable; el deporte reglado, de cuatro fundamentales más atletismo, característico de los ochenta, ha dejado paso, por aumento del poder adquisitivo en general, y del parque de instalaciones disponible con libre acceso, a una mayor variedad de practicas de actividades físicas y de posibilidades de empleo del tiempo libre. Igualmente, y probablemente por esta misma circunstancia, a una situación especial de rebeldía deportiva, sin duda alguna heredada, y que en las actividades deportivas juveniles está desarrollando lo que he denominado el anti deporte o el postmodernismo del deporte[5] actividades que no suponen tanto el desarrollo de lo que tradicionalmente hemos entendido como deporte, en el sentido tradicional del término” como el acercamiento al concepto de sport en su versión original.

Identificando los procesos formativos desde los puntos de vista sociales que definen a las generaciones que hemos situado en la encrucijada, hay que decir de la generación juvenil de los ochenta, que es la primera en la que se produce un corte radical en los medios modos y posibilidades de formación social con la generación precedente, se trata de la primera generación sobre informada en la que el papel de la televisión, de la publicidad y de los medios de comunicación es decisivo. Esta circunstancia es especialmente importante en lo que atañe a la construcción del imaginario social referente, sobre las actividades físicas y el deporte; de la lectura de periódicos y revistas deportivas, resúmenes en el No-Do, algún partido semanal en blanco y negro, y bastantes en diferido presenciados por sus progenitores, los jóvenes de los ochenta, disfrutan del color, las retransmisiones en directo y de canales de televisión exclusivos de deportes. La identificación de los modos y las pautas sociales con aspectos deportivos como noble competencia o fair play, o la inclusión en el propio lenguaje coloquial de términos y expresiones procedentes del deporte y de las actividades físicas, hacen que ese modo de vivir y de sentirse deportivo, sea una de las señas distintivas que identifica a estas generaciones frente a las anteriores.

Referido a España, la generación de los jóvenes nacidos en los ochenta, es la generación de la promoción deportiva. En efecto, frente al samaranchiano ¡Contamos contigo!, evolucionado al prudente ¡Mantente en forma!, ante al incapacidad de dar cabida, soluciones y posibilidades al desbordante interés participativo de la generación del sesenta y ocho, la generación de los ochenta es la generación posibilista, la de poner por obra lo predicado; es la  del ¡Ningún niño sin saber nadar!, la de los planes experimentales de promoción deportiva, la de los primeros pasos reales del deporte para todos, son los destinatarios en definitiva de la furia organizativa de los primeros Ayuntamientos democráticos del ¡Hay que hacer algo…………….! de los Ayuntamientos del ¡se tiene que notar……………! son los beneficiarios, en primera instancia, de la furia creativa y de la acción de política social de la generación del sesenta y ocho en su estreno del poder. Son, en definitiva, los primeros que asimilan la idea del deporte y de la práctica deportiva, como señas no solo de identidad juvenil sino de identidad social y de definición como grupo generacional. Por su parte, la generación de los noventa es esencialmente distinta. Frente a la característica definitoria de desheredamiento que define a la generación del ochenta por haber sido privados sus padres de protagonismo social, frente a este carácter de espectadores crónicos que le atribuye el Informe Juventud en España[6] como consecuencia de sus dificultades para ser integrada en las estructuras del sistema social, esta generación, la generación juvenil de los noventa, no presenta de entrada los problemas de la precedente en cuanto a su falta de identificación social o generacional.

Los jóvenes del dos mil no recuerdan los tiempos de guerra y mucho menos la vida en los sistemas totalitarios, excepto los que se mantienen como reliquias anacrónicas y, su desarrollo se ha producido, al igual que ocurrió en el caso de la generación de sus progenitores en un momento histórico estable y seguro, con las ventajas, en este caso, de  haberse finalizado los procesos de desarrollo y cambios políticos que hicieron la infancia de sus padres, si no insegura, al menos preocupada por el porvenir. En cuanto a los medios, no solo han dispuesto de los que tuvo la generación precedente, sino que además son la generación de la sociedad de la informática y de la información con todo lo que eso conlleva de exactitudes, de control y de perfecciones, nunca hubo generación que tuviera mas claro las relaciones de causa efecto, ni que se preocupara tanto por cualquier fallo del sistema o por los procesos no controlables.

Las actividades físicas y el deporte suponen para ellos un hecho normal y cotidiano, literalmente no entra en su idea del mundo y de la sociedad un mundo sin deportes, de hecho, pueden ser definidos como la generación de la raqueta por su hábito de llevarla consigo a todas partes. Frente a la generación del balón de cuero de la postguerra, el balón de reglamento como objetivo de los cincuenta, o el balón de baloncesto como timbre de progresía y modernidad que definía al la generación del sesenta y ocho que detestaba, en un peculiar no están maduras por su identificación burguesa, al tenis, la generación de los noventa, parece haber enterrado definitivamente el chándal de goma espuma de sus padres, para reivindicar entusiasmada las marcas y su derecho a disponer de una buena pista, para dos donde dar, sin prisas ni agobios, rienda suelta al entusiasmo deportivo-recreativo que les caracteriza.

Hay que decir también, en este comienzo de milenio, que la generación paterna, la del sesenta y ocho, ha roto sus viejos prejuicios y saltando sobre sus propias ideas sobre la forma de entender la relación progresismo-deporte, encara el golf como deporte en el que encontrar, tal vez el secreto de la eterna juventud, o quizás la catarsis social necesaria que justifique el haber caído en los viejos moldes criticados e iniciar la reconciliación generacional con sus mayores.

Hay, no obstante, sobre todos los demás, un sobresaliente aspecto en la generación de los noventa, ante cualquiera de las precedentes en relación con la actividad física y el deporte, se trata de la incorporación masiva de la mujer al deporte, la presencia cada vez mas numerosa de las chicas en las canchas, no ya demandando atenciones en el terreno físico deportivo sino ocupando, sin dar explicaciones, sin aspavientos, con desenvoltura y naturalidad, un espacio que hasta ahora había pertenecido a los varones a los que comienzan a desalojar cuando no aceptan compartir. Es, en definitiva, la consecuencia afortunada y visible de un proceso educativo en el que, por primera vez en la historia, la mujer tiene un puesto en los rankings deportivos en igualdad de condiciones; una generación que inscribe los nombres de sus heroínas adelantadas, entre las grandes campeonas olímpicas, por delante de las aportaciones masculinas.

Desde el fin de siglo, la práctica deportiva de los jóvenes entra de lleno en su forma de entender la vida y no solo eso, el deporte se convierte en una posibilidad de realización personal, del medio con el que abandonar el anonimato, de salir de la mediocridad y de destacar del grupo.

Para la generación de los noventa, los deportes de asociación, los deportes de equipo, han entrado en crisis, están demodé, la medida del yupi que es el modelo o el mito de esta generación, es incompatible con el espíritu de sacrificio anónimo del deportista de equipo, del gregario en calificativo moderno. Se busca una actividad deportiva en la que se pueda asegurar el éxito y el triunfo espectacular: no importa el riesgo, no importa el precio, no importa la complicación técnica; atrae la aventura, el riesgo en solitario. Lo sofisticado de los materiales, el ir por delante técnicamente ya es parte del triunfo: estar al día en las noticias de deportes minoritarios o exclusivos, dominar el argot, el slang técnico de algo novísimo, es el objetivo deportivo de los jóvenes de la generación de los noventa. Ha muerto, para esta generación, la ilusión por la medalla de promoción oficial, excepto si tiene un buen precio, lo interesante es poder desarrollar una actividad en libertad y estar en el punto de mira, en la atención de los otros, ser capaz de estar por encima de, siempre con la suficiente inteligencia como para que los demás se enteren donde está el número uno.

Podemos anunciar, desde ahora, la crisis de los grandes complejos deportivos de sudor y convivencia colectiva; la valoración de los espacios naturales, eso si, con el confort necesario, tiene que ver con las inquietudes ecologistas crecientes de esta generación que agobiada por las facilidades en instalaciones de práctica deportiva controlada, y aburrida por el discurso del deporte tradicional sobre el que se centra parte de su enfrentamiento generacional, busca en la práctica de las actividades físicas en solitario y con riesgo, el placer íntimo y personal de la actividad por la actividad sin ánimo de lucro, exactamente lo que en el principio se definió como sport.

Las actividades físico-deportivas entendidas como objeto cultural en la sociedad.

Desde la concepción abierta que define a la cultura como el producto de la actividad humana, y al patrimonio cultural como el producto de la actitud reflexiva de la inteligencia, desde este punto de vista, puede afirmarse que el patrimonio cultural históricamente considerado dentro de las prácticas sociales y en todas sus formas, origina un desarrollo continuo en permanente renovación, un movimiento en el que las experiencias del grupo precedente son el punto de partida del que le sucede, tras un inevitable proceso de reflexión crítica sobre el hecho en sí mismo considerado. Mediante la apropiación de los aspectos esenciales del patrimonio cultural, se construye una cultura que es el instrumento de transformación y de aprehensión del mundo[7].

El esfuerzo de teorización de las practicas, implica la investigación, por parte de los organizadores, de una cierta lógica constitutiva de la diversidad de formas que dan a la educación físico-deportiva una significación propia y específica, siendo este desarrollo específico, que todos los practicantes de una actividad concreta precisan, lo que hace necesaria una reorientación y una reorganización de su motricidad.[8]

En relación con las actividades físico deportivas, y desde este punto de vista, el contenido cultural estaría representado por la diversidad de formas y elementos que constituyen la práctica. Su análisis histórico, por tanto, estaría basado en la trayectoria y en la evolución de las reglas, de las formas, de las técnicas, etc. como producto cultural, dentro del proceso conocido como memoria generativa, entendida como  la fuente de la reproducción del saber, del saber hacer y de los programas de comportamientos[9].

La historia de cualquier actividad deportiva, revela la existencia de un concreto espíritu del juego distinto en cada caso, que se apoya en esa memoria generativa que hemos aludido. Los organizadores de las actividades, son los que establecen al mismo tiempo: las condiciones del juego, sus objetivos y sus significados, lo que es tanto como decir, que el espíritu del juego se encuentra salvaguardado por las reglas que se establecen, de tal manera, que aun cuando exista posibilidad de cambios en la ejecución de gestos deportivos concretos, no existen cambios fundamentales ni en la esencia ni en lo que hemos denominado espíritu del juego. E en este caso, estamos hablando de una trasmisión de la cultura por impregnación, en la misma manera que se produce la de las costumbres y las de las tradiciones.

Cualquier encuentro entre ciudades o universidades, nacional o internacional, supone la existencia de: reglas, tiempos, campos de juegos, perfectamente definidos, uniformados y socialmente aceptados por la comunidad de practicantes y de dirigentes.

La socialización de la práctica, es el resultado de una formalización escrita de las reglas y de su vigilancia y custodia por las instituciones y organizaciones que garantizan su aplicación; de tal manera, que, en un espacio progresivamente estructurado, jamás se produce un enfrentamiento a causa de la interpretación de estas reglas y normas universalmente aceptadas.

La génesis constitutiva de las actividades físicas es el fruto de una serie de acciones contradictorias entre las que se entremezclan espacios de ataque y defensa, acciones individuales y colectivas, juegos con la mano o con el pié, o con ambos, pero independientemente de este tipo de acciones o gestos contemplados en las reglas, lo esencial es la permanencia de esta serie de condiciones y circunstancias que hemos denominado espíritu del juego.

Si decimos que la característica esencial de las actividades físico-deportivas reside esencialmente en estos movimientos contradictorios, contenidos en las reglas, y en el mantenimiento de esa esencia generada por su práctica, se hace precisa una aclaración sobre el concepto restrictivo que implica la sumisión al sistema por la aceptación plena de las reglas, y sobre la dialéctica producida  por la actividad creativa y transformadora de los practicantes, e igualmente de la interacción entre las reglas y la capacidad de los practicantes para moverse dentro de ellas  manteniendo un alto nivel de creatividad personal. Esto es lo que da un significado transformador e interactivo entre la propia esencia del juego y los practicantes.

educativo en la Educación Física está en ser capaces de extraer los contenidos específicos de educación de las situaciones concretas de juego, y en posibilitar el desarrollo de las capacidades personales que el desenvolvimiento lúdico propicia, desechando aquellas otras que destruyen o desorganizan lo que entendemos como objeto principal de las actividades fisico-deportivas, esto es, la educación por el movimiento y por la acción motriz.

Ética y deontología en el ejercicio profesional de la Educación Física y el deporte

Antes de entrar a considerar la ética y la deontología del ejercicio profesional en la Educación Física y en el deporte, procede que nos detengamos, siquiera sea de pasada, a definir ambos conceptos en su valoración científica y en su significación actual.

La ética, fue definida desde antiguo como la parte de la filosofía que valoraba moralmente los actos humanos; entendida como un conjunto de principios y normas morales que regulan las actividades humanas; las aportaciones hechas en los últimos tiempos por Zubiri y Aranguren en España y que parten de la confrontación entre el comportamiento animal y humano, vienen a definir el objeto de la ética centrado en la praxis. Es decir, considerada como acción específicamente humana en cuanto que procede responsablemente del agente y le perfecciona, y es, por tanto, distinta de la theoria y de la poiesis. La acción humana inmanente a la realización de la personalidad moral es, en conclusión, el punto central que da nombre a la ética y la estructura como ciencia.

El carácter de ciencia práctica o normativa es lo que distingue a la ética de las disciplinas filosóficas teoréticas. En este sentido no se limita a conocer, sino que pretende enunciar los imperativos de la conducta moral del hombre, por lo que, a diferencia de las disciplinas humano positivas que nos dicen como se comporta realmente el hombre, la ética, caracterizada por la normatividad que hemos señalado, nos dice, efectivamente, como debe comportarse. De acuerdo con esto,

una ética de la Educación Física y del deporte, supondría el enunciado de una serie de normas de conducta moral de los profesionales de la Educación Física en el ejercicio de la profesión, establecidas de acuerdo con la jerarquía de valores humanos y sociales imperantes en cada sociedad, en cada momento.

Por su parte, la deontología se define como la ciencia de los deberes o la teoría de las normas morales; por lo que:

una deontología de la Educación Física y del deporte, supondría un conjunto de normas éticas que regulan el comportamiento de los profesores de educación físico-deportiva en el ejercicio de la profesión.

Hablar de valores referidos a nuestra disciplina, nos lleva a una reflexión axiológica sobre las actividades físicas, sobre el modus operandi que definimos habitualmente como Educación Física y deportes, no sobre lo que son o significan, sino sobre lo que realmente valen, independientemente de las relaciones causales o de lo espacio-temporal.

Haciendo una aplicación práctica a la Educación Física de la jerarquización de valores propuesta por Max Scheler encontramos que, en cada uno de los niveles por él propuestos, hay un encaje efectivo y adecuado de las actividades físicas.

En la modalidad de lo agradable-desagradable donde encontramos el placer, el dolor, el gozar y el sufrir, aparecen en el solo enunciado, términos que se refieren de modo inmediato a distintas formas de concebir la actividad física.

Actualmente, podemos entender las actividades físicas dentro del concepto placer en actividades como la recreación, en el concepto dolor en prácticamente todas las actividades, igualmente se aprecia el gozo en distintos niveles o posibilidades, desde el más íntimo y personal al colectivo y compartido.

Del mismo modo, el sufrir puede llegar a ser un valor, si se contempla desde la óptica de determinados procedimientos de la Educación Física y del deporte que tendrían como objetivo esencial el aumentar la capacidad de sufrimiento, o la conversión del valor sufrimiento en algo íntimo y personal valorado como cualidad importante por los adictos a determinadas prácticas deportivas que lo plantean como un fin en si mismo.

En la modalidad de lo agradable y lo desagradable donde se ubican aquellos valores del ámbito del bienestar como la salud, la enfermedad, la vejez, la fatiga, etc., volvemos a dar de lleno con aspectos no solo relacionados con las actividades físicas, sino que, en el caso de algunos de ellos, son realmente el objetivo y la finalidad de nuestro trabajo. Obviamente, los valores espirituales, lo bello y lo feo, lo justo y lo injusto, lo verdadero y lo falso, son en determinados aspectos los objetivos educativos esenciales de las actividades que realizamos. La elementalidad de su enseñanza partiendo de la técnica de los contrastes, convierten a estos valores en la esencia de los modos de obrar y entender la Educación Física en los ámbitos educativos.

En cuanto a la cuestión de los valores religiosos, lo sagrado y lo profano, en cierto modo, hay una trasposición de estos valores en el método de Educación Física que conocemos como deporte que dimanan de la propia esencia de su origen en la Inglaterra del XIX, en el que, el deporte, se convierte en un método ideologizado de educación que además de estar basado en la actividad física como medio de acción, recogía la tradición educativa medieval del enseñar deleitando, que tan buen resultado diera a la literatura y a la enseñanza de la religión. De la consideración que cada uno de estos aspectos merece a cada persona, y la prelación que estamos dispuestos a darles en el desarrollo profesional es de donde nace la escala de valores personales que aplicamos en nuestro trabajo.

En definitiva, el trabajo del educador se concreta en la trasmisión a sus alumnos de esta escala de valores personales, adornados o vestidos con la quincallería mas conveniente para el momento de que se trate, no se incluyen en la escala de valores los valores morales; siguiendo a Scheler, estos quedan fuera del orden cualitativo de los otros, ya que, el valor moral, está indisolublemente unido a los actos que realizan o tienden a realizar los demás valores. Así, y de acuerdo con la definición propuesta, la construcción de una ética de la Educación Física pasa por el establecimiento de esa escala de valores sobre la que se aplican las normas de conducta moral exigibles en el ejercicio profesional y contenidas en un código deontológico.

Naturalmente, el enunciado de este código debería ser establecido por la comunidad profesional o científica de los enseñantes de la Educación Física y el deporte, y el cumplimiento de esta norma que a si mismos se otorgan, conllevaría la obligación moral implícita, de los que aceptan como medio de vida el ejercicio de la profesión de educador físico o deportivo, el respetar este código que define la esencia del ejercicio profesional, su marco de acción y sus virtudes. Un problema fundamental, en relación con la acción profesional de la Educación Física, que tiene que ver con la esencia y caracteres intrínsecos de la disciplina, esto es, si es o no una ciencia y, en cualquier caso, si una vez definida como tal, es experimental o especulativa, ya que estos conceptos determinan, desde la propia esencia epistemológica de la disciplina, los supuestos éticos de la acción profesional.

Tanto el origen de la Educación Física como su evolución, se encuentra estrechamente ligado a los avances de la fisiología y de la anatomía y, en la actualidad, a los de las ciencias biomédicas, por lo que, al igual que ocurre con el ejercicio de la medicina al realizar nuestro trabajo sobre el cuerpo humano y ser este el receptor de nuestra acción profesional, hace que nos veamos obligados a mirarnos en lo que es probablemente el código ético y deontológico mas antiguo de la historia de la humanidad, el Juramento Hipocrático.

Una actualización del citado juramento en su referencia a la Educación Física, contemplaría en principio un compromiso de aceptación de las normas éticas y del código deontológico propuesto por la comunidad de científicos y la comunidad profesional. Este compromiso, ciertamente moral, debería ser entendido como tácito y profundamente enraizado en esa escala de valores sociales, que hemos señalado como esencial, y debería estar en conexión con  la cultura del momento histórico en que se vive.

Se trata no de la observancia de una ley de obligatorio cumplimiento y dictada por los poderes públicos, el código deontológico es algo mucho mas importante, es un compromiso moral efectivo de observar, en la práctica profesional, unas pautas de conducta de acuerdo con la esencia misma de la profesión, pautas que, en el caso de ser violadas, afectan a la esencia de la profesión misma y a la corporación que la ejercita.

En este sentido, se produce una triple circunstancia en la que tras la norma deontológica está la aceptación personal del código, el respeto a la corporación profesional que la sustenta y el progreso de la profesión condicionado por la observancia colectiva de ese mismo código. Esto ha de llevarse a cabo, en todo caso, a pesar de que la capacidad o el campo de acción de las leyes dictadas por los poderes públicos ofrezcan un mayor margen de tolerancia, por referirse a aspectos generales o por la propia ignorancia del legislador, sobre las características esenciales de la profesión  misma.

Hipócrates, establecía en segundo lugar el respeto a los maestros y a los discípulos, así como el ámbito corporativo en el que la ciencia ha de desarrollarse. Este es uno de los primeros problemas de la Educación Física. El origen nórdico, centroeuropeo o sajón de nuestra ciencia y el acceso tardío de los países latinos a la Educación Física y al deporte, hace que este se incorpore como elemento de cultura popular, de saber acientífico basado en la experiencia personal, cercano al espectáculo y, frecuentemente, engullido por él.

El monopolio ejercido durante siglos por la Iglesia Católica, en este mismo área geográfica, tanto sobre la educación y  las instituciones educativas, como de los propios resortes del poder en relación con la enseñanza, hace que la valoración del hecho educativo corporal, sensible a sus creencias y percepciones de cuerpo culpable, haya sido tratado, tradicionalmente, a margen de los diseños curriculares y como patrimonio de: aficionados, de voluntarios, de antiguos deportistas, etc. y siempre en el punto de mira de la acción política, que lo ha entendido como factor de rentabilidad política, de proyección social o de justificación de determinadas  maneras de entender la cosa pública.

El haberse extendido y admitido, durante muchos años, la creencia de que la Educación Física, no solo no es esencial como elemento de educación, sino que ni siquiera hace falta una formación científico-docente, es la causa de que exista una especie de dominio público de nuestra disciplina; de que exista la creencia popular en lo fácil y asequible de nuestra práctica docente, que no solo ha hecho imposible, hasta nuestros días, establecer esas necesarias vías científicas de trasmisión del saber dentro del marco científico y profesional, sino que, en muchos casos, es imposible definir quién o quienes son las personas que forman ese cuerpo o corporación profesional, entre las que no solo han de comunicarse los saberes científicos sino, además, ese código de reglas y de normas ético-deontológicas a que nos referimos.

Difícilmente podremos pedir que se valore desde un punto de vista moral el ejercicio de la profesión y exigir un código ético en ese mismo ejercicio, a personas que han accedido de forma irregular a la misma, con una formación no reglada y con unos conocimientos fundamentados en el uso y en la costumbre y no: en el estudio, la investigación, el aprendizaje y la necesaria convivencia entre los que enseñan y los que aprenden.

Y que decir de los que acceden desde otros campos introduciendo intereses bastardos en función de conseguir resultados mas rápidos y espectaculares, con el solo objeto del enriquecimiento personal y falseando la esencia misma de la profesión. Nos referimos en este caso, al empleo de métodos o substancias que se apartan de la ortodoxia profesional o, a aquellos otros, que plantean apoyos científicos escasamente acreditados.

Continuaba el juramento señalando el ejercicio de la profesión ajustado a los enfermos y de acuerdo con la capacidad científica y el saber del médico, pronunciándose a favor de abstenerse de todo mal e injusticia. Que podemos decir en este punto, cuando la meta común en muchas personas que inciden en nuestra profesión, sin otro bagaje que su propia experiencia, aprendida en el campo de la práctica deportiva, es el logro de resultados espectaculares a corto plazo sin importarles la salud física y mental de los alumnos.

La promesa de no dar venenos aun cuando lo pidan, que establecía Hipócrates, es un tema de rabiosa actualidad en la práctica de las actividades físicas y el deporte. El dopping es el gran veneno de nuestra profesión y más actual es la expresión, también contenida en el juramento, de no dar abortivos a ninguna mujer. Nada mas actual cuando en la moderna práctica del deporte, se busca mediante la secuencia embarazo-aborto, el acelerar la bioquímica de las deportistas para obtener mejores resultados y escapar de los controles antidopping; que hablar de la manipulación genética, de las transfusiones totales de sangre previas a la competición, o de tantas y tantas manipulaciones del cuerpo humano que rebasan cualquier consideración ética o moral.

No hay en el cumplimiento de una norma ética, de un código deontológico, otro premio o mérito que el de estar en paz consigo mismo; por lo que, independientemente del reconocimiento social, de la valoración que de nosotros se haga como profesionales o como ciudadanos, la íntima satisfacción de habernos comportado de acuerdo con nuestro propio código moral y el de nuestra profesión, será nuestro único beneficio.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

[1] La noción de tiempo libre interviene a partir del momento en que los miembros de una sociedad se someten a temas culturales que no están ya ligados a la actividad de grupos socioeconómicos concretos; a partir del momento en que estos temas no pueden comprenderse ya en función de la experiencia vivida, profesional o social, de los miembros de dichos grupos.. TOURAINE, A.: La Sociedad Post Industrial. Barcelona

[2] GARCÍA BACCA, SD.: Humanismo teórico y práctico según Marx . México – F.C.E.-1965.

[3] FOURASTIÉ y otros: La Civilización Del Ocio, Madrid, 1968.

[4] La presencia del juego no se halla vinculada a ninguna etapa de la cultura, a ninguna forma de la concepción del mundo. Todo ser pensante puede imaginarse la realidad del juego. Casi todo lo abstracto se puede negar: derecho, belleza, verdad, bondad, espíritu, Dios. Lo serio se puede negar: el juego no. Johan Huizinga: Homo Ludens , Madrid, 1972.

[5]  VIZUETE, M.: II JORNADAS SOBRE EL DEPORTE EN LA UNIVERSIDAD – Actas –  Universidad de Málaga – noviembre 1991.

[6] DE ZARRAGA, J.L.: – INFORME JUVENTUD EN ESPAÑA La inserción de los jóvenes en la sociedad – Publicaciones de Juventud y Sociedad. S.A. – MINISTERIO DE CULTURA -Instituto de la Juventud – Barcelona 1985.

[7] GEORGES BELBENOIT – Le sport à l´Ecole – 1973.

[8] ANDRE QUILIS  – Enjeu culturel de l´education physique – Education Physique et didactique des APS – AEEPS – París -1990

[9]EDGAR MORIN: La Méthode,  Tomo I – Editions du Seuil – 1977.

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