LA EDUCACIÓN FÍSICA Y EL DEPORTE COMO OBJETO CULTURAL, Y COMO PROBLEMA ÉTICO Y DEONTOLÓGICO

Maestro de Enseñanza Primaria – Licenciado en Educación Física – Licenciado en Geografía e Historia – Doctor en Historia Contemporánea. Catedrático de Universidad. Líneas de Investigación: Didáctica de la Educación Física. Producción Materiales Didácticos. Historia, Política y Filosofía del Deporte. Formación del Profesorado. Fundador de La European Union Physical Education Associations (EUPEA) Comité de Expertos del Consejo de Europa. Coordinador del Foro Hispanomexicano de la Educación Física y el Deporte.

Las actividades físico-deportivas entendidas como objeto cultural en la sociedad.

Desde la concepción abierta que define a la cultura como el producto de la actividad humana, y al patrimonio cultural como el producto de la actitud reflexiva de la inteligencia, desde este punto de vista, puede afirmarse que el patrimonio cultural históricamente considerado dentro de las prácticas sociales y en todas sus formas, origina un desarrollo continuo en permanente renovación, un movimiento en el que las experiencias del grupo precedente son el punto de partida del que le sucede, tras un inevitable proceso de reflexión crítica sobre el hecho en sí mismo considerado. Mediante la apropiación de los aspectos esenciales del patrimonio cultural, se construye una cultura que es el instrumento de transformación y de aprehensión del mundo[1].

El esfuerzo de teorización de las practicas, implica la investigación, por parte de los organizadores, de una cierta lógica constitutiva de la diversidad de formas que dan a la educación físico-deportiva una significación propia y específica, siendo este desarrollo específico, que todos los practicantes de una actividad concreta precisan, lo que hace necesaria una reorientación y una reorganización de su motricidad.[2]

En relación con las actividades físico deportivas, y desde este punto de vista, el contenido cultural estaría representado por la diversidad de formas y elementos que constituyen la práctica. Su análisis histórico, por tanto, estaría basado en la trayectoria y en la evolución de las reglas, de las formas, de las técnicas, etc. como producto cultural, dentro del proceso conocido como memoria generativa, entendida como  la fuente de la reproducción del saber, del saber hacer y de los programas de comportamientos[3].

La historia de cualquier actividad deportiva, revela la existencia de un concreto espíritu del juego distinto en cada caso, que se apoya en esa memoria generativa que hemos aludido. Los organizadores de las actividades, son los que establecen al mismo tiempo: las condiciones del juego, sus objetivos y sus significados, lo que es tanto como decir, que el espíritu del juego se encuentra salvaguardado por las reglas que se establecen, de tal manera, que aun cuando exista posibilidad de cambios en la ejecución de gestos deportivos concretos, no existen cambios fundamentales ni en la esencia ni en lo que hemos denominado espíritu del juego. E en este caso, estamos hablando de una trasmisión de la cultura por impregnación, en la misma manera que se produce la de las costumbres y las de las tradiciones.

Cualquier encuentro entre ciudades o universidades, nacional o internacional, supone la existencia de: reglas, tiempos, campos de juegos, perfectamente definidos, uniformados y socialmente aceptados por la comunidad de practicantes y de dirigentes.

La socialización de la práctica, es el resultado de una formalización escrita de las reglas y de su vigilancia y custodia por las instituciones y organizaciones que garantizan su aplicación; de tal manera, que, en un espacio progresivamente estructurado, jamás se produce un enfrentamiento a causa de la interpretación de estas reglas y normas universalmente aceptadas.

La génesis constitutiva de las actividades físicas es el fruto de una serie de acciones contradictorias entre las que se entremezclan espacios de ataque y defensa, acciones individuales y colectivas, juegos con la mano o con el pié, o con ambos, pero independientemente de este tipo de acciones o gestos contemplados en las reglas, lo esencial es la permanencia de esta serie de condiciones y circunstancias que hemos denominado espíritu del juego.

Si decimos que la característica esencial de las actividades físico-deportivas reside esencialmente en estos movimientos contradictorios, contenidos en las reglas, y en el mantenimiento de esa esencia generada por su práctica, se hace precisa una aclaración sobre el concepto restrictivo que implica la sumisión al sistema por la aceptación plena de las reglas, y sobre la dialéctica producida  por la actividad creativa y transformadora de los practicantes, e igualmente de la interacción entre las reglas y la capacidad de los practicantes para moverse dentro de ellas  manteniendo un alto nivel de creatividad personal. Esto es lo que da un significado transformador e interactivo entre la propia esencia del juego y los practicantes.

El problema educativo en la Educación Física está en ser capaces de extraer los contenidos específicos de educación de las situaciones concretas de juego, y en posibilitar el desarrollo de las capacidades personales que el desenvolvimiento lúdico propicia, desechando aquellas otras que destruyen o desorganizan lo que entendemos como objeto principal de las actividades fisico-deportivas, esto es, la educación por el movimiento y por la acción motriz.

Ética y deontología en el ejercicio profesional de la Educación Física y el deporte

Antes de entrar a considerar la ética y la deontología del ejercicio profesional en la Educación Física y en el deporte, procede que nos detengamos, siquiera sea de pasada, a definir ambos conceptos en su valoración científica y en su significación actual.

La ética, fue definida desde antiguo como la parte de la filosofía que valoraba moralmente los actos humanos; entendida como un conjunto de principios y normas morales que regulan las actividades humanas; las aportaciones hechas en los últimos tiempos por Zubiri y Aranguren en España y que parten de la confrontación entre el comportamiento animal y humano, vienen a definir el objeto de la ética centrado en la praxis. Es decir, considerada como acción específicamente humana en cuanto que procede responsablemente del agente y le perfecciona, y es, por tanto, distinta de la theoria y de la poiesis. La acción humana inmanente a la realización de la personalidad moral es, en conclusión, el punto central que da nombre a la ética y la estructura como ciencia.

El carácter de ciencia práctica o normativa es lo que distingue a la ética de las disciplinas filosóficas teoréticas. En este sentido no se limita a conocer, sino que pretende enunciar los imperativos de la conducta moral del hombre, por lo que, a diferencia de las disciplinas humano positivas que nos dicen como se comporta realmente el hombre, la ética, caracterizada por la normatividad que hemos señalado, nos dice, efectivamente, como debe comportarse. De acuerdo con esto, una ética de la Educación Física y del deporte, supondría el enunciado de una serie de normas de conducta moral de los profesionales de la Educación Física en el ejercicio de la profesión, establecidas de acuerdo con la jerarquía de valores humanos y sociales imperantes en cada sociedad, en cada momento.

Por su parte, la deontología se define como la ciencia de los deberes o la teoría de las normas morales; por lo que: una deontología de la Educación Física y del deporte, supondría un conjunto de normas éticas que regulan el comportamiento de los profesores de educación físico-deportiva en el ejercicio de la profesión.

Hablar de valores referidos a nuestra disciplina, nos lleva a una reflexión axiológica sobre las actividades físicas, sobre el modus operandi que definimos habitualmente como Educación Física y deportes, no sobre lo que son o significan, sino sobre lo que realmente valen, independientemente de las relaciones causales o de lo espacio-temporal.

Haciendo una aplicación práctica a la Educación Física de la jerarquización de valores propuesta por Max Scheler encontramos que, en cada uno de los niveles por él propuestos, hay un encaje efectivo y adecuado de las actividades físicas.

  • En la modalidad de lo agradable-desagradable donde encontramos el placer, el dolor, el gozar y el sufrir, aparecen en el solo enunciado, términos que se refieren de modo inmediato a distintas formas de concebir la actividad física. Actualmente, podemos entender las actividades físicas dentro del concepto placer en actividades como la recreación, en el concepto dolor en prácticamente todas las actividades, igualmente se aprecia el gozo en distintos niveles o posibilidades, desde el más íntimo y personal al colectivo y compartido. Del mismo modo, el sufrir puede llegar a ser un valor, si se contempla desde la óptica de determinados procedimientos de la Educación Física y del deporte que tendrían como objetivo esencial el aumentar la capacidad de sufrimiento, o la conversión del valor sufrimiento en algo íntimo y personal valorado como cualidad importante por los adictos a determinadas prácticas deportivas que lo plantean como un fin en si mismo.

En la modalidad de lo agradable y lo desagradable donde se ubican aquellos valores del ámbito del bienestar como la salud, la enfermedad, la vejez, la fatiga, etc., volvemos a dar de lleno con aspectos no solo relacionados con las actividades físicas, sino que, en el caso de algunos de ellos, son realmente el objetivo y la finalidad de nuestro trabajo. Obviamente, los valores espirituales, lo bello y lo feo, lo justo y lo injusto, lo verdadero y lo falso, son en determinados aspectos los objetivos educativos esenciales de las actividades que realizamos. La elementalidad de su enseñanza partiendo de la técnica de los contrastes, convierten a estos valores en la esencia de los modos de obrar y entender la Educación Física en los ámbitos educativos.

  • En cuanto a la cuestión de los valores religiosos, lo sagrado y lo profano, en cierto modo, hay una trasposición de estos valores en el método de Educación Física que conocemos como deporte que dimanan de la propia esencia de su origen en la Inglaterra del XIX, en el que, el deporte, se convierte en un método ideologizado de educación que además de estar basado en la actividad física como medio de acción, recogía la tradición educativa medieval del enseñar deleitando, que tan buen resultado diera a la literatura y a la enseñanza de la religión. De la consideración que cada uno de estos aspectos merece a cada persona, y la prelación que estamos dispuestos a darles en el desarrollo profesional es de donde nace la escala de valores personales que aplicamos en nuestro trabajo.

En definitiva, el trabajo del educador se concreta en la trasmisión a sus alumnos de esta escala de valores personales, adornados o vestidos con la quincallería mas conveniente para el momento de que se trate, no se incluyen en la escala de valores los valores morales; siguiendo a Scheler, estos quedan fuera del orden cualitativo de los otros, ya que, el valor moral, está indisolublemente unido a los actos que realizan o tienden a realizar los demás valores. Así, y de acuerdo con la definición propuesta, la construcción de una ética de la Educación Física pasa por el establecimiento de esa escala de valores sobre la que se aplican las normas de conducta moral exigibles en el ejercicio profesional y contenidas en un código deontológico.

Naturalmente, el enunciado de este código debería ser establecido por la comunidad profesional o científica de los enseñantes de la Educación Física y el deporte, y el cumplimiento de esta norma que a si mismos se otorgan, conllevaría la obligación moral implícita, de los que aceptan como medio de vida el ejercicio de la profesión de educador físico o deportivo, el respetar este código que define la esencia del ejercicio profesional, su marco de acción y sus virtudes. Un problema fundamental, en relación con la acción profesional de la Educación Física, que tiene que ver con la esencia y caracteres intrínsecos de la disciplina, esto es, si es o no una ciencia y, en cualquier caso, si una vez definida como tal, es experimental o especulativa, ya que estos conceptos determinan, desde la propia esencia epistemológica de la disciplina, los supuestos éticos de la acción profesional.

Tanto el origen de la Educación Física como su evolución, se encuentra estrechamente ligado a los avances de la fisiología y de la anatomía y, en la actualidad, a los de las ciencias biomédicas, por lo que, al igual que ocurre con el ejercicio de la medicina al realizar nuestro trabajo sobre el cuerpo humano y ser este el receptor de nuestra acción profesional, hace que nos veamos obligados a mirarnos en lo que es probablemente el código ético y deontológico mas antiguo de la historia de la humanidad, el Juramento Hipocrático.

Una actualización del citado juramento en su referencia a la Educación Física, contemplaría en principio un compromiso de aceptación de las normas éticas y del código deontológico propuesto por la comunidad de científicos y la comunidad profesional. Este compromiso, ciertamente moral, debería ser entendido como tácito y profundamente enraizado en esa escala de valores sociales, que hemos señalado como esencial, y debería estar en conexión con  la cultura del momento histórico en que se vive.

Se trata no de la observancia de una ley de obligatorio cumplimiento y dictada por los poderes públicos, el código deontológico es algo mucho mas importante, es un compromiso moral efectivo de observar, en la práctica profesional, unas pautas de conducta de acuerdo con la esencia misma de la profesión, pautas que, en el caso de ser violadas, afectan a la esencia de la profesión misma y a la corporación que la ejercita.

En este sentido, se produce una triple circunstancia en la que tras la norma deontológica está la aceptación personal del código, el respeto a la corporación profesional que la sustenta y el progreso de la profesión condicionado por la observancia colectiva de ese mismo código. Esto ha de llevarse a cabo, en todo caso, a pesar de que la capacidad o el campo de acción de las leyes dictadas por los poderes públicos ofrezcan un mayor margen de tolerancia, por referirse a aspectos generales o por la propia ignorancia del legislador, sobre las características esenciales de la profesión  misma.

Hipócrates, establecía en segundo lugar el respeto a los maestros y a los discípulos, así como el ámbito corporativo en el que la ciencia ha de desarrollarse. Este es uno de los primeros problemas de la Educación Física. El origen nórdico, centroeuropeo o sajón de nuestra ciencia y el acceso tardío de los países latinos a la Educación Física y al deporte, hace que este se incorpore como elemento de cultura popular, de saber acientífico basado en la experiencia personal, cercano al espectáculo y, frecuentemente, engullido por él.

El monopolio ejercido durante siglos por la Iglesia Católica, en este mismo área geográfica, tanto sobre la educación y  las instituciones educativas, como de los propios resortes del poder en relación con la enseñanza, hace que la valoración del hecho educativo corporal, sensible a sus creencias y percepciones de cuerpo culpable, haya sido tratado, tradicionalmente, a margen de los diseños curriculares y como patrimonio de: aficionados, de voluntarios, de antiguos deportistas, etc. y siempre en el punto de mira de la acción política, que lo ha entendido como factor de rentabilidad, de proyección social o de justificación de determinadas  maneras de entender la cosa pública.

El haberse extendido y admitido, durante muchos años, la creencia de que la Educación Física, no solo no es esencial como elemento de educación, sino que ni siquiera hace falta una formación científico-docente, es la causa de que exista una especie de dominio público de nuestra disciplina; de que exista la creencia popular en lo fácil y asequible de nuestra práctica docente, que no solo ha hecho imposible, hasta nuestros días, establecer esas necesarias vías científicas de trasmisión del saber dentro del marco científico y profesional, sino que, en muchos casos, es imposible definir quién o quienes son las personas que forman ese cuerpo o corporación profesional, entre las que no solo han de comunicarse los saberes científicos sino, además, ese código de reglas y de normas ético-deontológicas a que nos referimos.

Difícilmente podremos pedir que se valore desde un punto de vista moral el ejercicio de la profesión y exigir un código ético en ese mismo ejercicio, a personas que han accedido de forma irregular a la misma, con una formación no reglada y con unos conocimientos fundamentados en el uso y en la costumbre y no: en el estudio, la investigación, el aprendizaje y la necesaria convivencia entre los que enseñan y los que aprenden.

Y que decir de los que acceden desde otros campos introduciendo intereses bastardos en función de conseguir resultados mas rápidos y espectaculares, con el solo objeto del enriquecimiento personal y falseando la esencia misma de la profesión. Nos referimos en este caso, al empleo de métodos o substancias que se apartan de la ortodoxia profesional o, a aquellos otros, que plantean apoyos científicos escasamente acreditados.

Continuaba el juramento señalando el ejercicio de la profesión ajustado a los enfermos y de acuerdo con la capacidad científica y el saber del médico, pronunciándose a favor de abstenerse de todo mal e injusticia. Que podemos decir en este punto, cuando la meta común en muchas personas que inciden en nuestra profesión, sin otro bagaje que su propia experiencia, aprendida en el campo de la práctica deportiva, es el logro de resultados espectaculares a corto plazo sin importarles la salud física y mental de los alumnos. No se pueden comprar medallas deportivas a costa de la salud de los niños y jóvenes.

La promesa de no dar venenos aun cuando lo pidan, que establecía Hipócrates, es un tema de rabiosa actualidad en la práctica de las actividades físicas y el deporte. El dopping es el gran veneno de nuestra profesión y más actual es la expresión, también contenida en el juramento, de no dar abortivos a ninguna mujer. Nada mas actual cuando en la moderna práctica del deporte, se busca mediante la secuencia embarazo-aborto, el acelerar la bioquímica de las deportistas para obtener mejores resultados y escapar de los controles antidopping; que hablar de la manipulación genética, de las transfusiones totales de sangre previas a la competición, o de tantas y tantas manipulaciones del cuerpo humano que rebasan cualquier consideración ética o moral. No hay en el cumplimiento de una norma ética, de un código deontológico, otro premio o mérito que el de estar en paz consigo mismo; por lo que, independientemente del reconocimiento social, de la valoración que de nosotros se haga como profesionales o como ciudadanos, la íntima satisfacción de habernos comportado de acuerdo con nuestro propio código moral y el de nuestra profesión, será nuestro único beneficio


[1] GEORGES BELBENOIT – Le sport à l´Ecole – 1973.

[2] ANDRE QUILIS  – Enjeu culturel de l´education physique – Education Physique et didactique des APS – AEEPS – París -1990

[3]EDGAR MORIN: La Méthode,  Tomo I – Editions du Seuil – 1977.

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