ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL CONCEPTO DE INTERVENCIÓN PSICOMOTRIZ

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José Luis Pastor Pradillo

Maestro de Enseñanza Primaria, Licenciado en Educación Física, Licenciado en Psicología. Doctor en Ciencias Sociales. Doctor en Ciencias de la Educación. Profesor Emérito de la Universidad de Alcalá. Ex Director de la Revista Española de Educación Física y Deportes.

 

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EL CONCEPTO DE INTERVENCIÓN PSICOMOTRIZ

Resumen: El constructo “psico-motricidad” exige una conciliación entre planteamientos pertenecientes a ramas del conocimiento diferenciadas que, a su vez, se encuentran en constante revisión y desarrollo como consecuencia de la investigación y de la experiencia generada en la misma práctica de la intervención. Es por tanto necesario proceder a una revisión crítica de la metodología de intervención psicomotriz en la que se integren cuantas aportaciones van surgiendo tanto del ámbito de la Psicología como de la Motricidad. De esta tarea ha de resultar un compromiso conceptual que fundamente y proporcione la necesaria coherencia a la metodología con que se desarrolle la intervención psicomotriz.

Palabras clave: Psicomotricidad. Metodología. Intervención

La praxis de la intervención no puede realizarse de manera coherente si no se estructura sobre un modelo que permita la aplicación de unos principios teóricos que regidos por un paradigma (Kuhn, 2000), el unitario en nuestro caso, explique la relación funcional de las distintas dimensiones que integran la naturaleza humana. Se requiere de un modelo para describir la estructura psicomotriz, su funcionamiento y las relaciones de interdependencia e interacción que entre sus elementos se establecen. Sólo desde él podremos diseñar la estrategia que organice la intervención y ejercer el control necesario sobre sus efectos, sobre la intención que la oriente o sobre los objetivos más convenientes para cada ámbito y campo de actuación.

Para ordenar sistemáticamente la descripción de los ámbitos en donde puede concretarse la intervención psicomotriz y para seleccionar los modelos más idóneos, nos parece oportuno distinguir dos aspectos:

  • La descripción del modelo que exprese la estructura psicomotriz en que se basa la funcionalidad que, finalmente, permite la relación homeostática, adaptativa o conductual, según cual sea el paradigma desde el que se defina la perspectiva de su estudio.
  • La identificación de los principales ámbitos de intervención que se incluyen en el seno de esta estructura psicomotriz.
  1. Fundamentación epistemológica de la intervención psicomotriz

El diseño de una intervención, cualquiera que sea el campo de actuación donde vaya a desarrollarse, requiere de una lógica interna que le proporcione el suficiente sustento teórico-técnico como para que puedan controlarse los resultados, preverse los efectos y activarse los mecanismos identificados, previamente y de manera premeditada, por la intencionalidad que presida y oriente el desarrollo y la aplicación del procedimiento de intervención seleccionado.

Del compromiso establecido con un determinado sistema psicológico o con un determinado modelo descriptivo de la funcionalidad motriz debe resultar una estructura capaz de expresar ordenadamente el inventario de funciones y mecanismos intervinientes y de identificar las relaciones que, de manera singular, se establecen entre ellos en cada momento evolutivo. Asumir un modelo de estructura psicomotriz ha de suponer la aceptación de un determinado esquema organizativo y, también, funcional. Sobre él deberá articularse tanto la selección de los objetivos como la identificación de los mecanismos que han de actuar, la relación funcional que entre ellos existe o que conviene establecer y la estrategia necesaria para reconstruir el esquema de acción en que se base la conducta según cual sea el tipo de actividad que se desencadene o la dimensión en que repercutan sus efectos.

Por otra parte, para que esta intervención tenga sentido ha de conocerse perfectamente la significación de los medios de que se dispone y de los ámbitos generales en donde es factible intervenir. En la versión de intervención psicomotricista que aquí estamos proponiendo, como ocurre en la mayoría de los casos, los medios con que se cuenta son el cuerpo y el movimiento (Maigre y Destrooper, 1976). Esa es la razón por la que pensamos (Pastor, 2002) que son estos dos referentes los factores principales cuya evaluación puede proporcionar criterios suficientes para calificar cualquier sistema descriptivo de la motricidad humana, de la educación física o de la Psicomotricidad. Por tanto, los ámbitos donde ha de aplicarse la intencionalidad de la intervención de manera genérica, se reducen a dos (Pastor, 1998):

  • El Yo, en cuanto que es considerado como el elemento de la estructura de la personalidad del que depende la conducta. En este concepto se incluyen distintos contenidos que nosotros agrupamos, de manera genérica, en la noción de “autopercepción”.
  • La organización conductual que condiciona y permite al Yo establecer las relaciones con su medio, su expresión y la aferencia de la información necesaria para reconstruir su universo y para lograr que la adaptación se logre con los efectos deseados. Genéricamente, como organización dinámica podemos considerar la elaboración de un repertorio comportamental lo más amplio posible aunque, desde otras perspectivas, aun podría completarse el concepto si por esta organización entendemos la adquisición o desarrollo de cuantos mecanismos y aptitudes van a ser necesarios para que la conducta, finalmente, resulte eficaz, expresiva y relacional.

 

  1. Ubicación científica de la Psicomotricidad

Cuando se aborda el diseño de algún tipo de intervención, a menudo, el primer problema que debe resolverse es el de evitar que su fin general sea tan ambiguo que impida una concreción suficiente en el momento de fijar los objetivos. Afirmar, por ejemplo, que la salud es el fin de la Medicina puede ser una aseveración válida en un nivel tan genérico como el que identifica la misma ciencia incluyendo su cuerpo doctrinal y deontológico, sus recursos técnicos o sus estrategias terapéuticas. Sin embargo, actualmente, para identificar parcialmente alguno de sus ámbitos de actuación o de sus técnicas específicas han de utilizarse referentes más concretos que identifican objetivos específicos diferentes, procesos operativos particulares o perspectivas distintas según se trate de la salud del sistema nervioso, de la salud del sistema cardiovascular o de la higiene podológica, por ejemplo.

Diseñar una estrategia de intervención psicomotriz requiere, cuando menos, considerar y prever la participación de tres elementos: los niveles de la intervención a los que se pretende acceder, los ámbitos de actuación y los recursos, técnicos, personales o materiales, de uso más conveniente y eficaz.

La metodología psicomotriz, que se caracteriza por una naturaleza integral que favorece el total desarrollo de la personalidad, para abordar su diseño, ha de resolver el dilema que representa la consideración de los distintos aspectos que impone la determinación de los niveles en que se pretende intervenir y, como consecuencia, deberá valorar como variaría este diseño metodológico en función de cuales sean los principios teórico-técnicos que, en cada caso, se utilicen para su fundamentación conceptual o epistemológica. A este respecto, parece generalmente admitido que, considerando el carácter globalista que caracteriza a la Psicomotricidad, se contemplen, al menos, los siguientes niveles (Justo, 2000): tónico-emocional, sensorio-motor, perceptivo-motor, perceptivo-simbólico y conceptual.

En nuestro criterio, la definición conceptual de Psicomotricidad se encuentra en una encrucijada que, de manera decisiva, no sólo está condicionada por su significación epistemológica sino que, también, compromete su concreción práxica como instrumento o estrategia de intervención. En nuestro criterio, parece imprescindible establecer una clasificación, una visión crítica y una nueva sistematización que se interese tanto por su cuerpo doctrinal como por su planteamiento metodológico. Esta nueva formulación (Lemenu y Vives, 2004) requiere, de manera ineludible, la aceptación de un compromiso de coherencia científica que, de nuevo, le otorgue el rigor necesario para compensar aquel que a lo largo de los últimos veinte años ha ido perdiendo. Cualquiera que sean las razones que se quieran esgrimir para explicar este fenómeno, resulta indisimulable que la Psicomotricidad no ha cumplido las expectativas que suscitó en la década de los años 70 del pasado siglo.

Para gran parte de los sectores que deberían seguir interesándose por las aportaciones de la Psicomotricidad, en la actualidad, ésta se presenta como un conjunto de técnicas, fines y objetivos ambiguos (Fauche, 1993), cuando no excesivamente grandilocuentes y pretenciosos, que se intentan conseguir mediante unas prácticas o actividades diseñadas más de manera intuitiva que fundamentadas en el mínimo conocimiento de aquellos mecanismos donde pretende intervenir. Si así fuese, esta circunstancia explicaría, por sí misma, la escasa importancia que en su metodología se otorga a la evaluación o la excesiva frecuencia con que se recurre a la evaluación cualitativa.

La tendencia a concebir la intervención psicomotriz desde esta superficialidad conceptual ha utilizado, como coartada intelectual de su inopia, el uso de planteamientos cuasi psicoanalíticos con tanta frecuencia que, para muchos observadores, esta perspectiva psicológica sería la que caracteriza, de manera absoluta, a la Psicomotricidad (Lapierre, 1997) (Aucouturier, 2004). Por razones fácilmente comprensibles, el uso, o el abuso, que de la teoría psicoanalítica se ha realizado para maquillar una justificación teóricamente incoherente o para fundamentar determinadas ocurrencias metodológicas le parecerá muy útil al lego que está convencido que una legión de psicoanalistas, después de más de un siglo de investigación, sólo acumulan nuevos descubrimientos como resultado de su intuición creativa.

La adecuación de las teorías psicoanalíticas a la praxis de la intervención psicomotriz realizada por autores como André Lapierre y Aucouturier (1977, 1980), y su rápida difusión entre diversos grupos profesionales españoles, sólo sirvió, en muchos casos, para divulgar una serie de actividades que, frecuentemente, fueron reproducidas casi de una manera supersticiosas y, en muy pocas ocasiones, aplicadas como consecuencia de un riguroso conocimiento de su fundamentación teórica o metodológica. Y así, la dimensión psíquica pronto quedaría reducida a una “afectividad” definida de manera peculiar, de perfiles inconcretos y descrita más a menudo desde claves poéticas que desde formulaciones científicas; y la componente motriz identificada con un torpe remedo de “expresión corporal” basada, casi exclusivamente, en un discutible concepto de espontaneidad. Desde estos planteamientos, para completar de manera rotunda e incontestable cualquier hipótesis, pronto aparecerían en la metodología psicomotricista todo tipo de difusas y omnipresentes “armonías energéticas”, de inconcretas “integraciones holísticas” o de “conciencias corporales” confitadas con extravagantes misticismos orientales.

Llegados a este punto, aunque la actual situación de marginalidad científica, a la que muchos de sus prosélitos han reducido a la Psicomotricidad, exija militancias sin matices y adhesiones acríticas, que en cualquier caso poco tendrían que ver con la relatividad científica, ya nadie debería pretender, como ocurre tan frecuentemente, que la teoría psicomotricista o la metodología de intervención de ella derivada pueda constituir un bloque homogéneo y uniforme.

Armonizar la sistematización conceptual y metodológica exige establecer una mínima coherencia con los paradigmas vigentes, requiere crear relaciones con el resto de las ramas del saber, establecer nexos interactivos entre las diversas ciencias y asumir compromisos que la sitúen en posicionamientos reconocibles y homologables. Esta circunstancia conlleva de manera inmediata, como conclusión inevitable, la certeza de que podrán existir diversas formas de entender la psicomotricidad, diferentes alternativas para fundamentar su doctrina, de realizar su conceptualización epistemológica, de explicar sus fines, de elegir los medios de intervención o de identificar sus campos de aplicación. No debe hablarse ya de la Psicomotricidad como si de una única doctrina se tratara sino que, según cuales sean los materiales científicos de que se nutra (psicológicos, sociales, motores, etc.), el proceso de definición de sus perfiles será más o menos acusado. Al igual que no existe una sola forma de terapia sino muchos modos de concebirla o de practicarla, del mismo modo que en la Psicología pueden distinguirse distintos sistemas, a veces irreconciliables entre sí, cuando nos referimos a la Psicomotricidad encontraremos alternativas diversas que, en cada caso, apelarán a postulados o axiomas de distinta naturaleza para justificar su alternativa.

 

  1. Aproximación teórica al proceso de intervención

No obstante, nosotros proponemos que, a pesar del compromiso doctrinal que evidenciábamos como circunstancia previa y conveniente para una definición metodológica, el esquema general de la intervención pueda ostentar un carácter sincrético basado en aspectos comunes y razonablemente compatibles. Pensamos que un compromiso previo de carácter general no impide recurrir a planteamientos específicos, desde formulaciones teóricas diferenciadas, que permitan un mayor análisis del concepto, del objetivo o de la dinámica de intervención en función del énfasis que cada sistema realice o del ámbito de aplicación previsto.

Cuando Bertalanffy (1937) enuncia su Teoría General de los Sistemas intentaba superar el debate establecido entonces entre mecanicistas y vitalistas. Actualmente, con distintos protagonistas, con teorías renovadas y con un mayor número de sistemas psicológicos, sigue reproduciéndose la polémica. La gran aportación de Bertalanffy fue recordar que la multidimensionalidad que caracteriza al hombre es inabarcable desde perspectivas únicas, excluyentes o singulares. Entendiéndola como un “complejo de componentes interactuantes”, la Teoría General de los Sistemas identifica distintas nociones características de la estructura organizativa del complejo que representa la realidad humana: interacción, mecanización, centralización y diversificación. Este planteamiento que, al menos en teoría, parecería un refuerzo a la perspectiva multidimensional de que hace gala la praxis psicomotricista, al mismo tiempo, como señala Ana Gimeno-Bayón (2004, 27), parece suscitar una cierta inseguridad ante la pluralidad de modelos que aparecen.

En la praxis de la intervención psicomotricista, parece que se ha querido maquillar, que no resolver, esta situación con dos estrategias aparentemente distintas aunque en ambos casos evidencien una negación del problema: unas veces, de manera dogmática, absoluta y excluyente, se ha optado por un planteamiento o sistema psicológico concreto mientras que, en otras, se ha elegido una globalidad superficial, más artística que científica, donde todo vale o todo puede valer.

La Teoría General de los Sistemas propone la posibilidad de establecer principios y leyes científicas que permitan una intervención en distintos niveles o dimensiones de una realidad o su aplicación a todos los sistemas en general. Aplicando sus postulados al objeto de nuestro estudio, la Teoría General de los Sistemas propondría varios conceptos fundamentales que, en cualquier caso aconsejan adecuar la elección de la técnica a utilizar en la praxis de intervención al ámbito o campo de actuación donde ha de desarrollarse. Al mismo tiempo sugeriría también la conveniencia de alternar la utilización de diferentes técnicas a fin de adecuar con mayor eficacia sus posibilidades y efectos a los objetivos propuestos en la intervención.

En consecuencia, en nuestra opinión, no pudiéndose hablar de una Psicomotricidad general definida desde paradigmas universalmente aceptados, elaborada desee una perspectiva indiscutible y compuesta por conceptos exactos que describan un modelo o sistema psicológico único, no parece descabellado recurrir a los distintos recursos, teóricos y metodológicos, que cada uno de los grandes sistemas nos proporcionan, al menos, en lo que a las cuestiones nodales se refiere. Por otra parte, en ocasiones, la misma perspectiva utilizada por el sistema o modelo para ubicarse ideológica o científicamente contiene una limitación por lo que, para sumir la total realidad del concepto, es necesario complementarla con otros puntos de vista. Por tanto, ante esta incapacidad circunstancial de los distintos sistemas psicológicos, alcanzamos a percibir un dilema cuya solución sólo parece admitir dos posibilidades:

  • La adquisición de un compromiso total con alguno de ellos y la aceptación, por consiguiente, de su incapacidad para proporcionar determinadas soluciones y la inevitable renuncia a intervenir con relación a distintos objetivos.
  • Anteponer la funcionalidad metodológica para intentar fundamentar la praxis, según cual sea su objetivo, en el modelo doctrinal que mejor explique el ámbito en cuestión.

Aunque actualmente se intente romper el tradicional reparto de competencias, aun parece que, por ejemplo, la Psicología dinámica oferta mejores argumentos y posibilidades de intervención sobre los aspectos afectivos o que las teorías cognitivas, en general, parecen más interesadas en el funcionamiento del aparato intelectual.

 

  1. El modelo de intervención

Ante esta cuestión, nuestra postura particular se decanta, de manera decidida e inequívoca, por la adopción del modelo unitario que concibe la naturaleza humana desde una perspectiva holística y global. En consecuencia, entendemos que la totalidad de las dimensiones del ser humano han de ser contempladas para elaborar el sustento conceptual de la Psicomotricidad y, consecuentemente, en todas debe de manifestarse la repercusión derivada de los efectos de la intervención psicomotriz.

No obstante, sin necesidad de abandonar esta perspectiva global se podrá, con distinto énfasis, hacer referencia a un determinado aspecto o a un ámbito de actuación más concreto y cuya elección, en cualquier caso, deberá estar condicionada por la orientación que el paradigma científico de referencia imponga. De igual manera que en materia psicológica distinguimos entre las teorías dinámicas y las cognitivas o que en materia de motricidad, e ocasiones, interesan más las cualidades físicas básicas que las referidas a la significación conductual, nosotros pensamos que en el ámbito psicomotriz también ha de concretarse el compromiso doctrinal y la intencionalidad metodológica.

Por tanto, la Psicomotricidad y el proceso de intervención de ella derivado, también podrá describirse desde planteamientos conductista, psicoanalistas, de acuerdo con la doctrina de la Gestalt o con los axiomas cognitivistas; podrán manifestar mayor interés por la conducta individual analizada desde un punto de vista clínico o desde un contexto social; podrán ser distintas sus estrategias si van encaminadas a la estimulación psicofuncional, que si lo hacen hacia la reeducación, a la terapia o, simplemente, a otros campos de actuación más cercanos a las necesidades de las poblaciones especiales. Cualquier planteamiento que contemple la intervención desde una perspectiva global y que base su actuación en los efectos de la experiencia corporal y motriz será susceptible de ser calificada de psicomotriz.

Estas premisas, inicial o genéricamente, podrían ser los referentes que delimitasen el marco básico de intervención psicomotriz aunque, sin duda, con posterioridad, aun será necesario matizar muchos otros conceptos. Para eso, como ya hemos dicho, el psicomotricista deberá asumir un compromiso con paradigmas concretos y con intencionalidades suficientemente explicitadas.

En nuestro caso (Pastor, 2002), hemos abordado la tarea de identificar cuantas alternativas podrían ser consideradas para conseguir esta fundamentación y su correspondiente estructura metodológica. En adelante, al describir nuestro modelo de intervención, debemos armonizar esta estrategia con aquellos paradigmas con los que, implícita o explícitamente, nos habríamos comprometido al mostrar una coincidencia de criterios. No pretendemos que el resultado posea un carácter dogmático y tampoco consideramos que su formulación resulte definitivamente concluida sino que, en cualquier caso, debería quedar abierta a posteriores aportaciones, futuras revisiones y sucesivas reestructuraciones como consecuencia no sólo de la evaluación de sus resultados sino, sobre todo, en función de las aportaciones que el general desarrollo de la ciencia sitúe a nuestra disposición.

Para algunos (Rota, 1996, 6) la “totalidad corporal” significa una cierta manera de relación dialéctica entre dos polos: el cuerpo, entendido como función, como instrumento, como esquema corporal y el cuerpo entendido como imágenes. Nosotros lo entendemos como algo más complejo que la mera manifestación hacia el exterior a través de la expresividad motriz; a través de las relaciones que el sujeto establece con su entorno. Concebir el cuerpo a través de sus relaciones, en nuestro criterio, con ser una posición acertada, no deja de ser parcial pues elude cualquier tipo de interés hacia muchos de los sistemas y mecanismos que, entre otras cosas, posibilitan estas relaciones. La corriente relacional ha realizado una contribución muy importante a la construcción del cuerpo doctrinal y a la metodología de su intervención en muchos ámbitos, sin embargo, no agota las posibilidades de que es susceptible el constructo psico-motricidad ni concilia la totalidad de los paradigmas que desde sus dos conceptos se plantean.

Más explícito se muestra Vitor da Fonseca (1996, 15) cuando afirma que “la Psicomotricidad tiene como finalidad actuar por mediación del cuerpo sobre las funciones mentales, comportamentales y psicológicas perturbadas del niño, del adolescente y del adulto, teniendo constantemente en cuenta la dimensión relacional”. Y, aunque desvela una posible aplicación a la reeducación y a la terapia mediante la experiencia corporal, también evidencia una mayor densidad conceptual al precisar que el nexo relacional entre una situación y una acción o entre un estímulo y una respuesta (dos formas de enunciar una misma circunstancia desde sistemas psicológicos diferentes) es “inteligible” y procura asociar un acto a un pensamiento y un gesto a una palabra de tal manera que, en su criterio, el cuerpo funcionaría como un catalizador para la “promoción y el equilibrio de las funciones integrativas, emocionales, elaborativas, simbólicas o cognitivas”. Desemboca así en una descripción más genérica, más fundamental y básica cuando asume que la Psicomotricidad es una “perspectiva más global que utiliza todas las posibilidades del movimiento, del cuerpo, de expresión, de relación, con vistas a reestructurar la personalidad y a maximizar las potencialidades adaptativas”.

Por tanto, como el mismo Da Fonseca (1996) aclara, la intervención no debe fundamentarse en objetivos que pretendan desenvolver directamente la eficiencia motriz basada sólo en el mayor desarrollo de las cualidades físicas básicas o en los aprendizajes motores específicos, deportivos o no, sino que ha de interesarse de manera fundamental en aquellos factores que originan, controlan y justifican un movimiento entendido, sobre toso, como conducta. Esta visión holística, cuyo origen en la Gestalt a menudo se olvida, ha sido una de las constantes que ha caracterizado la intervención psicomotriz cualquiera que fuese su inspiración teórica o su aplicación metodológica.

Es característica común de la mayoría de las alternativas metodológicas que se califican de psicomotricistas el proclamar, como principio teórico fundamental, la adopción de una visión holística que lleva al convencimiento de que el todo es mayor o diferente que la suma de sus partes. Como afirma J.I. Kepner (1987, 36), considerar a la persona como un todo mayor que la suma de sus partes “es verla como todas las partes: cuerpo, mente, pensamiento, sentimiento, imaginación, movimiento y así sucesivamente; pero no como cualquiera de sus partes”.

Esta reflexión nos induce, de nuevo, a orientar nuestra atención hacia la consideración principal y fundamental que representan los conceptos de cuerpo y movimiento, a la comprensión que de ellos realicemos y a los aspectos en que se manifiesta nuestra intervención al respecto de esta realidad concreta.

 

  1. Conclusión

Y llegados a este punto, nosotros creemos que, como afirma P. Aulagnier (1991), “la realidad es autoengendrada por la actividad sensorial” mediante signos que, después, constituyen y forman parte de lo fantasmable, de lo interpretable, de lo previsible. Desde esta inicial referencia, tal y como advierte la terapia morfoanalítica de S. Peyrot (1996, 11), parece incuestionable la condición de trabajar con una unidad cuerpo-psique que se considere como un sistema integrado desde el cuerpo psíquico, las sensaciones, las emociones, la espiritualidad, la expresión corporal-física, energética y verbal, constituyen una sola y única realidad del ser. De un ser del que no se puede olvidar su dimensión social y su inevitable y necesaria integración grupal.

Para el hombre, el cuerpo representa una “envoltura” que le cohesiona a otros individuos y que, compuesta de un entramado de reglas, costumbres, ritos, actos y hechos con valor de jurisprudencia, jerarquización de sus miembros y distribución de funciones, representaría una especie de tejido vivo que rodeando al cuerpo, al Yo, integra un psiquismo en el que, al menos, pueden destacarse dos orientaciones: exógena, que mira hacia la realidad externa física y social y, aquella otra, endógena, que se interesa por la realidad interna.

Desde un punto de vista sociológico, como advertía D. Anzieu (1986, 13-14), si se considera la envoltura en su nivel grupal permitiría, considerado como una realidad única en sí mismo, extrapolar estas orientaciones tanto en un sentido transindividual “el sí-mismo de grupo” como hacia la realidad externa social que constituyen otros grupos parecidos o diferentes.

En definitiva, proponemos que la metodología de la intervención psicomotricista ha de caracterizarse por tres aspectos principales: su coherencia epistemológica con un determinado sistema o modelo de entender la naturaleza humana y su estructura psicomotriz, la adaptación de la estrategia general de intervención a un diseño inspirado en un paradigma holístico, unitario y globalista y, finalmente, que permita la suficiente flexibilidad como para abordar objetivos de manera específica y, como consecuencia, utilizar sin contradicciones distintas técnicas adecuadas y eficaces para cada uno de ellos.

 

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