REFLEXIONES SOBRE ALGUNAS NOCIONES BÁSICAS: ELCUERPO

 

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José Luis Pastor Pradillo

Maestro de Enseñanza Primaria, Licenciado en Educación Física, Licenciado en Psicología. Doctor en Ciencias Sociales. Doctor en Ciencias de la Educación. Profesor Emérito de la Universidad de Alcalá. Ex Director de la Revista Española de Educación Física y Deportes.

 

REFLEXIONES SOBRE ALGUNAS NOCIONES BÁSICAS: ELCUERPO

 

Especialmente en el ámbito de la Educación Física se puede apreciar una clara y persistente tendencia, quizá excesiva, a utilizar el concepto de cuerpo de manera acrítica, como si su compleja significación fuera unívoca, permanente y generalmente aceptada. Posiblemente la ineludible presencia de esta realidad en el contexto de la motricidad, finalmente, la convierte en algo tan aceptado y obvio que no parece exigir reflexión alguna.

Por otra parte, tanto en el ámbito científico, en el investigador o en el profesional de la Educación Física, por razones inexplicables, una indisimulada querencia hacia la aplicación práctica evita la reflexión sobre aquellos contenidos que, precisamente, se pretende aplicar. Parecería que la vieja afirmación de John Dewey, de que no existe mejor práctica que una buena teoría, nunca ha sido tenida en cuenta en estos ámbitos.

La inercia acrítica de los profesionales de la Educación Física, incluidos los españoles, se manifiesta con meridiana claridad en su misma producción científica. Bastaría el análisis de los índices de los libros de actas congresuales, por ejemplo, para constatar la escasa y a menudo inexistente aportación de investigación básica. Sobre conceptos y definiciones sobreentendidas, genéricas y tópicas, la mayoría de los trabajos, especialmente desde la didáctica, se limitan a aplicar las dudosas ordenaciones académicas de la ley de educación que cada legislatura se empeña en imponer. Aceptando el “adanismo” de los políticos, en España, cada cuatro años descubrimos la verdadera piedra filosofal de la educación. Esta cualidad, por tanto, al parecer la convierte en dogma que se acata y no se discute. No se encontraran ponencias o comunicaciones que critiquen las propuestas de la última ley con argumentaciones evolutivas, neurológicas, psicológicas, etc., pero si será abrumadora la presencia de aportaciones y ocurrencias que indiquen como llevar al aula o al gimnasio la pretensión de conseguir los objetivos requeridos por el Ministerio.

Una vez sustituida la ciencia por la ideología no debe extrañar que en estas sesudas ponencias nadie se pregunte la razón por la que la motricidad no es una competencia necesaria para el armónico desarrollo del educando, qué razones esgrime el Ministerio para adoptar esta decisión o cuales serían los argumentos que justificarían una ordenación académica diferente en cada uno de los niveles educativos.

En la mayoría de las todas las aportaciones científicas originadas en el ámbito científico de la Educación Física, sus autores se esmerarán, incluso hasta extremos cercanos al ridículo, por averiguar cual es la mejor manera de contribuir al desarrollo de la competencia matemática o lingüística mediante el uso del balón medicinal. Nadie duda de que el cuerpo constituye un objeto de estudio y de investigación propio de la Educación Física. Sin embargo, obsérvese también la escasa presencia de investigadores, autores y opiniones provenientes del ámbito de la Educación Física en los párrafos siguientes.

Definir la noción de cuerpo, en función del fin perseguido o del interés del estudio, requiere elegir una significación concreta de entre las numerosas alternativas de que es susceptible. La multiplicidad de significaciones que contiene viene determinada, sobre todo, por la diversa relevancia, trato o consideración que culturalmente se le ha otorgado en cada momento histórico. Esta circunstancia se ha expresado con mucha frecuencia desde diversas perspectivas y, muy especialmente, mediante la utilización de distintos términos para designar su concepto, para facilitar su comprensión o para identificar unos contenidos intencionalmente resaltables desde una determinada fundamentación doctrinal. Con denominaciones tan diversas como carne, cuerpo, lo corporal, corporeidad o corporalidad, por ejemplo, se ha intentado describir, casi siempre de forma específica y con argumentaciones teóricas concretas, un concepto para el que nosotros reclamamos una naturaleza unitaria, global y holística.

La polémica entre dualismo y monismo

Como ya hemos explicitado con anterioridad, y con el único ánimo, quizá excesivo, de reducir a dos únicos planteamientos las numerosas teorías existentes con respecto a cómo se estructura la naturaleza humana y a qué elementos intervienen en su definición, podemos destacar dos concepciones irreconciliables de la naturaleza humana: aquellas formulaciones dualistas que sostienen que psique y soma son principios irreductibles; y el monismo materialista, donde la conciencia sólo representa la forma más elevada, la manifestación de la organización de la materia, por la que las relaciones que se establecen entre lo psíquico y lo físico se comprenden desde la racionalidad y la experimentación del método científico a través de procedimientos analíticos.

Los planteamientos monistas han sido preponderantes desde que el racionalismo inspiró el ámbito científico occidental de forma hegemónica. Esto ha condicionado de manera decisiva el entendimiento del cuerpo y el diseño de cuantas técnicas corporales se han utilizado. Los modelos derivados de estos planteamientos se han plasmado en una concepción del hombre que, cualesquiera que fuesen los motivos que la orientaron, limitaba una comprensión más amplia al tiempo que simplificaba la complejidad de que es susceptible este concepto. Una de las versiones más reduccionistas fue, por ejemplo, el entendimiento del cuerpo desde la óptica mecanicista. El “hombre máquina” de La Mettrie proporciona el modelo de ese dispositivo de órganos bien colocados que describe un cuerpo sin alma. Esta concepción del cuerpo como una máquina, en opinión de M. Henaff, presentaría al menos tres consecuencias cuya transcendencia, sin duda, no podrá ser obviada en posteriores análisis o para construir otras perspectivas más amplias de la corporeidad: no tiene que rendir cuentas a ninguna instancia que le pueda trascender; la máquina se desembaraza de todos los prejuicios y condicionantes morales haciéndose impermeable al remordimiento; y, el cuerpo-grupo realiza mejor que nada lo que el Marques de Sade reconocería como el “cuerpo libertino”, en el sentido de que la práctica de una función se transforma en institución[1].

Igualmente, en el seno del pensamiento oriental abundan tantos modelos como distintos planteamientos, filosóficos o religiosos, se han ocupado del significado del cuerpo. En el pensamiento del Oriente asiático, especialmente entre los chinos y los japoneses, el individuo no posee un cuerpo sino que “es su cuerpo”[2] y, sobre todo, “es vivido por él”. Asemejan esta concepción con un “cuerpo fluido”, con el agua de un río, identificándolo con un cuerpo sutil imperceptible a los sentidos y sólo asumible mediante la práctica de aquella meditación que nos eleva a niveles superiores de lucidez.

Este flujo de energía, (el “ki” para los japoneses y el “gi” para los chinos) constituiría una red de circuitos o meridianos por los que circularía la energía vital de la cual emana lo psicológico y la fisiológico. La red de este cuerpo fluido, según Motoyama Hirohi, estaría situada en las células acuosas de la dermis y escaparía a la distinción entre exterior e interior, entre materia y espíritu[3]. Evitar el estancamiento del “ki” y, por tanto, el bloqueo de la energía, sería el principal objeto de la acupuntura y, como consecuencia, su verdadero fin pretendería el restablecimiento del equilibrio entre los principios vitales y complementarios del “yin” y del “yang”.

Por el contrario, la filosofía hindú elaboró su modelo desde una concepción dualista compuesta por el cuerpo en bruto (la envoltura exterior) y el cuerpo sutil (el ser interior). Esta formulación hacía más coherente el fenómeno de la transmigración de las almas después de la muerte, la metempsicosis. Para el Vedanta, el cuerpo sutil engloba todas las formas de percepción, el espíritu, el intelecto y la sensibilidad, reuniendo así, en una sola entidad, tanto los procesos fisiológicos como los psicológicos[4]. En el modelo hindú, sería este cuerpo el que estaría compuesto por una red de canales por los que circularía una energía vital que converge en unos centros donde entra en contacto con el cuerpo bruto.

Igualmente, todas las ciencias, como consecuencia de los sistemas que elaboran o, simplemente, motivadas por el objeto de interés que las caracteriza, han dispensado al cuerpo diferentes tratamientos y, finalmente, han construido distintas descripciones. Citaremos algunas de las que con mayor claridad han influido en la valoración y en las sucesivas definiciones de lo corporal.

En la actualidad, creemos que siendo indiscutible lo que Manuel Sergio califica de “corte epistemológico”[5] o A.R. Damasio como “el error de Descartes”[6], desde la motricidad parece inevitable la necesidad de iniciar la tarea de concretar una comprensión del cuerpo que otros autores ya pretenden identificar con el apelativo de “corpóreo[7]. En esta nueva descripción, cualquiera que sea el resultado final que desde la perspectiva psicomotricista se imponga, parece oportuno otorgarle un tratamiento que, al menos, le considere como medio y expresión de lo humano.

Históricamente, las teorías, las propuestas doctrinales o los modelos conceptuales que se han considerado incluidos en la corriente psicomotricista, tanto desde una perspectiva doctrinal como metodológica, se han orientado en este mismo sentido. Desde sus planteamientos iniciales, a caballo entre el siglo XIX y el XX, de forma permanente, se han ensayado diferentes maneras de relacionar el ámbito psíquico y el motor. Esta tendencia, en opinión de E. Justo Martínez, se caracterizaría por tres rasgos principales:

  • el abandono del exclusivo esquema anatómico-clínico basado en la relación causa-efecto establecida entre lesión y síntoma va a permitir interesarse por otras disfunciones cuya causa no se corresponde con una lesión cerebral localizada.
  • por el destacado papel que se empieza a atribuir al Sistema Nervioso como regulador de las conductas de un organismo en interacción con su medio.
  • y, finalmente, porque se destacan las estrechas relaciones existentes entre las anomalías psíquicas y las psicomotrices, entre la actividad psíquica y el movimiento[8].

Actualmente, autores como Alfons Rosenberg, utilizando términos inéditos como “nueva conciencia”, proponen que las dimensiones psíquicas y somáticas sean contempladas como una unidad, como elementos provenientes de la misma raíz[9]. Estas nuevas propuestas plantean la necesidad de abordar, de manera crítica, una nueva definición conceptual del cuerpo cuya características identitarias más sobresalientes serían: su consideración como ente generador de actividad, su carácter adaptativo y funcional y, finalmente, la experiencia vital como recurso eficaz con el que acceder al conocimiento del cuerpo.

Entre los diferentes discursos que actualmente identifican el planteamiento de la Psicomotricidad parecen definirse con cierta claridad dos tendencias que, como señalan Contant y Calza, podrían calificarse respectivamente de “ortopedistas del cuerpo” y “psicoanalistas del cuerpo”[10]. Estos autores enfatizan así la necesidad y conveniencia de abordar, desde distintos fundamentos teóricos, una diversificación metodológica que permita la consecución de unos objetivos concretos, de manera eficaz, en distintos campos de actuación, en ámbitos diferenciados o para fines específicos.

En conclusión, la evolución que en los últimos años se ha producido con respecto a la significación de lo corporal, parece que resalta dos aspectos importantes que, dependiendo de cual sea la interpretación que de ellos se realice, no sólo condicionarán el concepto de cuerpo sino que, sobre todo, orientarán la interpretación de aquellos elementos que constituirán los referentes obligados para diseñar el desarrollo metodológico desde el que se organice el proceso de intervención: la significación que de “lo corporal” se elija y la interpretación y uso que se realice de la “vivencia” del cuerpo.

Significación de lo corporal

No se puede ocultar la importancia que lo corporal adquiere en el ámbito de la Motricidad[11]. Es falsa, a nuestro juicio, la hipotética disputa entre quienes basan la construcción del método en la elección de un determinado modelo de movimiento y aquellos otros que parten del análisis de la significación de lo corporal. Nosotros preferimos utilizar la noción de lo corporal como el elemento inicial que de sentido al movimiento en tanto que expresión del Yo en su proceso adaptativo. Sólo cuando haya sido resuelta la cuestión que determina el entendimiento que en cada caso se sustenta sobre la corporalidad, sobre cuáles son las relaciones estructurales que definen esta noción, donde se ubica el Yo, podremos abordar el análisis del movimiento que ahora se entenderá como conducta. Y lo que es más importante para nosotros, será factible la identificación de los objetivos que propongamos, tanto si nos interesa seleccionarlos alrededor de lo corporal, si lo hacemos en referencia exclusivamente al movimiento o si, finalmente, consideramos ambos conceptos imprescindibles para identificar los fines de la intervención desde la motricidad.

En todo caso, desde nuestro punto de vista, la noción básica acertada y original coincidiría con ese cuerpo que para Zubiri es, ante todo, una “realidad sustantiva” en la que espíritu y cuerpo son dos principios irremediablemente unidos. En esta unión el alma es corporal desde sí misma y el cuerpo es también anímico. Se trataría, por tanto, de una unidad y no de una unificación. También, situándolo en un contexto circunstancial y real, como Merleau-Ponty, reconocemos en el cuerpo una categoría dialéctica en tanto que mediador con el mundo. Respetando la intimidad humana y negándose a asumir explicaciones reduccionistas, este filósofo afirmará que “el cuerpo es el vehículo del ser en el mundo y poseer un cuerpo es, para un viviente, conectar con un medio definido, confundirse con ciertos proyectos y comprometerse continuamente con ellos”. Su carácter mediador permitirá que la intimidad humana actúe, se proyecte y “vaya formalizando práxicamente su mundo” y la perpetua autoconstrucción y autodestrucción interna del esquema[12].

La complejidad conceptual y de contenidos

Para el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, lo corpóreo estaría constituido por aquello que contiene cuerpo o consistencia, calificando de “corporalidad” la calidad de lo corpóreo. El Diccionario admite una veintena de acepciones para los significados posibles de cuerpo aunque sólo la corporeidad poseería una referencia a lo humano. Así pues, haciendo uso de nociones cercanas a las formulaciones de Zubiri, para Ana Rey, la corporeidad haría referencia a la vivenciación del hacer, sentir, pensar y querer, de tal manera que podría ser identificada con el “humanes”, ya que el ser humano es y se vive sólo a través de su corporeidad.

En otras ocasiones, la perspectiva desde la que se pretende comprender la realidad corporal la orientan motivos más trascendentes. A menudo, el reconocimiento de su inevitable presencia destaca en la corporeidad su carácter de valor cuya importancia, en perspectivas como la teología, le confieren una trascendencia fundamental para el entendimiento de nociones más complejas como es la de persona. Carlo Rocchetta, en un intento de superación del viejo planteamiento dicotómico que tan tercamente han mantenido grandes sectores del cristianismo, afirma que la corporeidad no es una realidad que deba ser opuesta a la del espíritu, sino una dimensión inalienable de nuestro ser que ha de vivirse con el espíritu en una concreta y armónica integración[13]. Por tanto, dentro de la “unidad ontológica de la persona” que elabora Rocchetta, la corporeidad se manifestaría como un componente esencial con respecto a la subjetividad humana, la cual debería entenderse como el resultado de un equilibrio psicofísico. Desde ese carácter esencial, Rocchetta destaca distintos aspectos que, desde una perspectiva teológica, habrían de ser considerados: la corporeidad sexuada en todas sus dimensiones (biológico-genital, psico-afectiva, espiritual, masculina o femenina); la corporeidad social, donde el cuerpo personal funda el cuerpo social y viceversa; y la corporeidad cósmica, que desempeña el rol de misterialidad cósmica que, para este autor, se concreta en una especie de celebración litúrgica que es vivida en presencia del mundo y del Creador.

Desde una perspectiva diferente, Pierre Tricot[14] considera que el cuerpo es una estructura física animada por la vida cuya meta es permitir al ser comunicarse con el entorno y con otros seres. Desde el ámbito de la antropología José Carlos Aguado Vázquez afirma que el cuerpo humano constituye una unidad biocultural. Y así, este autor, añade otro elemento fundamental para entender el significado del concepto cuerpo: la cultura y su influencia constructiva y, desde esta perspectiva, confirma que al cuerpo humano como un “organismo vivo constituido por una estructura físico-simbólica, que es capaz de producir y reproducir significados” lo que implicaría una interacción continua del sujetó con otros cuerpos dentro de un tiempo-espacio determinado que él hace coincidir con un proceso de identidad que implicaría la capacidad de “reconocimiento de sí a partir del otro, y de reconocimiento del otro a partir del sí mismo[15].

Aguado también considera que el cuerpo humano se configura a partir de una estructura simbólica que le da sostén y que denomina “imagen corporal[16] . Desde su perspectiva, la relación entre imagen corporal y biología humana sería de intimidad y dialéctica, lo que significa que los procesos orgánicos y fisiológicos forman parte de la construcción de la imagen corporal y la imagen corporal, a su vez, influiría y determinaría dichos procesos orgánicos.

En opinión de Luis Carbajal, para poder tener una visión más completa de la significación del concepto de cuerpo en nuestra cultura, aun faltaría un último elemento. Dicho elemento lo destaca Juanjo Albert[17] cuando comenta que el “cuerpo” (organismo) es una entidad real y perceptiva a través de la cual el mundo sabe de uno; mientras que “corporalidad” es una vivencia subjetiva a través de la cual uno sabe de sí mismo y del mundo.

 También la evolutiva ha creído encontrar rasgos específicos para cualificar la construcción del cuerpo. Desde este ámbito de las ciencias humanas se destaca como el sujeto, a lo largo de su periodo evolutivo, ha de ir construyendo una imagen personal, un concepto de lo que conocemos como “organismo”. Este sería coincidente con una ”imagen corporal”, equivalente a lo que Moshe Feldenkrais[18] llama “autoimagen”, definida por cuatro componentes básicos: el movimiento, las sensaciones, los sentimientos y los pensamientos; y conformada por tres factores activos: la herencia física (el organismo), la educación y la autoeducación[19].

Como analiza Kepner, “mientras que la estructura corporal biológica es nuestra base genética común formada a través del crecimiento y maduración biológica, nuestra estructura corporal adaptativa se forma a partir de nuestra adaptación a nuestra biografía y experiencia como persona[20]. Afirma este autor que sobre la cuestión adaptativa de la imagen corporal, (a la que él denomina” estructura corporal”), es en el contexto donde se deben interpretar las variaciones individuales en la estructura corporal[21].

 La imagen corporal, por lo tanto, integra y contiene la imagen tridimensional que poseemos de nuestro cuerpo, o sea, el esquema corporal y, por otra parte, la historia personal de cada individuo con relación a sí mismo y al contexto que le rodea, la “identidad corporal”, que genera una serie valores y de ideales corporales que varían en función del tiempo y de la cultura donde se ubica el sujeto[22].

Desde que en el siglo XIX se iniciara el desarrollo de las diversas metodologías de la Educación y, como consecuencia, de la Educación Física, van apareciendo formas diferentes de entender el cuerpo, cada una de las cuales identificará distintos objetivos o diseñará diferentes modelos en la forma de entender el cuerpo según cuál sea, en cada caso, su intencionalidad educativa. Esta variada concepción evolucionará, sucesivamente, como consecuencia de la simple ocupación de ocio por parte de la burguesía hasta el uso de la Gimnástica como instrumento eficaz para potenciar las virtudes raciales. Actualmente, al margen de las distintas ideologías que puedan justificar su pertinencia, de manera genérica, se reconocen distintas definiciones del cuerpo y, por consiguiente, se le asignan distintos tratamientos, se concretan objetivos acordes con sus distintas consideraciones y se prevén formulas de actuación didáctica o metodológica adecuadas para alcanzarlos. En un ensayo para identificar las posibles formulaciones que, de una manera amplia, definieran las perspectivas más importantes que, dentro del ámbito general de la educación, resaltan las posibles dimensiones del cuerpo, se podrían citar las siguientes:

– Cuerpo acrobático. Sólo se interesa por los factores y posibilidades de rendimiento y de esfuerzo que posee el cuerpo. Sus métodos, desarrollados especialmente por la gimnasia y el deporte, intentan conseguir un cuerpo capaz de aquellas acciones motrices más eficaces funcionalmente hablando y, como consecuencia, basarán sus aprendizajes en la percepción exógena.

– Cuerpo pensamiento o cuerpo pensante. La asimilación de un planteamiento psicosomático que se desarrolla desde la estructuración de conceptos cognitivos, como puede ser el de esquema corporal, invita a considerar la experiencia motriz como el principal ingrediente para la estructuración del aparato cognitivo. El psiquiatra español J. de Ajuriaguerra propone dos condiciones como elementos claves y fundamentales para el diseño de una metodología que desarrolle el cuerpo pensante: la relación entre el tono y la motricidad y la organización de la vida de relación. Este planteamiento básico, adaptado a los diferentes momentos evolutivos, perseguiría la consecución de los siguientes objetivos: organización del armazón motriz (la postura y la propiocepción), una motricidad eficiente y la integración y automatización de las adquisiciones.

– Cuerpo comunicación. Considerando la importancia que siempre deparó el ámbito educativo al fomento de la capacidad de comunicación del niño parece inevitable contemplar las posibilidades que para esta función proporciona el cuerpo tanto para su aplicación en determinados ámbitos artísticos, para apoyar la expresión oral o, lo que aún será más importante, para la Psicomotricidad, como recurso y medio de relación del individuo con los demás.

Cuerpo social. Considerando otros puntos de vista, aún pueden describirse otras significaciones en el cuerpo. Especialmente ocurre esto cuando los aspectos sociales empiezan a integrar el medio donde se le ubica y con el cual se interacciona. Daniel Denis llama la atención sobre la significación de lo que él denomina “cuerpo social” entre cuyos contenidos integraría: el cuerpo perdido, que requiere la búsqueda del cuerpo auténtico y no alienado; el cuerpo tratado, que expresa la relación existente entre la imagen y el status social y que manifiesta un mayor interés por el cuerpo cuanto más alta es la clase social; y un cuerpo subversivo, como consecuencia de su relación con la política[23].

Desde un planteamiento más cercano al ámbito educativo de la Psicomotricidad, A. Maigre y J. Destrooper destacan otras significaciones cuya potenciación requiere alcanzar objetivos claramente diferenciados mediante el empleo de determinados modos de acción muy específicos[24]:

  • Cuerpo objeto. En el que la acción educativa pretende otorgar al cuerpo el desarrollo de facultades físicas como la fuerza, la velocidad, la resistencia, etc.
  • Cuerpo condición de acción. La acción debe proporcionar al cuerpo capacidades utilizables por el psiquismo como, por ejemplo, la noción de prerrequisitos necesarios para los aprendizajes escolares.
  • Cuerpo instrumento. La acción debe dar al cuerpo propiedades funcionales como pueden ser el aprendizaje de las posibles técnicas aplicables a un determinado gesto deportivo.
  • Cuerpo expresión. La acción debe brindar al cuerpo la posibilidad de expresión de sus sentimientos.

Dentro del ámbito psicomotriz, y desde la comprensión más amplia que caracteriza a la corriente relacional, André Lapierre propone un catálogo de modelos de cuerpo y con él intenta sustentar la heterogénea metodología que se deriva de una significación tan diversa como la que caracteriza a la Educación Física:

  • Cuerpo anatómico o complejo biomecánico constituido por segmentos y músculos cuyo objetivo en educación se restringe a un perfeccionamiento basado en la contracción muscular como es el caso de la Educación Física tradicional o de las técnicas de acondicionamiento físico.
  • Cuerpo neurológico, que se concibe como una máquina regida por sistemas muy precisos en cuyo núcleo se coloca el Sistema Nervioso del que el músculo es solo el elemento ejecutor de los impulsos que transmite. Así concibe su intervención la Fisioterapia.
  • Cuerpo psicológico, que entiende que el cuerpo es un organismo que se percibe a sí mismo y que, como consecuencia de una relación sensorio-motriz, es capaz de generar conductas y de conseguir una conciencia de sí. Es el caso de la Psicomotricidad instrumental.
  • Cuerpo vivido, en el que se destaca la relación que se establece entre el dominio afectivo y el somático. En esta relación el cuerpo no solo se constituye como fuente de pulsiones o instrumento de acción sobre el medio sino que la tonicidad permitirá la vivenciación del mundo: la Psicomotricidad vivenciada.
  • Cuerpo medio de expresión y de comunicación, gracias al cual no solo son posibles las primeras fórmulas de comunicación en el hombre sino que, también, facilita la relación permanente imprescindible para la tarea adaptativa. Así se plantean algunas metodologías basadas en las técnicas de Expresión Corporal y, también, la Psicomotricidad relacional.
  • Cuerpo existencial, concebido como el núcleo principal de la existencia. Se concreta en la relación que se establece entre el Yo y el mundo. Solo la identificación del cuerpo con el Yo permitirá la más satisfactoria experiencia vital.

Autores como Joaquín García Carrasco y Ángel García del Dujo, pretendiendo una fundamentación epistemológica de los procesos educativos, destacan el concepto de “corporalidad” como objetivo fundamental de la reflexión formativa y como destinatario primordial de la interacción[25]. Postulan estos autores que “la corporeidad específica es el producto global de la evolución, pero también constituye el ámbito básico al que la actividad mental aplica su objetivo primario: resolución de necesidades, búsqueda de sus comodidades, justificación o reducción de los impulsos, aceptación o rechazo de sus caracteres, mediador fundamental en las comunicaciones, etc.”[26]. De esta manera de entender la vida de la corporeidad, de como la asuma cada individuo, dependerá su calidad de vida la cual, en consecuencia, se asocia a la forma en que se representan las condiciones de corporeidad y la capacidad de conseguirlas en la relación con el mundo, de como se resuelva, por tanto, la relación adaptativa. Esta relación específica, como ya expusimos anteriormente, daría como resultado un complejo cultural, una cosmovisión, de la que una de sus bases fundamentales sería el concepto específico que de la corporeidad se elabore.

También, desde la esfera de la psiquiatría, algunos han creído necesaria la matización del concepto de cuerpo o corporeidad con la utilización del término “corporalidad” en un intento de agrupar su conocimiento, a través de su esquema corporal, y, su vivenciación, merced a la imagen corporal. Desde esta nueva concepción, José Guimón enumera las distintas perspectivas que posibilitan el acceso al conocimiento del cuerpo[27]:

  • La introspección, que dio como fruto el conocimiento de la corporalidad vivida del cuerpo como realidad fenomenológica en contraste con el término cuerpo (anatómico-fisiológico) y en la que destacan autores como Marcel, Merleau-Ponty, Sartre, Scheler o Zutt.
  • El psicoanálisis, que añade la noción de cuerpo libidinal como objeto y motor de las pulsiones.
  • El estructuralismo, que utiliza la descripción de sensaciones, imágenes, sentimientos y otros procesos conscientes mediante la introspección realizada por sujetos entrenados para estudiar la conciencia Wundt, por ejemplo
  • El conductismo que se interesa por la conducta a través de la observación y que, por consiguiente, considera al cuerpo como una fábrica de actividades.

Para sustentar este concepto de conocimiento del cuerpo, o corporalidad, Guimón considera que han de utilizarse tres nociones fundamentales: el esquema corporal, la imagen del cuerpo y la imagen corporal.

  • Esquema corporal. El concepto que Guimón mantiene sobre esta noción coincide con el expresado por Ajuriaguerra que lo entendía como la “representación más o menos consciente de nuestro cuerpo, inmóvil y en acción, de su posición en el espacio, de la postura respectiva de sus diferentes elementos, del revestimiento cutáneo por el que se halla en contacto con el mundo”[28]. Este concepto sería relativamente equivalente a otras denominaciones formuladas a lo largo de la historia de la Psicología, como son: Cenestesia (Peisse, 1844), Esquema postural y Modelo postural (Ey, 1967), Imagen espacial del cuerpo (Pick, 1904) o Imagen de nuestro cuerpo (Lhermitte, 1932).
  • Imagen del cuerpo, que se identifica con el concepto propuesto por el Psicoanálisis y también denominado como “cuerpo libidinal o pulsional”. Esta imagen del cuerpo, así entendida y tal y como la propondría Paul Schilder, estaría constituida por la modelación de los elementos gnósicos y práxicos, constitutivos del esquema corporal, por la acción de la libido o, lo que sería lo mismo, según el planteamiento de Marcel, por el investimiento libidinal que nos permite vivenciar diferencialmente nuestro propio cuerpo y tener vivencia corporal. El “corps vécu” o el “vécu corporel”, el cuerpo vivido al que se refería J. de Ajuriaguerra.
  • Imagen corporal o, como la describe Slade, aquella representación mental vaga del cuerpo que se halla influenciada, por lo menos, por los siguientes factores: Imput sensorial respecto de la experiencia corporal, variables biológicas, variables cognitivas y afectivas, psicopatología individual, la fluctuación del peso a lo largo de los años, las actitudes individuales hacia el peso y las formas corporales y, finalmente, las normas sociales y culturales respecto a la corporalidad.

Frosting, al proponer el término “conciencia corporal” intenta recuperar una diversificación taxonómica en la que distingue tres funciones:

  • La imagen corporal o suma de todas las sensaciones y sentimientos que conciernen al cuerpo (el cuerpo como se siente).
  • El esquema corporal o adaptación de los segmentos corporales y de la tensión o relajación necesarias para mantener la postura.
  • El concepto corporal o conocimiento fáctico del cuerpo, condicionado por la información que sobre él poseamos (por ejemplo: saber que tiene ojos, dos hombros que unen los brazos al cuerpo, etc.). Su desarrollo, por consiguiente, estará condicionado a un aspecto específicamente cognitivo como es la información que se proporcione al niño sobre su propio cuerpo.

 Si a esta estructura se añade la propia conciencia de la persona, entraremos en el un tercer concepto: la corporalidad o corporeidad. Es decir, como vive la persona su cuerpo, la conciencia del cuerpo o el modo del ser humano de estar en el mundo[29].

 Priorizando la influencia de la cultura en la construcción del cuerpo, Wallon afirma que, en realidad, no existe límite entre el cuerpo y el mundo y, por tanto, el niño conoce y viven su cuerpo como una relación con este[30]. Otras perspectivas enfatizan con mayor decisión la vertiente social del cuerpo definiendo y caracterizando así el territorio de la corporalidad como el resultado de un orden simbólico de lo social[31].

Como vemos, las distintas perspectivas que se adoptan para abordar la comprensión del cuerpo o los diferentes intereses que motivan este acercamiento, frecuentemente, también destacan determinadas facetas de esta compleja realidad y así, por ejemplo, desde ámbitos terapéuticos, se concibe el cuerpo como un modelo unitario y global que aconseja estructurar el cuadro terapéutico con formas diferentes de conciliar la corporeidad. Para Pierre Mignard este cuadro discurre apoyado sobre tres pilares[32]:

  • Cuerpo real, el que se puede medir y pesar, que es mensurable. Exige que la intervención se realice mediante el empleo del sistema muscular como responsable de nuestra morfología y de nuestras transformaciones.
  • Cuerpo vivido, o aquel que ejerce su consciencia en el mismo instante, que subjetivo, que experimente placer o dolor. La intervención, por tanto, se fundamentaría en la consciencia propioceptiva.
  • Cuerpo emocional, que representaría a aquel que desde el inicio de la vida ha acumulado los recuerdos, experiencias y traumatismos. Esta memoria radicaría, básicamente, en los músculos, en la piel y en los órganos de las funciones esenciales (oído, tacto, digestión, respiración).

Sin embargo, los tres cuerpos funcionan como una unidad. Son complementarios e interdependientes de tal manera que ninguno podría ser modificado sin que, como consecuencia, esta alteración afectara a los otros dos.

La imagen del cuerpo

Posiblemente fuera la psicoanalista la primera escuela psicológica que intentó la reconstrucción de un cuerpo que conservara la totalidad de sus dimensiones y toda la complejidad de sus relaciones estructurales. El mismo Freud describe un cuerpo real (el cuerpo biológico de la primera teoría de las pulsiones), que se desplaza para dejar su lugar a la libido mientras que, paralelamente, el Yo se convierte en metáfora del cuerpo. Y así, llegará a afirmar que “el Yo es ante todo un Yo corporal, no solo una entidad de superficie, sino él mismo la proyección de una superficie”[33]. El cuerpo, por tanto, representa el deseo inconsciente y las fantasías que determina. El sistema corporal es, para Freud, el sustituto de un conflicto inconsciente que forma parte del orden de la representación de un discurso, “es considerado un elemento del discurso”[34]. El cuerpo será resultado de una elaboración secundaria, lo cual exige su descodificación.

Schilder, en 1913, introdujo el concepto de “imagen del cuerpo” como integración de: los datos neurofisiológicos (esquema corporal); datos psicoanalíticos (la estructura libidinal del cuerpo); y las patologías psicomotrices y neurológicas.

También los psicoanalistas han formulado su alternativa a otros conceptos de significado cercano al de cuerpo. Para ellos la “imagen del cuerpo” se concibe como una superposición de imágenes que se inicia con una imagen arcaica y llega hasta la imagen actual, representando, de alguna manera, la evolución del ser humano. F. Dolto la describe como una síntesis inconsciente y viva de nuestras experiencias emocionales, como la encarnación simbólica inconsciente del sujeto deseante[35].

Durante esta construcción progresiva, a los seis meses, en la etapa que Lacan denomina “estadio del espejo”, el Yo se constituye como un otro.

Aún más radical se mostrará la oferta que, presenta W. Reich para quien el cuerpo no es reductible a la palabra, sino que lo considera en su materialidad como un sistema muscular, sensorial y respiratorio. No le reduce a la sola función de representación de conflictos inconscientes sino que el conflicto original se sitúa en el propio cuerpo que, en adelante, será el que manifieste las tensiones corporales que suele concretarse en alteraciones orgánicas.

Marilou Bruchon-Schweitzer considera que la imagen del cuerpo (suponiendo que las percepciones, actitudes y afectos, centrados en el propio cuerpo se integrasen en una Gestatl unitaria y global) aparecería como un conjunto de representaciones del individuo, complejas, específicas, independientes entre sí y, además, estables y coherentes[36]. Por tanto, como aconsejaba Descamps en 1986, la Psicología debe descubrir el cuerpo sin reducirlo por eso a unos estados de conciencia que restablezcan implícitamente el dualismo cuerpo-alma. Por el contrario, deberá ser estudiado desde tres perspectivas distintas[37]:

  • Mirada exterior o en tercera persona, que capte al cuerpo como un objeto no solamente estático, sino también en movimiento: movimientos adaptativos, técnicas corporales, gestos expresivos, etc.
  • Mirada en segunda persona, que se dirige al cuerpo de los otros, a la apariencia.
  • Mirada en primera persona o la que uno dirige a su propio cuerpo. La coherencia somatopsíquica individual es el resultado de la actividad psíquica del individuo.
  • Entendido así el cuerpo, esta autora considera que cada una de estas perspectivas requiere una respuesta diferenciada dentro de la estrategia propia de la intervención psicomotriz o unos procedimientos evaluatorios distintos.
  • La mirada en tercera persona utilizará los tests objetivos para observar el comportamiento.
  • La mirada en segunda persona recurrirá a la observación para analizar la conducta de los otros
  • La mirada en primera persona deberá interesarse por la representación de sí a través de técnicas autoevaluativas.

Tampoco desde una formulación psicoanalítica puede reducirse la imagen del cuerpo a una información anatómica como aquella a la que, algunos, reducen la noción de esquema corporal. Francoise Dolto afirma que esta se elabora en la misma historia del sujeto, modificándose a lo largo de su desarrollo. La concibe, por tanto, como una imagen dinámica que sería el resultado de otras tres posibles imágenes[38]:

  • Imagen de base o dimensión estática. Que permite al individuo experimentarse en la “mismidad de ser”, en una continuidad narcisista[39] o en la continuidad espacio-temporal que es su vida.
  • Imagen funcional o imagen esténica de un sujeto que tiende al cumplimiento de su deseo.
  • Imagen exógena, asociada a determinada imagen funcional del cuerpo. El lugar donde se focaliza placer y displacer erótico en la relación con el otro.

En su opinión, para reorganizar estos tres componentes en una imagen coherente, dinámica, es necesario: primero, que la imagen funcional permita una utilización adaptada del esquema corporal; y, en segundo lugar, que la imagen erógena abra al sujeto a la vía de un placer compartido (humanizador por lo que tiene de valor simbólico) que pueda hallar expresión en la mímica, la acción y la palabra. Y así, la conjunción de las tres imágenes daría lugar a una imagen del cuerpo que sería una síntesis viva, en constante devenir, de base funcional y erógena, que las mantendría enlazadas entre sí por las pulsiones de la vida que se actualizan para el sujeto en lo que F. Dolto denominaba “imagen dinámica” o deseo de ser y de perseverar en un devenir. Dicho de otra forma, será siempre la de un deseo en busca de un nuevo objeto.

Este nuevo concepto rebasa el viejo modelo biomecánico y en él se intenta representar, en primer lugar la nueva valoración que contiene el término conducta, la cual se concreta en función de las posibilidades de actuación que los distintos mecanismos corporales permiten. Al mismo tiempo se representa cómo el tono se constituye no solo en la trama del movimiento sino también en el principal elemento ejecutor y expresivo con que se cuenta para construir el comportamiento.

La vivencia del cuerpo

Detrás de la actual concepción que se mantiene del cuerpo se adivina una decisiva influencia de la fenomenología de M. Merleau-Ponty. Para este filósofo francés, el cuerpo ya no es solo un objeto y, por tanto concluye que, la “conciencia que del mismo tengo no es un pensamiento[40]. Para él parece obvio que la conciencia del cuerpo, como acto cognitivo, no puede ser producto de lo que tradicionalmente se denominaba como operación intelectual sino el resultado de un proceso más complejo y holístico que denomina “vivencia”[41].

Sin embargo, esta proposición, pese a que generalmente es aceptada en la doctrina psicomotricista, en nuestra opinión, permanece escasamente explicada y discutiblemente aplicada en su metodología. En términos generales, para nosotros, la vivencia sería el resultado de la construcción de una abstracción en la que subyace una intención cognitiva cuyo objeto somos nosotros mismos y la relación que mantenemos con nuestro cuerpo[42]. Como recuerda Piera Aulaguier, si la realidad es autoengendrada por la actividad sensorial, nuestra relación con el cuerpo y con la realidad estaría en función “de la manera en que el sujeto oye, deforma o permanece sordo al discurso del conjunto[43].

Pero tampoco el concepto de vivencia es unívoco. Dependiendo como se entienda la vivenciación del cuerpo y de su actuar dependerá el modelo de intervención que en cada caso se diseñe o el ámbito en que se concrete su aplicación: educativo, clínico, terapéutico, etc. Esta noción de vivencia, cada autor la describe desde determinados planos y niveles y, como consecuencia, ampliando o reduciendo los elementos que la forman. En todo caso, una concepción globalista entenderá la vivencia como una experiencia compuesta, cuando menos, de elementos motrices, cognitivos y afectivos, que se desarrolla tanto en el plano racional como en el simbólico con repercusiones en los niveles conscientes e inconscientes.

Este “Yo corporal” y el propio esquema corporal, serán las primeras referencias de que disponga el individuo para organizar su relaciones con el entorno, con los objetos, con los demás, con el “no yo” en general e, incluso, consigo mismo. Desde el conocimiento y aceptación de nosotros mismos y de nuestras posibilidades de actuación nos ubicamos en el contexto espacio-temporal y diseñamos los patrones de conducta que creemos más eficaces para resolver el permanente problema adaptativo. Pero este conocimiento de nosotros mismos lo vamos estructurando en igual medida que maduran y se desarrollan aquellas aptitudes necesarias para su elaboración: el desarrollo y la maduración física, el desarrollo intelectual y la experiencia obtenida de los efectos producidos por las acciones o conductas realizadas.

En definitiva, este conocimiento siempre será consecuencia de la experiencia, el resultado de nuestras acciones en la interacción con el entorno, la interiorización de la información de retorno que, de nosotros mismos, nos remite el espejo, que es la realidad, al actuar sobre ella y ante él y, por tanto, la conclusión obtenida de la vivenciación total de nosotros mismos y de nuestro actuar. De acuerdo con Wallon, el esquema corporal no ha de considerarse ni como un dato terminal ni como una aptitud biológica sino como el resultado de una relación ajustada entre el individuo y su medio lo que le convierte en el elemento indispensable para la construcción de la personalidad.

De cómo se entienda esta vivenciación del cuerpo y de su actuar dependerá el modelo de intervención que en cada caso se diseñe o el ámbito en que se concrete: educativo, clínico, terapéutico, etc. Esta noción de vivencia, cada autor la describe desde determinados planos y niveles y, como consecuencia, ampliando o reduciendo los elementos que la forman. En todo caso, una concepción globalista entenderá la vivencia como una experiencia compuesta, cuando menos, de elementos motrices, cognitivos y afectivos, que se desarrolla tanto en el plano racional como en el simbólico con repercusiones en los niveles conscientes e inconscientes.

Por todo esto que hemos visto anteriormente, no debemos terminar sin recordar que no todos los autores se conforman con la simple utilización de la noción de esquema corporal pues en ella no pueden contenerse cuantos aspectos creen necesario contemplar para entender un concepto tan complejo como es la vivenciación del cuerpo. En consecuencia, amplían sus contenidos o completan la descripción vivencial y cognitiva del cuerpo y de sí mismo con otras nociones tales como la imagen corporal o la autoestima.

La autoestima

Hasta ahora nos hemos referido al conocimiento de uno mismo de manera excesivamente simplista, puesto que obviábamos aspectos tan decisivos como el sentido de valoración que inmediatamente suele adquirir cualquier conclusión cognitiva. La percepción que un individuo realiza de su propio valor o de su valía personal es tan importante para él mismo que una autoimagen pobre perjudica, finalmente, el funcionamiento normal de su comportamiento. Por esa razón, Albert Ellis y Russell Greiger consideran que unas de las funciones de cualquier intervención reeducativa o psicoterapéutica ha de pretender el aumento de la autoestima del individuo o lo que también podríamos denominar como refuerzo del Yo. Pero Ellis y Greiger distinguen entre dos nociones que aclaran este concepto pues, en sí mismo, incluye aspectos muy complejos que aconsejan diferenciar, al menos, tres nociones[44]:

  • Autoestima: Valoración que de sí mismo realiza el individuo como consecuencia de una actuación correcta, competente e inteligente.
  • Autoaceptación: Aceptación de sí mismo, total e incondicionalmente, con independencia de su comportamiento o de la aceptación de los demás.
  • Autoconcepto: La difusión y el uso cada vez más generalizado nos impide ignorar este tercer concepto muy relacionado con los dos anteriores y que podría entenderse como el conjunto de etiquetas variables aprendidas respecto a uno mismo[45]. A este respecto, Arthur Staats advierte que “cabría esperar que las proposiciones que el individuo hace de sí mismo funcionarán como un estímulo que controlará su propia conducta …”[46].

Llegados a este punto, no debemos olvidar que todo el itinerario que hasta ahora hemos recorrido para analizar diversos conceptos nos ha hecho desembocar en un modelo unitario que ha de inspirar un tipo de metodología o de abordaje del individuo que, por fuerza, ha de basarse en la experiencia de unas vivenciaciones cuyos efectos o resultados deben resonar en todas las dimensiones del ser humano. Planteado así, desde la perspectiva metodológica de la intervención desde la motricidad, deberíamos considerar la conveniencia, o no, y en qué casos, en qué circunstancias o hasta en qué niveles es aconsejable que la adquisición de estas nociones incluya un proceso de autoevaluación. Ellis y Greiger, estudiando detenidamente esta cuestión, concluyen un resultado ambiguo según el cual, en todo caso, no se mostrarían partidarios de extender este autojuicio a la totalidad de los rasgos y de las acciones del individuo. Para apoyar su posicionamiento favorable a que se adopte una actitud no evaluativa hacia sí mismo, especifican todo un catálogo de razones:

  • La autoevaluación positiva y negativa es ineficaz y dificulta la resolución de los problemas, es reflexiva y requiere tiempo, de manera que advierten de que si se cultiva el alma no “cultivarás el jardín”.
  • Sólo funciona bien cuando se tienen muchos talentos y pocos defectos.
  • Lleva a exaltar o a rebajar la esencia humana mediante la comparación con otros.
  • Aumenta la timidez, induce a cerrarse sobre sí mismo y a reducir el círculo de intereses, alegrías o placeres.
  • Culpar o alabar a un individuo entero por unos pocos actos es una generalización excesiva y no científica.
  • Cuando las personas son alabadas o condenadas se concluye que han de ser recompensadas o castigadas por ser buenas o malas.
  • Clasificar alto a una persona por cualidades buenas o malas equivale a endiosarla o demonizarla.
  • La intolerancia y la falta de respeto a los demás son consecuencia de la autovaloración y de valorar a los demás.
  • Evaluar a un individuo es intentar cambiarlo, controlarlo o manipularlo.
  • La evaluación del individuo tiende a sostener el “establishment” y a bloquear el cambio social.
  • Tiende a sabotear la escucha enfática y las relaciones íntimas y auténticas entre dos personas.
  • Tiende a denigrar las necesidades, los deseos y las preferencias y trata de reemplazarlas por las demandas, las compulsiones y las obligaciones.
  • Tiende a sabotear el libre albedrío del individuo.
  • La valoración humana global y exacta es imposible porque: las características por las que se valora al individuo varían cada año, no existe una escala absoluta para juzgar las características, se necesitaría un sistema de pesos y medidas especiales para cada acción; no existe una alternativa adecuada; es imposible descubrir todas las características; todas las cualidades del hombre son diferentes.

Por otra parte, los factores que Copermisth considera necesarios para el desarrollo de la autoestima pueden contribuir también a esta reflexión sobre la pertinencia de establecer la autoestima como objetivo de la intervención. Este autor destaca los siguientes[47]:

  • El tratamiento de ciertos factores significantes como consecuencia de que otros nos valoran.
  • La historia de éxitos o el reconocimiento social de nuestros logros.
  • Los valores y las aspiraciones que determinan la consecución de un logro.
  • El estilo particular de defender la autoestima o la forma de responder a los sucesos negativos que nos afectan personalmente.

Los estudios que realizaron Ellis y Greiger sobre la autoestima les llevaron a concluir que, en una comparación entre individuos con baja y alta autoestima, resultaba que estos últimos tienden a una mantener un estado de ansiedad más bajo y a presentar menores síntomas psicosomáticos. Los individuos con la autoestima más alta resultaban ser: emocionalmente más activos y sensibles; más competentes y eficaces y con expectativas más positivas hacia el éxito y con menor anticipación del fracaso; más propensos a conseguir metas más altas; más independientes y creativos; y con mayor probabilidad de ser aceptados y poseer mejor equilibrio en las habilidades sociales. Sin embargo, las reticencias de Ellis ante el autojuicio le convencieron de la necesidad de sustituir el empleo y fomento de la autoestima por el de la “autoaceptación”. Argumentaba este psicólogo la conveniencia de su propuesta porque, en definitiva[48]:

  • Las verdaderas metas de las personas no son otras que continuar vivos y vivir felices.
  • Las personas tienen una plenitud que se acaba.
  • Poseen rasgos que les hacen únicos y determinan su identidad.
  • Si conocen sus rasgos pueden planear su futuro.
  • Tienen conocimiento de sí mismos.

Por lo que respecta a la noción de “autoconcepto”, A.W. Staats considera que cabe esperar que las proposiciones que el individuo hace de sí mismo funcionen como un estímulo que controlará su propia conducta. Pero, por lo que interesa ahora, en todo caso, no parece que existan prevenciones dignas de señalar para admitir que el autoconcepto se aprende con una finalidad funcional diversa, que podría justificarse porque es necesario para que el niño emita respuestas verbales y para etiquetar sus movimientos, sus acciones y su conducta social.

Otros enfoques hacen derivar buena parte de su conocimiento de la experiencia directa y de los efectos producidos por sus acciones. No obstante, como afirma Bandura, también ha de considerarse que los resultados de las acciones propias no son la única fuente de conocimiento, sino que las personas desarrollan y evalúan sus concepciones en términos de juicios expresados por otros.

Conclusiones

Quizá, como resultado de esta disgresión teórica, hayamos sido capaces de evidenciar la complejidad y riqueza de contenidos en el concepto del cuerpo incluye lo cual, si así fuere, exigiría un mínimo de reflexión antes de abordar su educación. A poco que este análisis se formule dentro de un mínimo rigor surgirá de inmediato la pregunta de si la asignatura y su didáctica actualmente se ajusta a estas exigencias.

Nosotros no lo creemos posible a menos que la programación didáctica tenga en cuenta, inicial y fundamentalmente, dos requisitos:

  • La inexcusable adquisición de un compromiso científico con alguna de las perspectivas y planteamientos que explican la significación del cuerpo. Únicamente así será posible que la elección de fines y objetivos o el diseño de las actividades se realice de una manera coherente y, como consecuencia, eficaz.
  • En segundo lugar, decidir si la asignatura de Educación Física, como característica prioritaria y cualificadora, ha de tener un naturaleza formativa y estructuradora o si, con un carácter informativo, ha de dar prioridad a la instrucción de destrezas y habilidades.

Solo resolviendo estas dos incógnitas previamente será posible, a continuación, diseñar el proceso de intervención pues, tal y como afirmaba P. Vayer, antes que la acción educativa ha de resolverse el planteamiento educativo.

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[1] Henaff, Marcel: Sade. La invención del cuerpo libertino, Barcelona, Ed. Destino, 1980, p. 30.

[2] Nagatomo, Shigenori: “Como un río invisible”, El Correo de la UNESCO, (abril, 1997), p. 15.

[3] Ibid, pp. 16-17.

[4] Maitra, Romain: “Cuerpo bruto, cuerpo sutil y soplo vital”, El Correo de la UNESCO, (abril, 1997), 28.

[5] Sergio, Manuel: Um Corte Epistemológico. Da educacçao física à motricidade humana, Lisboa, Instituto Piaget, 2003.

[6] Damasio, Antonio R.: El error de Descartes, Barcelona Ed. Crítica, 2004.

[7] Rey Cao, Ana y otros: La corporeidad como expresión de lo humano, en … Actas. IV Congreso de las Ciencias del Deporte, la Educación Física y la Recreación del INEF de Lleida, Zaragoza, INEF de Lleida, 1999, p. 53.

[8] Justo Martínez, Eduardo: Desarrollo Psicomotriz en Educación Infantil, Almería, Universidad de Almería, 2000, p. 13.

[9] Cit. por Alexander, Gerda: La Eutonía, Barcelona, Ed. Paidós, 1998, p. 10.

[10] Contant, M. y Calza, A.: La unidad psicosomática en Psicomotricidad, Barcelona, Ed. Masson, 1991.

[11] La Pierre, A. y Aucouturier, B.: Simbología del movimiento, Barcelona, Científico Médica, 1985, p. 41.

[12] Cencillo, Luis: op. cit., p. 299.

[13] Rocchetta, Carlo: Hacia una teología de la corporeidad, Madrid, Ediciones Paulinas, 1993, p. 299.

[14] Tricot, Pierre: La osteopatía. Una terapia por descubrir, Paidotribo, 2003, p.31.

[15] Ibid, 2004, p. 25

[16] Ibid, p. 24

[17] Albert Gutiérrez, Juan José: op. cit., , p. 46

[18] Feldenkrais, Moshe: Autoconciencia por el movimiento. Ejercicios para el desarrollo personal, Buenos Aires, ed. Paidos (Biblioteca de técnicas y lenguajes corporales, Vol. 9), (1ª edición), 1980, p. 18.

[19] Carbajal Pérez, Luis: Del organismo al cuerpo. Gestalt corporal, Barcelona, Comanegra, 2011, p. 49.

[20] Kepner, James I.; op. cit., 2000, p. 46.

[21] Ibid, p. 47

[22] Carbajal Pérez, Luis: Del organismo al cuerpo. Gestalt corporal, Barcelona, Comanegra, 2011, p. 50.

[23] Denis, Daniel: El cuerpo enseñado, Barcelona, Ed. Paidós, 1980, p. 11.

[24] Maigre, A. y Destrooper, J.: La educación psicomotora, Madrid, Ed. Morata, 1976, p. 111. Para conseguir potenciar estas dimensiones, estos tratadistas, nos proponen el empleo de dos modos de acción diferentes: el modo real de acción y el modo analógico de acción.

[25] García Carrasco, Joaquín y García del Dujo, Ángel: Teoría de la educación, t. II, Salamanca, Ediciones Universidad, 2001, p. 153.

[26] Ibid.

[27] Guimón, José: Los lugares del cuerpo, Barcelona, Ed. Paidós, 1999, pp. 19 y ss.

[28] Citado por José Guimón: op. cit., p. 17.

[29] Zubiri, Xavier: Sobre el hombre, Madrid, Alianza Ed. 1986.

[30] Wallon, Henry: Los orígenes del carácter del niño, Buenos Aires, Nueva Visión, 1979.

[31] Lebreton, David: La sociología del cuerpo, Madrid, Ed. Siruela, 2018.

[32] Mignard, Pierre: Los procesos regresivos en terapia morfoanalítica, en … Alemany, C. y García, J. (eds.): El cuerpo vivenciado y analizado, Bilbao, Desclée De Brouwer, 1996.

[33] Freud, Sigmund: Le moi et le Cá, Werke, XIII, Fischer Verlag, Frankfur, 1972. (Cit. por Sami-Alí: Le visuel et la tactile, París, Dumond, 1984, p. 139)

[34] Pagés, M.: “L’Emprise”, Rev. Thérapie psycham, (1982), 56, pp. 25-30.

[35] Dolto, F.: L’image inconsciente du corp, París, Seuil, 1984, p. 22

[36] Bruchon-Schweitzer, Marilou: Psicología del cuerpo, Barcelona, Herder, 1992.

[37] Citado por Bruchon-Schweitzer, Marilou: op. cit., pp. 262 y ss.

[38] Dolto, Francoise: La imagen inconsciente del cuerpo, Barcelona, Ed. Paidós, 1997.

[39] Dolto entiende el narcisismo como el “deseo de vivir, preexistente a su concepción” o intuición vivida de ser en el mundo.

[40] Merleau-Ponty, M.: Fenomenología de la percepción, Barcelona, Ed. Península, 1975, p. 215.

[41] Merleau-Ponty afirma que “la conciencia que del mismo tengo no es un pensamiento” de tal manera que “ya se trate del cuerpo del otro o del mío propio, no dispongo de ningún otro medio de conocer el cuerpo humano más que el vivirlo (…), soy mi cuerpo, por lo menos en toda la medida en que tengo un capital de experiencia y, recíprocamente, mi cuerpo es como un sujeto natural, como un bosquejo provisional de mi ser total”.

[42] Pastor Pradillo, José Luis: Fundamentación conceptual para una Intervención psicomotriz en Educación Física, Barcelona, INDE, 2002, pp. 63 y ss.

[43] Aulagier, Piera: Nacimiento de un cuerpo, origen de una historia, en … Hornstein, Luis y otros: Cuerpo, historia, interpretación, Buenos Aires, Ed. Paidós, 1991, p. 122.

[44] Ellis, Albert y Greiger, Russell: Manual de terapia racional-emotiva, t. I, Bilbao, Ed. Desclée De Brouwer, 1994, p. 107.

[45] Staats, Arthur W.: Conducta y Personalidad. Conductismo Psicológico, Bilbao, Desclée De Brouwer, 1997, p. 215.

[46] Ibid., p. 255-256.

[47] Ellis, Albert y Greiger, Russell: Manual de terapia racional-emotiva, t. II, Bilbao, Ed. Desclée De Brouwer, 1990, p. 165.

[48] Ibid., p. 169.

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