¿QUÉ SERÁ DE LA EDUCACIÓN FÍSICA CUANDO SE EXTINGAN LAS HOGUERAS?

JOSÉ LUIS PASTOR PRADILLO

Maestro de Enseñanza Primaria, Licenciado en Educación Física, Licenciado en Psicología. Doctor en Ciencias Sociales. Doctor en Ciencias de la Educación. Profesor Emérito de la Universidad de Alcalá. Ex Director de la Revista Española de Educación Física y Deportes.

¿QUÉ SERÁ  DE LA EDUCACIÓN FÍSICA CUANDO SE EXTINGAN LAS HOGUERAS?

Para tener enemigos no hace falta declarar una guerra; sólo basta decir lo que se piensa (Martin Luther King).

Cuando parece que los nuevos iconoclastas reavivan las hogueras, cuando los nuevos puritanos amenazan de otra vez con una catarsis definitiva no ofenderé la inteligencia de mis lectores presumiendo una pretendida superioridad moral o justificando el por qué no me identifico con sus fobias o sus ismos. Para eso ya están los izquierdistas y los dogmáticos.

Frecuentemente, el turista poco informado, o sea casi todos, suele indignarse al comprobar que en los grandes bajo-relieves de los templos egipcios, los rostros de los dioses han sido borrados por la piqueta. Después se asombran porque sus autores no fueron los ayatolas musulmanes sino las manos sacrílegas del piadoso clero cristiano que usurpó estos santuarios para la práctica de su práctica liturgia.

Dos mil años después, pocas diferencias pueden encontrarse en la intencionalidad del talibán que dinamitó los budas de Bamiyán o con el neurótico empeño de la gringa obsesionada en prohibir la exhibición de la obra de Balthius porque únicamente es capaz de ver en ellas sucias invitaciones a una pedofilia inmoral y pecaminosa.

Los grandes totalitarismos del s. XX, el fascismo, el nazismo y el comunismo, también coincidieron en su vocación para reprimir el arte y para detestar la religión a la que no dudaron en calificar  como el opio del pueblo. De manera especial esta animadversión se dirigió contra la Iglesia Católica en la que identificaban a su máximo competidor en el control de las gentes. Para ellos, su acción pastoral resultaba tan totalitaria y dogmática como su propia ideología. Sólo así se explica la inquina y crueldad ejercida en la persecución de los religiosos cristianos que caracterizó sus revoluciones como muy bien recuerdan  aquellos españoles que han logrado superar los efectos de la LOGSE o que, de manera contumaz, ignoran la Ley de Memoria Histórica ahora calificada de “democrática” por la ínclita alcalde de Barcelona.

Algunos pensadores poco sospechosos, como Oriana Falacci, se preguntaban ¿por qué esa enfermiza fijación de la nueva inquisición laica contra el cristianismo y no contra el islamismo? Esta estrategia solo es comprensible si el fin que se pretende consiste en despojar a una población, en este caso a la occidental y en especial, a la europea,  de aquellos valores en que tradicionalmente apoya su propia identidad. Esta estrategia pretende la sustitución de esos valores, el humanismo y la familia, por los de una nueva religión laicista que sustituya la vieja moral por la nueva ética de lo política, civil y socialmente correcto e indiscutible.

La profética visión de una sociedad medicalizada que denunciaba Focault resulta cada vez más  esclarecedora. En ella, la moral ya no se apoya en la ética o en la elaboración axiológica de la religión sino en el dictamen paramédico impuesto por “lobys” políticos o económicos. Y así, por ejemplo, la homosexualidad, una vez descartada la injerencia diabólica, evolucionará sucesivamente de ser considerada como un pecado nefando a ser tipificada como delito, como desviación en el desarrollo de la personalidad, como legítima opción individual y, por ahora, como condición deseable y pronto envidiable, de la que es lícito alardear e, incluso, ejercer el proselitismo en ámbitos públicos. Mientras tanto, nadie, ni siquiera por curiosidad científica, osará investigar sus causas o comprender su etiología. Pareciera que este aspecto de la conducta humana, una vez ideologizado y politizado, hubiera sido declarado tabú y, como ocurre habitualmente en estos casos, su sola mención conlleva la maldición de los dioses y el castigo de lo humanos.

Para conseguir el control social dentro del nuevo orden planetario propuesto mediante el proceso “globalidad” resulta imprescindible la ruptura del viejo estado-nación que será sustituido, al menos provisionalmente, por los nacionalismos periféricos, por nuevas soberanías excluyentes y supremacistas que, ante su imposible pervivencia aisladas, deberán integrarse en la nueva superestructura a la que cederán mucho más de lo que ahora reclaman como propio a los gobiernos centrales. Y quizá, en breve, antes de lo que algunos piensan, contemplemos como se apostata de la vieja “modernidad” del s. XX, basada en el relativismo y la individualidad, para ser sustituida por el nuevo paradigma de una “progresidad” que oculta la verdadera dirección de su dinámica.

La Modernidad del “todo vale o todo puede valer” fue claramente ilustrada en el famoso experimento en el que un joven blanco, varón y estadounidense preguntaba a distintos encuestado que les parecía, a su juicio, que él afirmara ser una mujer china de 75 años. En el campus universitario de EE.UU., donde se realizó el experimento, nadie puso en duda su afirmación ya que, al parecer, el respeto a la subjetividad del encuestador no solo era razón suficiente para aceptar afirmación sino que, ningún encuestado se consideró legitimado para contradecirla. Esta actitud ahora se denomina “tolerancia”. Seguramente, el mismo experimento, realizado entre una tribu centroafricana hubiera obtenido respuestas más categóricas  y contundentes en el caso de que esos pobres intolerantes tercermundistas hubieran podido contener su hilaridad.

A nadie se le puede escapar la utilidad de este relativismo para subvertir valores tradicionales ni su peligrosidad para la difusión de nuevos códigos axiológicos imprescindibles en una ingeniería social eficaz.

En consecuencia, resulta necesario superar la modernidad para sustituirla por un progresismo en el que “sólo  vale lo que se diga que vale”. Un planteamiento donde quien discrepa no sólo será marginado sino que deberá sufrir una penalización social a menudo con consecuencias punitivas tan rigurosas como expeditivas. Parece que los procedimientos inquisitoriales volverán a ser eficaces porqué el controlador será, también, quién detente el criterio para establecer el juicio. Porque ¿quién o quienes controlan la elección de los nuevos valores? Quién o quienes imponga estas propuestas controlará también el relato, la memoria y así, cambiando el pasado, se condicionará la comprensión del presente y, sobre todo, del futuro.

Acabamos de contemplar como la muerte de un negro a manos, o mejor a piernas, de un policía blanco, ha suscitado en todo el planeta, ¿espontáneamente?, una reacción empática que, sin embargo, ignora las muertes de otros muchos negros perpetradas por negros o de blancos por gentes de color. Y ya en esta lógica, en esta inopia, que menos que vengar, otra vez, las afrentas en las efigies de personajes presuntamente relacionados con la esclavitud de los africanos aunque, como Lincoln, la aboliera en EEUU a costa de una guerra, casi un millón de muertos y de su propia vida. Desde una superioridad moral apoyada en una empatía acrítica y lanar, los recién indignados, ignoran que aquellos esclavos llevados a la América cristiana eran capturados en África por otros negros y mercadeados sobre todo por esclavistas musulmanes que no distinguían entre blancos y negros. Ignoran, o quieren ignorar, que el Islam produjo y utilizó un mayor número de esclavos que Europa como relató Cervantes desde su cautiverio en Argel. Quizá por eso, quienes seguramente nunca leyeron El Quijote, ahora vandalizan su efigie. Como se decía en la España cervantina ¡A moro muerto, gran lanzada!

Como consecuencia de este movimiento purificador un urbanita blanco, de repente, al ver la televisión se descubre aludido y agraviado con efecto retroactivo de manera tan insoportable que se ve obligado a agredir la efigie de personajes cuya vida únicamente conoce como referencia de un cruce de calles en la topografía de su ciudad. Estos nuevos puritanos, como los antiguos calvinistas, castigarán viejos desmanes realizados por sus abuelos a los antepasados de sus conciudadanos por el color de una piel que, en el fondo, siguen despreciando sin preguntarse siquiera por qué misterioso arcano existen tantos indios en México y tan pocos más allá del rio Grande. Los nietos de los agraviados buscarán la revancha de manera vicaria derribando heroicamente estatuas y algunos, guiados por una indignación más práctica, se vengarán de las antiguas y futuras vejaciones asaltando las tiendas de lujo y con la rapiña de grandes almacenes. ¿Porqué los nuevos justicieros no han empezado su holocausto por los pioneros y héroes de la conquista del Oeste? ¿Acaso desconocen quién fue Custer, Búfalo Bill o que ocurrió en la matanza del río Wichita? ¿Nadie va pedir cuentas al Che Guevara, nadie ha leído su diario de la motocicleta? Seguro que no.

Los nuevos vengadores y revisionistas no solo actualizan viejas afrentas a los negros, también las realizadas a los indios lo cual, creen ellos, les asegura la culpabilidad del español y, de alguna manera, la identificación de un chivo expiatorio con el que repartir las culpas del racista, blanco, esclavista, protestante y anglosajón. Seguramente muchos de los que derribaron la estatua de Martínez de Avilés, primer gobernador de La Florida y fundador de San Agustín, ignoran que, cada año, cuando celebran la formación del primer contingente de soldados negros en el fuerte Mosé, están evocando la protección que, desde 1724, España proporcionaba a cuantos esclavos se evadían de las colonias inglesas a cambio de su conversión al cristianismo y cuatro años de servicio a la corona. Uno de ellos, un mandinga procedente de Gambia, cristianado con el nombre de Francisco Menéndez, demostró tal capacidad castrense que llegó a ostentar el grado de capitán y el mando de aquella fortaleza cuya guarnición estaba compuesta enteramente por libertos de color. Tras la guerra de los siete años, en 1763, perdido el territorio, el capitán Menéndez y su tropa pasaron a Cuba para engrosar otro destacamento de negros libres.

En el continente americano se reconoce casi unánimemente la contribución del orate fray Bartolomé de las Casas en defensa de los indios olvidando, al mismo tiempo su dudosa conducta como encomendero durante su estancia Americana. Su rencorosa contribución la orientó a construir la “leyenda negra” española advirtiendo  a toda Europa de que los españoles no dudarían en practicar su canibalismo con ellos de la misma manera que lo hacían habitualmente en América a costa de los indios. El Emperador Carlos, que desde el principio requirió una argumentación filosófica y teológica que justificara la labor evangelizadora de España en América, en Burgos, enfrentó al díscolo fraile a algunos de los miembros de la llamada Escuela de Salamanca, precursores de los postulados que más tarde se conocerán como “derechos humanos”. El clérigo, para evitar la explotación de los indios, no dudo en aconsejar la esclavitud de los negros. Quizá por eso, cuando huye de España, se refugia en Holanda, cuyos puertos disputaban la primacía en el mercado de la carne destinada a América. Allí le publicarían su codicilo que tantos elogian y que tan pocos han leído.

Estos gringos redentores con carácter retroactivo, blancos o negros, desde su inopia prepotente, nunca llegarán a preguntarse por qué se llamaba Gerónimo el líder de unos apaches que no dudaban en dejar bajo la custodia de las misiones franciscanas a sus mujeres y a sus niños cuando iban de caza o a la guerra. Unos apaches que secundaron a la menguada tropa de dragones de cuera durante los ochocientos kilómetros que duró la persecución de castigo a los temibles comanches que, escarmentados tras dar con ellos, nunca más se atrevieron a intentar otra incursión en territorio español.

¿Por qué empiezan por vandalizar la estatua del navegante Colón que nunca se pudo dedicar al tráfico de carne, entre otras cosas porque la reina Isabel se lo prohibió cuando lo intentó, obligándole a devolver a su origen a los indios que trajo en uno de su viajes? ¿Por qué no inician su compulsiva misión con una revisión rigurosa de la historia por orden cronológico? ¿Por qué esa discriminación de Alejandro, de Gengis Kan, o de Amenofis? ¿Acaso no merece Julio Cesar un nuevo Idus de marzo con muchos más méritos que  Fray Junípero Serra? Parece que para estos ágrafos, desde su oceánica idiocia, las únicas “misiones” dignas de admiración son las que se relatan en el cine con banda sonora de Ennio Morriconne.

Quizá crean estos revenidos en neo-iconoclastas que cambiando el pasado modifican el futuro y, por esa razón, presionan para que sea prohibida la exhibición de la película “Lo que el viento se llevó”. No se  si cuando la plataforma HBO transigió con esta pretensión era consciente de cuantas otras más, por idénticas razones, deberá de excluir de su catálogo, incluyendo los films de indios o los de romanos.

¿Cuantos Budas o cuantos rostros de Isis serán destruidos, de nuevo, por los nuevos “braguetones”, cuantos libros quemados, cuantas opiniones censuradas o cuantas ideas quedan por reprobar?

Cuando la ética se contrapone a la estética se empieza a penalizar la apariencia y a calificar el arte de burgués, degenerado o blasfemo. Se condenará al ostracismo, cuando menos, al artista desobediente, la discrepancia será perseguida con inquina y acallada cualquier desviación de la propuesta totalitaria. Quizá por eso, parafraseando a Max DecBrück, el padre de la Biología Molecular, Margarita Salas afirmaba, yo creo que erróneamente, que “si uno no puede ser artista, lo mejor que puede hacer es ser científico”.

Antes o después, este totalitarismo se auxiliará de un autoritarismo tan represivo como requiera la implantación de la nueva estructura social y la educación de un “hombre nuevo” modelado con criterios muy concretos. En la implantación de la “progresidad”, parece que dos fuerzas aparentemente antagónicas coinciden en la misma pretensión de imponer la globalización. Una, a través de un imperialismo de Estado que requiere la sustitución del estado-nación por el estado-partido y, la otra, mediante la construcción de estructuras supranacionales que absorban la mayor carga de soberanía de las viejas naciones y se controlen por discretos  núcleos de poder financiero.

Ambas fórmulas, la que pretende el comunismo neolenilista y la que urde un gobierno financiero multinacional y especulativo, necesitan de procesos muy semejantes aunque se disfracen con una apariencia distinta. Ambos movimientos, para lograr sus objetivos, requieren, como requisito imprescindible, el control de las masas. La izquierda pretendidamente “progresista”, pese a sus alardes, hace tiempo que renunció a la toma del Palacio de Invierno. El chavista Iglesias Turrión, siguiendo las enseñanzas de Hitler, prefiere “asaltar el cielo” mediante procedimientos aparentemente democráticos. El comunismo, tras la caída del Muro de Berlín se ha visto obligada a sustituir la lucha de clases por la de las minorías marginales o por la de colectivos discriminados que ahora reclaman la revancha y el desagravio de viejas o imaginadas afrentas mediante la imposición, a la mayoría, de discriminaciones “positivas” de los ciudadanos buenos  sobre los malos y, por tanto, justamente diferenciados ante la ley.

A pesar de sus fervorosos alardes de un izquierdismo decimonónico, esta neoizquierda también abandonó hace tiempo la utopía igualitaria por el nuevo fin de una globalización que no se limita a una extensión del libre comercio sino que apoya un proceso de control de la población del primer mundo. Para conseguirlo se ha de despojar a sus sociedades de las viejas identidades nacionales, debilitar elementos básicos de su estructura social como la familia, que sabedores de que constituye el último reducto en defensa de la libertad, no dudan en calificar de hetero-patriarcal o machista. También requiere este proyecto, desmontar las estructuras del estado-nación y anular el control de sus fronteras. Los migrantes, (¿por qué razón se prescinde del prefijo direccional “e” o in”?), se convierten en colectivos legítimamente desplazados de los que no importa su origen o su destino porque, en la globalidad, únicamente importa la libre circulación que justifican con imposibles utopías de interculturalidad y con la promesa de pretendidos derechos, subvenciones y servicios gratuitos a cargo de una fiscalidad que pagarán los contribuyentes de unos estados del bienestar cada vez más caros y peor gestionados.

Finalmente, podría parecer que todo esto no pretende otra cosa que una mano de obra barata y sumisa, un consumidor disciplinado e incontinente o un futuro votante fiel y agradecido. Si así fuere, las plutocracias financieras y multinacionales se dotarán de un “gran hermano” que tutele cuerpos y almas, que realice el trabajo sucio, más propio de un capitalismo añejo, y asegure las plusvalías del libre comercio más allá de cualquier norma que condicione sus apetencias insaciables. En esta estructura puede resultar paradójico el papel reservado a la izquierda como compañera de viaje, tonto útil y administradora de intereses espurios e inconfesables.

. Progresidad y Educación

Hegel aconsejaba: “Deja al populacho creerse libre y lo tendrás en tus manos”. Para conseguir este fin y la necesaria colaboración de los nuevos ciudadanos se requiere el control y la adecuación de estructuras sociales tan fundamentales como son las pedagógicas o las de información, desde los medios de comunicación a la escuela.

El progresismo ya inició su labor intoxicadora de la enseñanza con el mito de la comprensión que desdeñaba, cuando no abominaba, de una memoria a la que negaba su papel en la inteligencia y en los procesos de aprendizaje. La pobreza mnesica favorecía la aceptación acrítica de cualquier propuesta de relato y, como consecuencia, la imposición de una determinada perspectiva o interpretación manipulada, incompleta, simplista, no más compleja que una jaculatoria y capaz de contenerse en ciento cuarenta y nueve caracteres.

Pero, como afirmara Gregorio Marañón, “el número puede crear la autoridad pero no la competencia” y una de las formas de conseguir la primera y la apariencia de la segunda, como demostró Foucault, se perpetra mediante el control las mentes, de la información y de las conciencias a través de la educación. El “hombre nuevo” no nace sino que se hace.

Si B. Russell acertaba cuando afirmaba que “lo que los hombres realmente quieren no es el conocimiento sino la certidumbre”, esa educación debería ajustarse a unas condiciones y a unos objetivos muy concretos. Actualmente, al menos desde mi paranoia, creo que el proyecto va depurando algunos de sus fundamentos más importantes. Se empieza a sustituir la ciencia por la ideología y, como consecuencia, la educación por el adoctrinamiento y la instrucción por el dogma. El “nuevo hombre/a”, que dirían algunas, prioriza, como criterio de conducta y como explicación del mundo, la emoción sobre la razón. Basa su relación social en la empatía, la simpatía o la antipatía, sugerida por los nuevos dogmas de lo políticamente correcto, el calor del rebaño y la seguridad que el gregarismo proporciona.

En este paisaje ¿cual será el papel que se reserva a la Educación Física en el futuro proyecto que educará al nuevo hombre y a la nueva sociedad? La mayoría de sus didactas, seguramente conscientes del indisimulable fracaso que ha supuesto su docencia durante los últimos cien años, han optado por un proceso regresivo que les renueven los dudosos elogios iniciales.

Los fines de la vieja Gimnástica Higiénica integrante de la propuesta de la Higiene decimonónica y los de los Ejercicios Corporales con los que se integra la educación física en el curriculum escolar, aparecen, otra vez, como objetivos indiscutibles, como una coartada eficaz a condición de que se disfracen tras el moderno término de “salud”. La instrucción deportiva, sin embargo, la otra base  de esta disciplina, pese a las múltiples propuestas voluntaristas, sigue sin ser sometida a una revisión rigurosa y coherente, continua identificada con el modelo del deporte espectáculo o con la funambulia a que se refería el conde de Villalobos.

Todo parece encajar con el mal interpretado verso de Juvenal: “mens sano in corpore sano”. Los posibles peligros de la práctica deportiva serán compensados sobradamente por sus efectos benéficos y salutíferos. La Gimnasia, aunque continúe siendo dudosamente eficaz para la consecución de la salud, se justifica parapetándola tras otros valores tan contradictorios con el erróneo modelo dualista de Descartes como indemostrables en sus efectos.

Sabedores de sus limitaciones, aducen nuevos beneficios de orden moral, social y, en algunos países, patrióticos. Igual que en el s. XIX, se atribuye a la Gimnasia la misión de transmitir unos valores siempre sugeridos por el poder, que pese a los postulados constitucionales, con criterios incuestionables impone cual ha de ser la comprensión que de su cuerpo realicen los alumnos.  Quien conoce la inacabable polémica axiológica sabe que cuanta mayor vocación totalitaria posee una sociedad, más rígida es su imposición de valores.

Finalizando el s. XIX, Pedro de Alcántara García Navarro dividía la ciencia de la Educación Física en tres disciplinas, todas ellas relacionadas con la salud: la Medicina para curar la enfermedad, la Higiene que prevé su aparición y la Exagogía que proporciona las capacidades necesarias para conseguirla o para mantenerla. Actualmente el concepto de salud, ha evolucionado desde su comprensión exclusivamente somática inicial hasta una más global que, según la OMS, abarcaría la totalidad de las dimensiones  de un hombre concebido desde un modelo antropológico unitario. Sin embargo, los programas de Educación Física o los criterios para la formación inicial del profesorado apenas inciden en otra dimensión que no sea la orgánica y aún así con demasiada superficialidad. Los objetivos axiológicos se abordan desde un voluntarismo ineficaz y el excesivo seguidismo que requieren la indiscutible aceptación de unas normas emanadas de la autoridad educativa.

Por tanto, no puede afirmarse que el actual planteamiento de la Educación Física, suponiendo que con los medios y tiempo disponible para su docencia pudiera ser eficaz, responda al modelo decimonónico de salud y tampoco al actual modelo unitario, globalista y holístico. Más parece una nueva propuesta voluntarista que justifique la reivindicación de una trascendencia y de un prestigio nunca reconocido en el universo educativo. Quizá por eso, la actual Ministra de Educación, para atender las necesidades de distancia social de los alumnos que requiere la prevención del Covid-19, no haya dudado en proponer transformar los gimnasios en nuevas aulas destinadas a cualquier otra actividad escolar distinta del ejercicio físico.

Posiblemente la situación y el papel que el futuro progresista reserva a la Educación Física se fundamente en dos circunstancias que pueden resaltar, aún más, su inutilidad en el nuevo proyecto educativo. De una parte su carencia de identidad y por otro, su actual condición epistemológicamente contradictoria.

. Sobre la identidad de la Educación Física

Si su identidad se fundamenta en su objeto de conocimiento, la Educación Física actual mantendría intacta la antigua esquizofrenia, entre “Jimnástica” y Funambulia,  que la dificulta  para reclamar funciones específicas tanto profesionales como científicas. Para muchos, ni siquiera reunirá los requisitos necesarios para ser considerada como una ciencia mientras no discrimine de manera diferenciadora sus contenidos propios. No solo es necesario conocer cual es el objeto de estudio y de conocimiento de la Educación Física sino, también, distinguir epistemológicamente entre educación física y deporte, entre gimnástica y funambulia.

Que el empleo del juego y la destreza deportiva pueda convertirse en un instrumento eficaz para conseguir los fines de la Educación Física nunca debe suponer su identificación con esas prácticas. Quizá si se conservara el término Gimnasia entendida como el medio más idóneo para conseguir los fines de la Educación Física, esta confusión no se produciría. Pero ya desde finales del s. XIX la colonización del deporte, pese a las advertencias de los viejos gimnasiarcas, se produce de manera  casi total, invirtiendo los papeles y situando al servicio del deporte no solo a la educación física sino, también, incluso, a la misma colectividad profesional, a los titulados y a sus centros de formación. En la última reforma universitaria implantada en España, gran parte del profesorado universitario intentó aprovechar el momento de cambio para rebautizar los centros de formación como Facultades de Deportes.

. Sobre el carácter contradictorio de la Educación Física

La segunda característica, su condición contradictoria, la excluye del discurso educativo en vigor aunque esta situación se ignore y disimule de manera constante.

Cuando el paradigma de la inclusión se convierte en dogma y condición de transversalidad e interdisciplinariedad, la Educación Física y en especial la instrucción deportiva sigue practicándose sobre modelos basados en la segregación y la discriminación. ¿Cómo se concilia la inclusión escolar con la práctica deportiva donde existen disciplinas excluyentes para uno u otro sexo? ¿Cómo se justifica la selección de talentos y el entrenamiento de las élites en aras de una mayor competitividad y la consecución del record? ¿Por qué no se produce la exigencia de la absoluta inclusión en el deporte y sí en la escuela? Lo que muestra la película “Campeones” sin duda significó una dulce tranquilidad para las almas sensibles y un buen argumento para los discursos de las aspirantes a Mis. Pero lo que muestra el film no es otra cosa que una segregación deportiva edulcorada tras la apariencia de inofensivo humor como consecuencia de unas “capacidades diferentes” que ningún padre desea para sus hijos.

Epistemológicamente, la naturaleza contradictoria de la Educación Física afecta a diversos aspectos fundamentales aunque aquí solo destaquemos cuatro:

– La colonización deportiva que sufre

– Los objetivos que determinan su enseñanza

– La inconcreción de sus fines no definen si ha de poseer un carácter informativo o formativo

– El tratamiento que de los valores por los que se la instrumentaliza

– La colonización deportiva

El deporte quizá sea ahora mismo el único ámbito segregado, no inclusivo, y por tanto, contradictorio con los valores dominantes para el nuevo proyecto educativo. Este formato muy posiblemente resulte muy eficaz pero reconozcamos su extravagancia y asumamos las consecuencias de tal incoherencia.

– Los objetivos que determinan su enseñanza

Los didácticos clásicos organizaban la enseñanza en función de tres grandes objetivos: la enseñanza de conocimientos, la instrucción de procedimientos y la transmisión de valores. La nueva ordenación académica, con otras palabras y no reconociendo la competencia motriz, plantea objetivos muy semejantes.

Ninguno de estos objetivos asegura que la Educación Física sea una materia imprescindible en el curriculum escolar. Los conocimientos, generalmente son de dudosa importancia para la vida adulta. Conocer las medidas de la cancha de baloncesto no contribuye de manera definitiva a potenciar la capacidad adaptativa del alumno. Tampoco lo es dominar la técnica del baloncesto o los distintos procedimientos para realizar un lanzamiento a canasta. Mucho menos será imprescindible la Educación Física por su papel en la transmisión de valores pues, de este objetivo, se hace responsable la totalidad del profesorado.

Sin embargo, ya sea por la ignorancia del didacta o por la insuficiente identidad que sufre la Educación Física, sigue ignorándose la propuesta de Pedro de Alcántara que encomendaba a la Exagogía la adquisición y el desarrollo de estas capacidades, aptitudes y estructura que son las únicas que permanecen, de manera exclusiva, en el dominio y competencia de la Educación Física haciéndola imprescindible y, en ciertas etapas, decisiva.

La moderna acepción del término salud incluye atender a cuantas dimensiones componen el modelo antropológico unitario: física, psíquica y social. Sin embargo, los índices de los textos de Educación Física, una vez superada la introducción, solo se ocupan de algunos aspectos orgánicos como pueden ser el sistema cardiovascular, el rendimiento muscular y, aun así, de manera tan genérica e inespecífica que solo aspira a los mismos objetivos higiénicos que fueron planteados en el s. XIX con menos ínfulas y menor desparpajo.

– La inconcreción de sus fines

Finalmente, ante la ineficacia de su acción, que aunque se realizara una práctica suficientemente temporalizada tampoco sería capaz de controlar sus efectos, surge el dilema que tan persistentemente se ha intentado ignorar a fin de no enfrentarse con una incómoda carencia de identidad. La huída hacia adelante con la que la Educación Física pretende ocultar su reflejo en el espejo de la realidad sólo la ha servido para estancarse en un dilema de difícil asunción para su identidad y para evidenciar sus contradicciones.

En este dilema parece surgir dos opciones para la asignatura de Educación Física. Se pretende justificar su aportación al proyecto docente por su valor informativo (contenidos y valores) o por su capacidad formativa (aptitudes y valores).

El profesorado más acrítico y más sumiso aceptará gustoso la mezcla de ambas posibilidades. Seguramente ignora que esta cuestión no es novedosa. El abuso del carácter informativo en la docencia de la asignatura generó una Orden ministerial en 1904 por la que se prohibían los libros de texto de Gimnasia al tiempo que declaraba a la asignatura materia eminentemente práctica. A principios de siglo la teorización también constituía una buena excusa para evitar las inclemencias de los patios.

Quienes consideran que la asignatura ha de basarse en una intencionalidad formativa deberá elegir, a su vez, cuales son las capacidades que han de desarrollarse en el alumno para contribuir a su formación integral (que dicen algunos todavía). En esta orientación se distinguen cuatro tipos objetivos: aptitudes físicas, capacidades y estructuras psicomotrices, actitudes  y valores y, finalmente, el aprendizaje de destrezas motrices y habilidades deportivas.

Con independencia de que se comparta el convencimiento de su imposible consecución en las condiciones docentes actuales, una pregunta parece ineludible: ¿cual de los cuatro tipos de objetivos aparece como prioritario o, desde una perspectiva evolutiva, cuales son los objetivos prioritarios en la escuela o en cada periodo escolar?

– El tratamiento de los valores

Actualmente, para muchos parece que la decisión es clara. Ya sea por el convencimiento de la inutilidad que representa el intento de conseguir estos objetivos en la práctica, por la ignorancia del funcionamiento de estos procesos en los que sería necesario intervenir o porque el adiestramiento deportivo propicia mejores ocasiones para su aprendizaje a través de las políticas municipales, servicios de los clubes o propuestas federativas, parece que la elección está decidida y, como ocurrió durante los inicios del s. XX, de nuevo se aduce la conveniencia de utilizar la Educación Física como instrumento transmisor de valores capaces de orientar aquellas actitudes que finalmente determinan las decisiones del Yo y la conducta del futuro ciudadano

Siendo así y volviendo al inicio de esta disertación, parece que finalmente no solo encontramos la relación entre “Progresidad” y Educación Física sino que también podemos intuir cual será, en el futuro, la nueva forma de instrumentalización a que será sometida la Educación Física y su profesorado, como ya ha ocurrido a lo largo de los últimos ciento cincuenta años.

Afirmaba don Miguel de Unamuno que “preguntarle a un hombre por su Yo es como preguntarle por su cuerpo”. El yo es el elemento de la personalidad que desde el contacto con la realidad, decide la conducta del individuo y su interacción con el medio. Inculcar los valores necesarios para orientar esta conducta, por tanto, será fundamental. Algunos pedagogos, especialmente aquellos que pretendían el control de las masas, muy pronto se percataron de que, para este fin, era más eficaz la experiencia práctica y corporal que los sermones.

Y así, a veces muy gustosamente, la Educación Física ha sido instrumentalizada de tal manera que ya desde el siglo XIX, aun apoyada en un modelo dualista, sus gimnasiarcas colaboraron activamente para dar preferencia a los objetivos cívicos, políticos y patrióticos, anteponiendo su obtención a aquellos de carácter somático o psicomotriz que podrían parecer más propios de esta disciplina.

Tras el fracaso de la lucha de clases, la educación física ya no parece tan necesaria para robustecer a los revolucionarios. Y si el atleta ya no es un soldado con pantalón corto, que diría Hitler, deberán ser revisados o sustituidos los criterios de su conducta. El nuevo “hombre nuevo” ha de disponer de un constructo axiológico, de unos valores, que garanticen el comportamiento políticamente correcto que requiere la “progresidad”.

Cada una de las fuerzas intenta difundir a través de los medios de comunicación, propaganda y agitación unos valores que a menudo, aparentemente, se diferencian sólo por matices muy sutiles. Serán los docentes de Educación Física quienes deban asumir, difundir e inculcar entre sus alumnos estos valores. El profesor de Educación Física ha de decidir que tratamiento metodológico ha de proporciona a los nuevos valores y a las exigencias que estos puedan generar. Deberá decidir como adecuar su enseñanza a los nuevos objetivos y a las demandas de los alumnos.

Citemos algunos de los valores que, muy probablemente, serán reclamados por los alumnos o impuestos por las autoridades académicas en el futuro:

. Búsqueda de identidades: La sustitución de la lucha de clases por la pugna entre minorías requiere que estas se auto-identifiquen como colectivos marginales, marginados o agraviados. Su redención o revancha se considera un banderín de enganche eficaz para el encuadramiento de las antiguas masas, ahora llamadas “gente”, y frente a las castas, antes tildadas de oligarquías burguesas y fascistas.

El cuerpo, sin duda, puede ser fuente de diferencia, de marginación y de agravio pero, en todo caso, es un producto socio-cultural que cada individuo tiene derecho a configurar y asignar significados variables anatómicamente, morfológicamente, estéticamente o, incluso, sexualmente, sustituyendo el determinante sexo por el de un género que no sólo puede ser masculino y femenino sino de cualquier otra configuración que la imaginación de su dueño pueda pretender. Ya no existe el género, advertiría en un arrebato la pensadora Paz Padilla, “salvando” así a la humanidad de su estulticia.

El gimnasio parece una buena palestra para la vivencia de ese cuerpo por parte del niño y esa labor tutorial de su descubrimiento será asignada al profesor de Educación Física quién deberá eliminar de su metodología cualquier aspecto que dificulte su formación o que condicione su “libre autodeterminación de género”.

. Código de valores rígido, compartido e indiscutible: La dictadura de lo políticamente correcto será cada vez más opresiva y omnipresente en cualquier ámbito de la actividad social. La intromisión de la sociedad y del Estado en la vida privada del ciudadano seguramente será cada vez más agobiante y el “miedo a la libertad”, a que se refería  Erich Fromm facilitará la aparición de una policía de visillo y de voluntariosos controladores de la “vida de los otros”.

Por ejemplo, cuando apareció Internet muchos temieron las posibilidades del invento mientras que otros celebraron su carácter de espacio de comunicación y difusión de ideas libre de controles. Actualmente, las redes sociales utilizan, cada vez con mayor profusión y eficacia, mecanismos censores basados en algoritmos que se estructuran sobre criterios arbitrarios y, sobre todo, no democráticos. Esos criterios, coincidentes con valores nunca elegidos por el individuo, anularán la presencia del disidente.

Y como no podría ser de otra manera, estos valores que serán coincidentes, no serán gestionados por el docente y, a pesar del mandamiento constitucional, se pretenderá evitar que sean los padres quienes ejerzan la educación moral de las criaturas porque, como afirmó con rotundidad la Ministra de Educación, “los niños no son de los padres”.

. Rechazo de la discrepancia: Cuando la izquierda progresista empieza a desconfiar de la conveniencia de la discrepancia suele ser porque o ha asumido el poder o creé estar a punto de lograrlo mediante una ingeniería social que le garantice el control de las masas. Uno de los rasgos más característico de la “Modernidad” era precisamente la discrepancia del individuo que pretendía afrontar la era de Acuario con fórmulas inéditas libremente elegidas y personalmente ideadas, “viviendo y dejando vivir” e, incluso, “haciendo el amor y no la guerra”. La “Progresidad”, sin embargo, culpabilizará la aparición de conductas, ideas y valores que, sobre todo, sean ajenos a ella misma y, especialmente, si se apoyan en aquellos códigos axológicos que, tras calificarlos de reaccionarios, pretende subvertir y anular.

. Tolerancia: Parapetada tras el eufemismo de una virtuosa tolerancia, la progresía pretende la exclusiva aceptación de sus propuestas y la devaluación del “respeto”. Sin embargo, no existe razón alguna para ser “tolerante” con aquello que es lícito y tampoco para “tolerar” lo que es ilegal porque, como asevera uno de los principios del Derecho: a nadie ofende quién hace uso de su derecho.

Sin embargo es habitual que el “progre” no respete aquello de lo que no participa. Su pertinaz vocación proselitista y su pretendida superioridad moral sitúa su punto de partida en un adanismo desde el que no se toleran interpretaciones distintas de la historia ni se respeta la disidencia o las ideas ajenas a las suyas.

. Nacionalismo: El empeño por sustituir el estado-nación aconseja potenciar cuantos otros nacionalismos pueden fragmentarlo. Para conseguirlo se fomentará el aldeanismo, los hechos diferenciales, la aparición de minorías indignadas por agravios seculares, sentimientos y afectos neurotizados al tiempo que se dejan percibir ventajas y privilegios sólo merecidos por su condición de “pueblo elegido”. Aprovechando la mezquindad de quienes aconsejan tirar al pilón al forastero para impedir su competencia en el baile y la vileza de quienes sabedores de su mediocridad pretenden ventajas sobre el foráneo alegando méritos peculiares y de nacimiento, fomentarán la diferencia por el lenguaje, la religión o la raza y, si esta no fuera posible, por el ADN.

Se está produciendo una paradoja al intentar llegar a la globalidad o al imperialismo proletario, (perdón, progresista), a través del fomento del nacionalismo y, en ese proyecto, el docente de Educación Física deberá afanarse en difundir cuanto contribuya  a ese fin: juegos regionales, bailes étnicos de la zona y, seguramente desde otra estética y otra significación, los mismos valores cívicos y patrióticos que se exigían a sus colegas del s. XIX.

. Derecho a la auto-determinación sexual: En la Biblia, Yavhe exigía a su pueblo elegido que se multiplicara hasta llegar a ser más numeroso que las estrellas del cielo y las arenas del desierto. Por esa razón, la protección de la familia llegaba al punto de obligar al hermano del difunto a casarse con la viuda asignando la paternidad de sus hijos al muerto. No importaban demasiado otros aspectos de la sexualidad de los judíos o, en todo caso, no son estos los pasajes más populares de las Sagradas Escrituras. La fortaleza de la sociedad dependía, en primer lugar, del número de sus miembros a los que nunca permitía el libre albedrío en tan trascendente aspecto.

La “Progresidad” parece rechazar el refugio que la familia representa para el individuo. Prefiere su subordinación al Estado mediante políticas sociales y de dependencia. Prefiere que el individuo dependa de la sociedad o, mejor, de quienes detentan su representación: primero el Estado y después el Partido. Cualquier medida que socave la fortaleza de la familia es apoyada antes que fortalecer  su estructura. Se favorecerá, por ejemplo, la  emigración antes que el fomento de la natalidad entre los nativos, se preverán presupuestos y se distribuirán subvenciones para la adaptación del emigrante ilegal antes que otorgársela a los jóvenes para facilitar su autonomía y la formación de una familia.

El invierno demográfico servirá para diluir las identidades ancestrales de la sociedad occidental mediante su relevo por nuevos colectivos “migrantes” que se pretenden como una futura mano de obra más barata y, sobre todo, más dócil.

. Elogio de lo público  frente a lo privado: La eliminación de la individualidad tras el trampantojo de una libertad de consumo y un conformismo reconfortante y tranquilizador facilitará un “nuevo hombre nuevo” que añorará un Estado capaz de garantizarle un “bienestar” despreocupado y perdurable. Un Estado protector y garantista que elimine la inseguridad precaria del ámbito privado.

En consecuencia, uno de los valores que con mayor fruición se va ha difundir es la prevalencia de lo público sobre lo privado aun a costa de la injerencia del poder en la vida privada de los ciudadanos. Advertía Sant-Just a Robespierre, antes de que quizá por eso le mandara a la guillotina, de la inconveniencia de atentar contra la intimidad de los ciudadanos pues esa era su libertad.

A muchos de los que hoy se reclaman herederos de la Revolución Francesa, con una legitimidad auto-atribuida, les encanta oler braguetas, husmear mentes, adivinar intenciones antisociales y, sobre todo, impartir normas de conducta con las que juzgar comportamientos exclusivos de la intimidad del ciudadano. No pierden ocasión para difundir homilías moralistas que nos guíen en nuestra conducta privada, en nuestras relaciones íntimas o domésticas convencidos que una votación democrática no supone solo la cesión de representación política sino que también incluye el derecho a su fagocitación como persona.

Pronto la pugna entre público y privado se modificará en una nueva ecuación que enfrentará lo privado a lo estatal. Entonces ya no tendrá objeto alegar la libertad de educación o de elección de centro porque todos los niños disfrutarán del mejor modelo de educación, es decir, del único.

. Cuerpo hedonista: Desde el s. XIX, el fin principal de la Educación Física era el robustecimiento del joven lo cual incluía dotarle de fuerza y vigor muscular, de virtudes morales y de valores cívicos y patrióticos. El cuerpo merecía ser disciplinado, según unos, porque era uno de los enemigos del alma y, según otros, porque el rigor aplicado al cuerpo trascendía a la sociedad y facilitaba su regeneración biológica y moral. Esas razones indujeron a la Iglesia y al Estado a fomentar la actividad física y la deportiva en la sociedad de principios del s. XX.

No se ha definido suficientemente el significado del cuerpo hedonista pero si parece clara su aparición y difusión entre una sociedad que pretende situar su presencia vital en un estado ambiguo que evite, disimule o ignore tanto la ingrata etapa de la niñez como el desagradable fin de una existencia aparentemente más feliz. Parecería más importante durar que vivir. A la contradictoria pugna entre hedonismo y duración, placer y salud, se propondrán múltiples soluciones que, a menudo, condicionan la forma de vivir el cuerpo mediante soluciones, a veces, tan neuróticas como insalubres.

Se trata, en definitiva, de fundamentar la auto-percepción en sentimientos antes que en contenidos, de relacionarse el individuo con su corporalidad de manera emocional, anteponiendo las sensaciones placenteras de todo tipo y ejecutando conductas autotélicas de recompensa inmediata porque, como afirma diariamente la publicidad, “tu lo vales”.

. Belleza democrática: El bienestar progresista traslada a cada individuo la decisión de adecuar, su figura a un modelo elegido o sugerido. Como reprochaba el padre de Matilda a su maestra, empeñada fomentar la lectura, es más importante la apariencia que la ciencia. La modificación morfológica, la reconstrucción neumática y el abuso de la silicona actualmente posible mediante la intervención médica, siempre la justifican las “influencer” como un eficaz medio para “sentirte mejor contigo misma”.

El libertino Casanova decidió modificar su nombre por el de señor de Salignac como muestra del absoluto dominio y posesión que un hombre debe ejercer sobre sí mismo. Esta libre disposición del individuo sobre su más íntima identidad ahora puede ejercerse, más allá de afeites y cosmética, recomponiendo artificialmente su apariencia y morfología y ajustándolas a criterios o cánones estéticos casi siempre sugeridos desde ámbitos ajenos a la propia idiosincrasia del individuo.

Muy posiblemente, cuanto mayor sea la presión por uniformar, por globalizar, aboliendo las diferencias, más acentuada será la pulsión del individuo por conseguir una individualidad que le auto-identifique como ser irrepetible y único al tiempo que le proporcione la seguridad gregaria de no parecer diferente. Esta pulsión favorece la paradoja propia del adolescente empeñado en ser original imitando a los demás, aceptando compulsivamente modas efímeras o desarrollando comportamientos rigurosamente uniformes.

. Feminismo-Machismo: Entre la lucha de identidades que con mayor entusiasmo ha propuesto la progresía está la lucha entre feminismo y machismo. Poco importa los cambios sociales y económicos que ha generado la historia o las causas de la división de roles que para asegurar su supervivencia ha determinado la sociedad a lo largo de los siglos. El juego es sencillo. Búsquese en el baúl de la historia lo que hoy, con electrodomésticos, control de la fecundidad, desarrollo de la sanidad y una expectativa de vida tres veces superior, por ejemplo, serían agravios y discriminaciones hacia la hembra. Actualícese el ultraje hasta que la mujer del s. XXI, indignada, reclame la revancha contra el machismo heteropatriarcal que tan alegremente marchaba a la guerra para morir en defensa de las hembras sojuzgadas que en la seguridad de la retaguardia esperaban su vuelta y la continuidad del agravio, y también, de quienes aún hoy, agazapados en las noches oscuras conspiran en cuevas ignotas para mantener activo su despótico privilegio y, así, como afirmó en sede parlamentaria la actual Ministra de Igualdad, de la que nadie se explica como llegó a ser  de supermercado, “la mitad de la humanidad viva de la otra mitad”.

Un bachiller medianamente estudiado evidencia el error taxonómico que se desliza en la formulación de la pugna. El antónimo de feminismo es masculinidad y, el de machismo, hembrismo. No parece muy ecuánime la formulación de la hipótesis confundiendo sexo con género, persiguiendo un “animus”  vejatorio hacia el varón, a no ser que este provenga de hembras supremacistas. Espero que alguna de las pocas colegas que se arriesgaron, libre de gastos, a “ligar” conmigo cuando éramos compañeros de estudio me devuelva, “a escote”, la mitad de los gastos que me supuso disfrutar de su compañía, más que nada, por no sentirme como un machirulo que alguna vez se afirmó en su injusto estatus  a costa suya.

¿Deberá el docente fomentar el feminismo en mayor medida que la masculinidad o, por el contrario, deberá prescindir de cuantas experiencias  puedan constituir un peligro para esta diferencia? ¿Sería conveniente la educación de un cuerpo asexuado que anule los inadmisibles caprichos de la madre naturaleza? ¿Sería admisible una educación en igualdad donde el alumno fuera considerado, ante todo, persona y donde la atención personalizada no signifique hacer de cada uno de ellos un clon ajustado al modelo del “nuevo hombre nuevo”?

. Nuevos héroes apátridas: Los medios de comunicación y las redes sociales están favoreciendo la aparición de nuevos modelos sociales de vigencia casi universal. También en el ámbito deportivo la globalización parece que ha descargado a sus ídolos de la responsabilidad patriótica de otros tiempos. Quizá, a excepción del fútbol, esta tendencia sea cada vez más acusada. La inmediatez del espectáculo deportivo y su acceso generalizado propicia identificaciones más allá de las fronteras nacionales. He visto a niños con la camiseta del Barça o del Real Madrid, por ejemplo, en las montañas de Bután, en el altiplano peruano o en los páramos de la Patagonia. Encontré incondicionales seguidores de futbolistas europeos entre los monjes budistas de Birmania o de Nepal.

Acabados los Juegos Olímpicos y alguna otra manifestación, estos nuevos héroes ya no representan a su país, únicamente se representan a sí mismos acumulando la gloría conseguida en sus “webs” publicadas en un territorio imaginario sin fronteras ni caducidad temporal.

En la competición ya no se disputa una victoria momentánea y efímera. El deportista arriesgará y condicionará su futuro. Del aprovechamiento de unos resultados deportivos dependerá en gran parte sus oportunidades vitales futuras, ser “ganador o perdedor”, según la infame terminología de los gringos.

Ante esta perspectiva ¿quién será capaz de conformarse con una derrota por causa de una lesión imprevisible o por la interpretación arbitral de unas reglas? Ante tan desproporcionadas consecuencias ¿hasta que punto será lícito forzar la legalidad del juego? ¿Cómo se justifica la decisión de no respetar las reglas cuando así puede alcanzarse la victoria? ¿Cómo neutralizará el docente la confrontación entre estos valores contradictorios o como conciliará, en su práctica docente, dos modelos irreconciliables?

. Ecologismo: Quien conoce el actual estado del mar de Arál, ha visitado las ruinas de los valles industrializados en el norte de Armenia o recuerda Chernobil sabe hasta que punto fue capaz de atentar contra la ecología la coartada comunista. Para muchos, la Unión Soviética perpetró los mayores atentados contra la naturaleza aunque ahora no convenga recordarlo. Al parecer, no se trata de aprender del pasado sino de asustar al ciudadano con un futuro apocalíptico que justifique cualquier imposición y limite su conducta.

La nueva interpretación de la historia desde el estudio de la arqueología climática empieza a desvelar la importancia que para el devenir de las naciones han supuestos los distintos cambios climáticos que tercamente se han sucedido en el planeta a lo largo de los siglos, incluso antes de la aparición del hombre. Los restos hallados en el Cerro de los Batallones, en Madrid, describen un paisaje mesetario donde pastaban rinocerontes, jirafas y elefantes. Como consecuencia de la llamada “pequeña edad de hielo”, que duró desde el s. XVI hasta el s. XIX, España proclamó a la Inmaculada Concepción como su santa patrona.

El apocalipsis con que se amenaza ahora, el calentamiento global, por alguna razón mudó su enunciación por la de “cambio climático” que aún parece más peligrosa. Las causas nunca se atribuyen a la actividad solar, motivo principal para muchos científicos, sino a la acción del hombre. Claro que el Sol no puede controlarse, la actividad humana sí y, además, conviene a muchos.

Los valores que se difunden para apoyar esta visión catastrófica proponen perspectivas inéditas para la comprensión del hombre. El fomento de la mascota reconocerá a los animales la condición de “miembro de la familia” y los niños y sus bondadosos padres contemplarán con total conformidad la lección de vida que proporciona un Rey León vegetariano. A pocos preocupara el constante etnocidio que se está produciendo en el planeta.

En un futuro inmediato, cada día desaparecerán fórmulas culturales adaptativamente eficaces hasta conseguir que el único rasgo diferenciador entre todos los habitantes del planeta sea la marca del pantalón vaquero que vistan. Tras milenios modificando la genética de las especies vegetales y animales para poder abandonar las cuevas ahora nos asusta el peligro que generan los pedos de las vacas. Desde esta actitud neurótica, el profesor de Educación Física ha de justificar las actividades en la naturaleza. Que pensará cuando se entere de que el tomate, el “pomodoro”, que llegó a Europa era de color amarillo, de que los plátanos canarios solo se reproducen si se les ayuda o que el trigo, en su estado natural, resulta incomestible.

Para muchos la ecología empieza a constituir un nuevo dogma y, para otros, un eficaz medio de control y sumisión del ciudadano.

No se si cuando se apaguen las hogueras y se dé un descanso la catarsis puritana del progresista habrá cambiado algo para mejor o todo habrá empeorado. Pero por ahora, lo que me parece más seguro es que, como advertía la gran historiadora Carmen Iglesias, “cuando los hechos se cambian por opiniones, hay que echar a correr”. Esta afirmación no deberían asumirla los docentes de la Educación Física de manera literal.

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