LA ESTRUCTURA PSICOMOTRIZ: REFLEXIONES SOBRE ALGUNAS NOCIONES BÁSICAS

JOSÉ LUIS PASTOR PRADILLO

Maestro de Enseñanza Primaria, Licenciado en Educación Física, Licenciado en Psicología. Doctor en Ciencias Sociales. Doctor en Ciencias de la Educación. Profesor Emérito de la Universidad de Alcalá. Ex Director de la Revista Española de Educación Física y Deportes.

LA ESTRUCTURA PSICOMOTRIZ: REFLEXIONES SOBRE ALGUNAS NOCIONES BÁSICAS

Dr. José Luis Pastor Pradillo

El comportamiento humano, como forma de respuesta homeostática de carácter adaptativo, se genera en la constante dialéctica que establece el organismo al enfrentarse con el medio y en función de la percepción que realiza de la ecuación (O-M). De esta relación se informa con los datos que recibe, por distintas vías sensoriales, de distinta procedencia: interoceptiva y exteroceptiva. Así, se podría afirmar que la conducta es el resultado final de numerosos procesos, interactuantes entre sí, que se simbolizan desde distintas dimensiones (cognitiva, afectiva, etc.) y que se expresa mediante la motricidad, estableciéndose nexos relacionales y de comunicación de los que, el cuerpo, es el instrumento.

El comportamiento, así entendido, es básicamente una respuesta homeostática y de carácter adaptativo que genera el organismo en su permanente relación dialéctica con el mundo para lo cual, en primer lugar, requiere de una información de la que seleccionará aquellos estímulos necesarios para dinamizar su conducta. Así, el cuerpo utiliza una información diversa que, mediante un proceso complejo, le facilita su carácter plástico como instrumento expresivo, comunicador, transitivo y de relación.

El diseño, la elección y la eficacia de la respuesta sobre la que se construye la conducta, en general, estará condicionada por tres factores principales: la capacidad volitiva (querer hacer), la capacidad cognitiva (saber hacer) y la capacidad de acción (poder hacer). Cada uno de estos tres factores es, a su vez, el resultado de un complejo proceso de desarrollo, de maduración, de adquisición de aptitudes físicas y psicológicas, de asimilación de numerosos aprendizajes y habilidades, etc. La conducta, por tanto, no se considerará sino la expresión de un complejo proceso generado en una estructura psicomotriz donde, finalmente, interviene la totalidad de las dimensiones de la naturaleza humana.

Esta estructura conviene analizarse a fin de desvelar muchas de las causas que originan o condicionan el comportamiento humano considerado globalmente. Pretendemos iniciar este análisis desde la consideración inicial de lo corporal, considerado tanto como elemento indispensable para la ejecución conductual como sujeto y resultado de esta intervención, de tal modo que, como afirmara Víctor E. von Gebsatel, se haga evidente cómo “el cuerpo se forma en anticipación al fin que sirve, asume una forma; una forma para trabajar, para luchar, para sentir, así como una forma para amar”[1].

1. Consideraciones previas

La intervención psicomotriz, considerada desde una perspectiva holística, ha de tener en cuenta que todas las dimensiones del individuo interactúan entre sí e intervienen en el resultado final de una conducta que se concreta como respuesta a un determinado estímulo inicial. Esta respuesta, en la que la intervención tónico-motriz siempre está presente, exige una determinada organización que ordene la intervención de cuantos factores contribuyen a su construcción y ejecución.

Para conocer las claves que determinan esta organización es necesario, previamente, considerar la estructura en la que se imbrican todos sus elementos, donde se establecen las relaciones existentes entre ellos y donde acontecen los procesos que se producen en cada uno de estos elementos. Esta estructura básica, global, holística y de naturaleza psicomotriz, será la que sirva de referente general para, después, ubicar cuantos factores y circunstancias definen las posibilidades de intervención o los objetivos que se propongan. En definitiva, esta estructura psicomotriz expresará el complejo de relaciones que se constituyen para definir la experiencia del organismo frente a su medio. De estas relaciones, y como consecuencia de ellas, se irá constituyendo la personalidad y la afirmación del yo.

En consecuencia, podríamos concluir que el fin más relevante y característico de la intervención desde la motricidad siempre estará estrechamente relacionado con la formación, el desarrollo o el equilibrio del yo. Diversos autores han propuesto otras definiciones que, aunque tampoco abandonan el paradigma psicosomático, a menudo, su formulación no se puede considerar unitaria. Y así, mientras que, por ejemplo, Pierre Vayer, desde su perspectiva psicopedagógica, afirma que la intervención psicomotriz ha de perseguir el fin de “la educación de la integridad del ser a través de su cuerpo”, G. Rossell, la concibe como “la educación del control mental de la expresión motora”. Nosotros preferimos describirla como aquella función que es el resultado y la condición de la relación interactiva del individuo con su medio. Esta función o conjunto de funciones abarca la totalidad de las dimensiones de la naturaleza humana de tal suerte que, entre ellas, se produce una progresiva estructuración que algunos autores, como M. Basquin, describen utilizando un orden temporal que elaboran según esta van apareciendo e incorporando sucesivamente[2]:

– Un registro psicosomático. El más arcaico, en el que se ordenan todas las respuestas orgánicas y, especialmente, aquellas que no admiten otro tipo de expresión constituyendo así lo que algunos denominan “lenguaje del cuerpo”[3].

– Un registro psicomotor. Donde lo más relevante está referido a la forma de representar nuestro cuerpo.

– Un registro verbal. En el que no solo se incluirá el recurso oral, sino también cualquier forma de metalenguaje entre los que figuran el lenguaje corporal y el lenguaje no verbal. El lenguaje con el cuerpo.

Otros autores, sin embargo, conciben la estructura que describe la organización de todas estas funciones desde niveles más fundamentales. No siendo la respuesta o el registro que las clasifica el interés prioritario prefieren incidir en aspectos más básicos y, por tanto, más relacionados con el concepto de la corporeidad o, como prefiere denominar J. Kepner, de la “corporificación”. Dicho de otra manera, prefieren interesarse antes por las consecuencias que produce la relación adaptativa del órgano con su medio que por la acción que la haga posible merced a la actuación del yo.

El “sí mismo” o yo, sería de naturaleza tanto corporal como psíquica, lo cual permitirá afirmar a J. Kepner que “la experiencia del cuerpo es experiencia de sí mismo, igual que el pensamiento, la imaginación y las ideas”[4]. La escuela de la Gestatlt considera que el ser corporal es intrínseco al resultado de la interacción del organismo con su medio, con el mundo, que es el elemento base imprescindible para que el organismo establezca una relación con su entorno, de tal forma que, a través de ella, pueda satisfacer sus necesidades de todo tipo. El sí mismo, el yo, resultado de este complejo relacional no se construye como una estructura estática sino como un proceso dinámico, mutable y plástico, constituido por todo el cúmulo de contactos e interacciones con el entorno que es capaz de integrar la experiencia resultante.

Así pues, la Gestalt, o cualquiera de los demás planteamientos de carácter global y holístico, supera las viejas formulaciones monistas en las que la persona era equivalente al funcionamiento de sus órganos y donde lo psíquico sólo era el producto de ciertos procesos químicos y electroquímicos del cerebro. También supera el dualismo que separaba, de forma absoluta, las dimensiones psíquicas y somáticas otorgando, en consecuencia, a cada uno, un trato diferenciado: verbal, por ejemplo, para la psique y físico para el cuerpo. Ni siquiera servirán las teorías “paralelistas”, donde los dominios psíquicos y corporales, aunque permanecen separados, se conciben tan ligados entre sí que, inevitablemente, cada uno de ellos condiciona al otro.

Para las teorías globales y holísticas ambos dominios, psíquico y somático, pertenecen a la misma totalidad y están ordenados en una sola estructura. Una versión holística parte del principio de que el todo es mayor que, o diferente, de la suma de las partes. Tampoco esta estructura en que se concreta la persona, el yo, será el resultado de una adición de sus partes sino que, en sí misma, ostenta una unidad intrínseca propia y una organización que integra cada una de sus partes de manera particular. Por tanto, un enfoque integrado considerará que cualquier proceso que se produzca en el seno de esta estructura formará parte de un todo más amplio que incluye aspectos psíquicos y corporales.

La visión psicosomática clásica sugiere que un conflicto psíquico, por ejemplo, puede causar síntomas somáticos, y viceversa, una alteración somática puede manifestarse mediante síntomas psíquicos o emocionales. La visión integrada, por el contrario, considera ambos casos como experiencias unitarias del sí mismo o, dicho en términos de Gestalt, del organismo.

Asociado a la visión holística emerge una noción de organización, de orden intersistémico que, en gran parte, orientará la concepción psicomotricista. Enrique Pichon-Rivière sostiene que “el hombre es un ser de necesidades que solo se satisfacen socialmente en relaciones que lo determinan. Nada hay en él que no sea resultante de la interacción entre individuos, grupos y clases (…). Entiendo al hombre –afirmará- como configurándose en una actividad transformadora, en una relación dialéctica mutuamente modificante con el mundo, relación que tiene su motor en la necesidad”[5]. Por tanto, concibe el desarrollo humano como el resultado de las sucesivas transformaciones que permiten al hombre satisfacer sus necesidades a través de un proceso continuo de adaptación al medio.

Myrtha Hebe Chocler expresa muy claramente esta noción mediante su “teoría de los organizadores del desarrollo psicomotor”[6]. En ella identifica cuatro dinamizadores capaces de organizar el desarrollo infantil: el apego, las conductas de exploración, el diálogo tónico y el equilibrio. Sugiere que esta organización se rige por determinados factores estructurados que ordenan, sucesivamente, el proceso que va produciéndose, paulatinamente, a lo largo de la existencia humana. En su modelo concibe al organizador como un elemento ordenador, un promotor, un planificador que posee una especial aptitud para estructurar o reformar un todo, sometiendo a reglas el número, orden, armonía y dependencia de las partes que lo componen[7]. En definitiva, lo que esta autora propone es el concepto de una estructura que va transformándose permanentemente en función y como consecuencia de la interacción con su mundo, de la relación dialéctica entre el organismo y su medio, a el fin de alcanzar la satisfacción de ciertas necesidades o, en otras palabras, de conseguir la más eficaz adaptación.

Otros autores han querido ver distintos niveles en esta organización psicomotriz de tal manera que, a partir y a través del movimiento, integran distintas funciones que proporcionan al individuo una organización cada vez más compleja[8]. Este diferente grado de organización, y la distinta concreción que de su complejidad va realizándose, se produce, en opinión de N. Franc, en sucesivos niveles: el tónico, el sensoriomotriz, el cognitivo y el simbólico. Coincidiendo con H. Wallon, sitúa el inicio de este proceso de desarrollo psicomotor en el nivel tónico, identificando el dialogo tónico como el primer organizador de la persona. Wallon situaba en el tono la base de la emoción y de los afectos y atribuía la causa del “modelado” a las variaciones ambientales, a las producidas en el mismo organismo y a aquellas otras que son consecuencia de la misma actividad generada por el individuo en su relación dialéctica con el medio.

En resumen, sea cual fuere el agente que se elija como causa o principio ordenador de la estructura psicomotriz, cualquiera que sea la descripción que del proceso organizador se realice y con independencia de cómo se conciba su resultado, en todos los casos, cuando se analiza desde una perspectiva holística y global, se concluye un entendimiento de la realidad humana que se ajusta a un modelo estructural que nosotros caracterizamos por su naturaleza psicomotriz.

1.1. Concepto de estructura

El término estructura (del latín structura) puede definirse como aquella manera en que diferentes partes de un conjunto, concreto o abstracto, están dispuestas entre sí, son solidarias y sólo adquieren sentido en relación al conjunto. Es un conjunto ordenado y autónomo de elementos interdependientes cuyas relaciones están reguladas por leyes[9]. Este concepto de estructura, implícitamente, contiene la noción de unidad o conjunto unitario que ha sido descrito de formas diversas, por lo que parece necesario que asumamos un determinado compromiso enunciando el modelo que a nosotros nos parece más exacto. A esta unidad sistémica J. García Carrasco y A. García del Dujo la denominan “cultura psicosomática” y la basan en la idea de “unidad psicosomática”, aceptando el hecho de que el proceso de actividad mental se relaciona con el sistema nervioso central cuyo desarrollo es consecuencia de determinadas experiencias que, en las primeras etapas de la infancia, son de carácter sensoriomotor y somato-emocionales. Para ellos, la unidad fundamental y primaria de la actividad mental se constituirá con la asociación que se establece entre el sentimiento y una acción o símbolo[10].

Aunque en esta descripción, a nosotros, nos parece que se realiza un énfasis excesivo sobre los dominios cognitivos y mentales, sin embargo, no evita la alusión a otros ámbitos que reclaman su integración en una estructura sistémica más amplia y compleja.

1.2. Interpretaciones del concepto de estructura psicomotriz

Parece que dependiendo de cuáles sean los referentes utilizados para entender el diseño de esta estructura o de qué modelo antropológico y psicológico se elija, así deberá adoptarse una distinta perspectiva al interpretar la estructura psicomotriz. También, dependiendo de estas circunstancias, serán diferentes las claves que se utilicen para describir el proceso de organización de esta estructura. Entendemos, por tanto, que todas las versiones, cuando menos, serán complementarias entre sí y todas ellas podrán proporcionar una comprensión más global y unitaria del concepto.

Otra de las circunstancias que caracterizan la naturaleza de esta estructura viene determinada por la misma dinámica del proceso de organización. Desde que se hicieron públicos los trabajos de A. Luria se acepta, de manera general, que este proceso posee un carácter autónomo y autoestructurante. Para este psicólogo ruso el cerebro es un conjunto funcional con capacidad de programación y de autorregulación. Su peculiar estructura le permite crear la información necesaria para su propio mantenimiento funcional y, también, para controlar sus operaciones o modificarlas según cuáles sean las alteraciones que se produzcan en el mundo. Estas cualidades, en opinión de Luria, son posibles gracias a la organización funcional y temporal del sistema nervioso central. El proceso de estructuración que propone le ordena en los siguientes niveles[11]:

– 1º nivel de organización. Corresponde al sector del sistema nervioso que, desde el nacimiento, regula las relaciones del individuo con el medio y que se localiza anatómicamente en el tallo cerebral, la formación reticular y el sistema límbico. Sus funciones se concretan, en todas aquellas funciones relacionadas con los controles tónicos y energéticos, definen el nivel de vigilancia y rigen los mecanismos de alerta, de la memoria y de la emotividad.

– 2º nivel de organización. A través de él se realizan todos los procesos de integración de la información, utilizando los distintos canales sensoriales y analizándola mediante tres funciones principales: la selección y registro de los datos sensoriales, su organización y codificación y, finalmente, la combinación de los diferentes tipos de información para, con ella, construir una representación del mundo y del mismo individuo que le permita, después, emplearla como componente del esquema de comportamiento.

– 3º nivel de organización. Se ocupa de la programación, ejecución y finalización de los comportamientos.

Coincidiendo con Luria, P. Vayer, precisamente desde la perspectiva psicomotriz, afirma que “la construcción de la persona es una autoestructuración a partir de datos preexistentes de origen genético que se actualizan en un contexto de relaciones”[12]. Esta autoconstrucción, según la visión que sustenta la corriente psicopedagógica, necesita que el individuo sea sujeto de su acción la cual, por una parte, es generadora de unas experiencias que entiende como agentes dinamizadores del desarrollo y, por otra, adquiere significado al insertarse en el mundo de la comunicación[13].

En cualquier caso, la concepción de una estructura compleja (motriz, cognitiva y afectiva), también estará perfilada por los propios planteamientos diferenciados que, con respecto a los tres factores constituyentes de la naturaleza de una conducta, mantienen los diversos autores. Así, desde este concepto, podemos distinguir diversas corrientes o interpretaciones si bien, todas ellas poseen, como rasgo común, la consideración e importancia que conceden al estado y al desarrollo del yo corporal. No obstante, aquí sólo destacaremos aquellas cuyas aportaciones al desarrollo y al estudio del yo corporal han sido más enriquecedoras.

a. Enfoque de la Psicología evolutiva

Desde el planteamiento de un proceso de pensamiento-acción, se desarrollan diversas relaciones. Este circuito, pensamiento-acción, definirá sus posibilidades en función del estado de desarrollo de ambos polos que, en todo caso, viene determinado por el grado de maduración del niño. Esta unidad del ser, que integra tanto los aspectos biológicos como los psicológicos, producirá unas formas de actuación que serán potencialmente distintas, según cuál sea el grado alcanzado en el proceso de desarrollo evolutivo.

Piaget, cuando analiza esta cuestión, se sitúa en clara oposición a la línea behaviorista pues sostiene que la conducta, o al menos su diseño, estará condicionada por el proceso de maduración que afecta, sobre todo, al ámbito psíquico. Para describirlo distingue tres estados principales:

– De 0 a 2 años, en que la conducta está regida por un proceso intelectual sensorio-motriz.

– De 2 a 7 años, en que la conducta se procesa mediante una inteligencia preoperativa.

– De 7 a 11/12 años, en que el comportamiento lo entiende como resultado de la implantación de esquemas lógicos y formales.

b. La corriente Conductista

Esta escuela psicológica, aunque considera que la totalidad de la conducta, ya sea de naturaleza voluntaria o refleja, siempre es producto de un aprendizaje, también realiza su análisis considerando la capacidad de diversificación de la expresión conductual que proporciona al individuo las características propias de cada una de las distintas etapas evolutivas. Estos cambios y la posibilidad de diversificación conductual, en gran parte, se corresponderán con las modificaciones sucesivas de la organización biológica.

La conducta, para los behavioristas, se manifiesta a través de cuatro grandes áreas: la motricidad, el lenguaje, el ámbito de la relación personal y social, y la conducta adaptativa.

c. Escuela de la Psicología Genética

Desde esta escuela, Henry Wallon aporta una visión original mediante el análisis de la función del tono en la estructuración psicomotriz. Considera el “dialogo tónico” como el origen de una actividad conductual desde la que es posible estructurar todos los ámbitos de la personalidad del niño. Wallon también plantea este proceso mediante una sucesión de etapas:

– De 0 a 1 año: Estadio de impulsividad motriz.

– De 1 a 3 años: Estadio sensorio motor y perceptivo.

– De 3 a 6 años: Estadio del personalismo.

– De 6 a 11 años: Estadio del pensamiento categorial.

– De 11 años en adelante: Estadio centrípeto.

d. La orientación psicoanalítica

Posiblemente sea Ferenczi quien, incluso en mayor medida que el mismo Sigmund Freud, relaciona los procesos biológicos y los fenómenos psíquicos. Cuando en 1925, como complemento del análisis, diseña su “Terapia activa” a nivel somático, también, en alguna medida, cuestiona la ortodoxia del enfoque intelectualista que, hasta entonces, había caracterizado al Psicoanálisis[14].

Más tarde, diversas corrientes de inspiración psicoanalítica intentarán describir las relaciones existentes entre los procesos mentales y los corporales y, como consecuencia, aquella estructura en la que el yo se erige como sinónimo del “sí mismo”. En la polémica línea que relaciona a S. Freud, W. Reich, A. Lowen o André Lapierre a través de alternativas originales como puedan ser la bioenergética, la vegetoterapia o la psicomotricidad relacional, se ensayan nuevas fórmulas que aplican las viejas teorías freudianas utilizando nuevas interpretaciones y, en especial, la relación existente entre los procesos mentales y corporales.

Alexander Lowen, por ejemplo, se interesa por la relación que puede establecerse entre la estructura corporal y el temperamento. En su opinión, si entre ambos existe una relación, su análisis pretende averiguar si es posible introducir modificaciones en el carácter del individuo sin que, a la vez, se produzcan cambios en su estructura corporal o en su motridad funcional[15].

El Psicoanálisis aporta a la estructura psicomotriz, sobre todo, la presencia de la afectividad, de lo anímico, de lo emocional y de la dimensión simbólica e inconsciente de lo corporal y del movimiento. La noción de vivencia corporal, la dimensión fantasmática de la vivencia que revela M. Klein o el significado relacional que del cuerpo y del actuar destacan A. Lapierre y B. Aucouturier, posiblemente, podría resumirse en el modelo específicamente psicoanalítico que representa el concepto que F. Dolto acuña en la noción de “imagen del cuerpo”[16].

e. La Terapia Gestalt

Otras perspectivas, como son las relacionadas con las llamadas “técnicas corporales” o con la Terapia Gestalt, prefieren analizar la estructuración psicomotriz desde niveles más básicos. Lejos de interesarse por la respuesta prefieren situar el énfasis en otros aspectos más básicos que, en su conjunto, J. Kepner denomina “corporificación”. Orientan más el interés de su análisis hacia las consecuencias de la conducta entendida como el resultado de la relación adaptativa establecida entre el sujeto y su medio que hacia la respuesta o ejecución conductual que hace posible las relaciones. Esta corriente, que concibe al “sí mismo”, o al Yo, de naturaleza tanto orgánica como psíquica, identifica la experiencia del cuerpo con la experiencia de sí a la que otorga la misma importancia que al pensamiento, la imaginación y las ideas [17].

La escuela de Terapia Gestalt considera que el ser corporal es intrínseco al resultado de la interacción del organismo con su medio, con el mundo; que es condición e instrumento imprescindible para que pueda establecerse esta relación; y que el mismo, el yo, como resultado de este proceso dialéctico y relacional, no se constituye sobre una estructura estática sino que su naturaleza es el resultado de un proceso dinámico, plástico, que se nutre de sus experiencias con el entorno.

En algunos casos ha interesado más destacar los distintos niveles en que se constituye la estructuración psicomotriz fijando su actuación en el análisis de su complejidad: nivel tónico, sensorio-motriz, cognitivo y simbólico[18].

2. Definición de estructura psicomotriz

Sintetizar la complejidad que impone el paradigma psicomtricista requiere elaborar un constructo que nos permita comprender cuáles son sus elementos y, sobre todo, como se producen las relaciones, las interacciones o los nexos dialécticos entre ellos puesto que, finalmente, definir, organizar y dotar a esta entidad de las capacidades necesarias para el comportamiento será lo que condicione la disposición vivencial, experiencial o existencial del individuo. Ése, y no otro, es el fin general que justifica la necesidad de disponer de un proceso de intervención. Cualquiera que sea el objetivo inmediato, éste puede ubicarse dentro de esta estructura de tal manera que el movimiento, la conducta, no es sino la expresión que posibilita o que requiere para su autoorganización y para su estabilidad.

Cuando, simplificando al máximo, afirmábamos que de lo que se trata es de resolver, mediante un proceso homeostático, la relación establecida entre el organismo y su medio a través de la emisión de movimientos, acciones o conductas, metafóricamente, estábamos formulando una ecuación (O-M) a cuyas incógnitas convendría atribuir un valor, un significado concreto, para poder resolverla. Pues bien, en esa ecuación, inicialmente podemos sustituir al organismo (O) por el concepto psicológico de “Yo”. Con la descripción de la estructura psicomotriz lo que pretendemos es la comprensión de su organización interna y funcional.

La estructura psicomotriz constituye la base funcional donde se asienta el Yo. Podríamos definirla como un constructo en el que se pretende integrar cuantos elementos influyen en la organización del Yo y que, por tanto, condicionan su identidad, su actuación y la percepción del mundo con el que ha de relacionarse.

Todos los contenidos de la intervención psicomotriz han de ser ubicados en esta estructura puesto que, cualquier efecto que de la praxis de la intervención pudiera derivarse, ha de repercutir en ella o en alguno de sus elementos. A la vista de esta estructura psicomotriz es como debe diseñarse la estrategia, la intención y la actuación concreta que persiga la metodología de la intervención. La estructura psicomotriz se convierte en el referente permanente, en el mapa conceptual, desde el que se decide tanto la intención como el ámbito de actuación o los objetivos específicos que se pretendan en cada caso.

Por otra parte, si consideramos el movimiento como una forma de comportamiento, deberemos admitir que la Motricidad, de alguna manera, ha de ocuparse de la conducta humana. En consecuencia, movimiento, conducta y comportamiento requieren de una comprensión que ha de ser explicitada para así asegurar la coherencia del discurso o de sus aplicaciones.

Nosotros consideramos el comportamiento humano como una respuesta homeostática y de carácter adaptativo que se genera como una necesidad ante la dialéctica que permanentemente se mantiene entre el organismo y su medio o, dicho de otra manera, en función de la percepción que de la ecuación (O-M) realiza el mismo sujeto (O) con las diversas informaciones que, de esta circunstancia, asimila a través de distintas vías sensoriales, cualquiera que sea su orientación o procedencia: interoceptiva o exteroceptiva.

En consecuencia, si la conducta es el resultado final de la interacción dialéctica establecida entre el organismo y su medio con el fin de recuperar o mantener un equilibrio que le permita su adaptación y la resolución del conflicto, entonces, será ineludible la necesidad identificar los procesos que se producen en esta relación. La conducta sería el resultado final que interesando a las distintas dimensiones (cognitiva, motriz, afectiva, simbólica, etc.) se expresa mediante la capacidad motriz y cuyos efectos permiten el establecimiento de nexos relacionales y de comunicación para los que el cuerpo es el instrumento necesario. Esta forma de entender el movimiento es la que, en nuestro criterio, delimita y caracteriza tanto el concepto de Motricidad como su objeto de interés. En ella caben todas las posibles descripciones que del movimiento se realicen y esa es, precisamente, la condición que creemos imprescindible para identificar la Motricidad como referente genérico que acoja perspectivas distintas y, como consecuencia, diferentes formas de entender los procesos de intervención y las metodologías necesarias.

Sólo un planteamiento global es capaz de cumplir este propósito conciliando cuantas perspectivas restringidas a un determinado interés puedan aparecer. Cualquier otra delimitación definiría descripciones parciales de la significación del movimiento que lo reducirían a un fenómeno biomecánico, fisiológico o al resultado de un proceso de automatización.

El movimiento intencional o voluntario siempre expresa una reacción conductual o es parte de ella. Así entendido, el comportamiento humano, básicamente, aparece como una respuesta homeostática y de carácter adaptativo cuya elaboración requiere, en primer lugar, de una información capaz de estimular y de dinamizar su ejecución. La conducta, por tanto, será la expresión de un complejo proceso integrado sobre la base de una estructura funcional que integra la totalidad de las dimensiones o dominios intervinientes propios de la naturaleza humana

Pretendemos iniciar este análisis desde una concepción inicial de “lo corporal” que le atribuye tanto la condición de elemento indispensable para la ejecución conductual como la de sujeto y resultado de esta intervención, de tal modo que, como ya afirmara Víctor E. von Gebsatel, se haga evidente cómo “el cuerpo se forma en anticipación al fin que sirve, asume una forma; una forma para trabajar, para luchar, para sentir, así como una forma para amar[19].

Otro aspecto fundamental que ha de ser tenido en cuenta con respecto a esta estructura psicomotriz es el carácter peculiar de la dinámica en que se sustenta un proceso organizador que la caracteriza como una entidad plástica capaz de autoorganizarse. Desde que se hicieron públicos los trabajos de A. Luria ya no se duda del carácter autónomo y autoestructurante del cerebro. Para el neurólogo ruso, este órgano se constituye en un conjunto funcional con capacidad de programación y de autorregulación cuya peculiar naturaleza le permite crear la información necesaria para su propio mantenimiento funcional y, también, para controlar sus operaciones y modificarlas según cuales sean las alternativas o las exigencias que se produzcan en el medio[20].

Extrapolando este modelo neurológico y darwiniano de cerebro a la comprensión de la estructura psicomotriz, también concebimos su funcionalidad desde la plasticidad que proporciona su capacidad de programación y autorregulación. Pierre Vayer, desde planteamientos psicomotricistas, reconocía este sentido autorregulador cuando afirmaba que la “la construcción de la persona es una autoestructuración a partir de datos preexistentes de origen genético que se actualizan en un contexto de relaciones[21].

No obstante, cualquiera que sea la concepción de una estructura compleja integrada por varias dimensiones (motriz, cognitiva y emocional o afectiva) su descripción quedará condicionada por los planteamientos que con respecto a cada una de ellas mantenga cada autor para definirlas y de la significación con las que se integren en un modelo de intervención[22].

2.1. Concepto de estructura psicomotriz

Cualquier fórmula que se utilice para describir la estructura psicomotriz dependerá de los referentes o componentes que se elijan y de cuál sea la interpretación que de ellos se realice. Desde nuestra perspectiva particular nos parece fundamental determinar el significado concreto y el papel que desempeñan, al menos, tres conceptos fundamentales cuales son: la noción de estructura, la identificación de los niveles distintos sobre los que se ordena y, finalmente, la noción de plasticidad y la consideración de la capacidad de autoorganización de que es susceptible.

Uno de los postulados más característicos de la escuela de la Gestalt es su afirmación de que la suma de las partes no es igual al todo sino que siempre existe un elemento añadido que permite la aprehensión total de una realidad. Aplicando este postulado al tema que nos ocupa, intuimos como, efectivamente, el simple análisis no es capaz de descubrir, por sí mismo, la complejidad funcional de la conducta humana. Su completa comprensión, en nuestro criterio, requiere de uno de esos factores añadidos que, en este caso, podría ser el mismo concepto de estructura que, al organizar a los distintos elementos de forma peculiar, de alguna manera condiciona y cualifica al “todo”. Solo desde esta perspectiva podemos considerar la conducta de manera sincrética, abandonar el dualismo y asumir el paradigma unitario y la comprensión holística del comportamiento.

Por estructura psicomotriz entendemos un complejo de relaciones y elementos que, a la vez, constituye el resultado y el condicionante de la experiencia del individuo frente a su medio. El concepto sobre el que nosotros concebimos la estructura que describe lo corporal es de naturaleza psico-orgánica o, si se quiere, psicomotriz. En ella no solo deben incluirse cuantas dimensiones, mecanismos o elementos la constituyen sino que ha de dotarse de una organización que les ordene en distintos niveles de modo que permita la comprensión de la funcionalidad que se manifiesta a través de la conducta tónico-motriz. Deberá ser entendida desde una perspectiva holística, su diseño tendrá en cuenta todas las dimensiones de la naturaleza humana que interactúan entre sí de manera simultánea y, finalmente, en qué medida intervienen en la conducta final que se manifiesta como resultado de una determinada estimulación.

La respuesta conductual, en la que el elemento tónico-motriz siempre está presente, exige una determinada organización capaz de ordenar cuantos factores intervienen en su construcción. Por otra parte, ya sea como resultado o como condición de esta respuesta, el organismo, el Yo, establece unas determinadas relaciones con los elementos constitutivos del medio. Del resultado de esta relación, como experiencia o como consecuencia de la ejecución de la conducta, se irá afirmando el Yo del actor y definiendo su personalidad.

El resultado de la estructuración psicomotriz influye decisivamente en la calidad del comportamiento. Su capacidad funcional se muestra como condicionante decisivo para determinar la disponibilidad conductual del individuo. A una estructuración defectuosa pueden achacarse diferentes disfunciones en la conducta como pueden ser algunas dispraxias, sincinesias o distonías. Igualmente es responsable de aquellos efectos no saludables derivados de una conducta inadecuada o errónea. Y, finalmente, también suelen provocar relaciones defectuosas entre el organismo y el mundo en que se ubica.

En definitiva, creemos que el fin último de la intervención siempre será interferir en estos procesos para modificarlos, reestructurarlos, potenciarlos o facilitar su adecuada organización. Para conseguirlo, en Motricidad, se recurre a los posibles efectos que proporciona la experiencia de la conducta motriz en la que el movimiento, tal y como aquí lo entendemos, ostenta un papel fundamental. Igualmente podría entenderse la intervención si la experiencia conductual la interpretáramos como la expresión funcional de la estructura psicomotriz como consecuencia de su relación con el medio.

Sin embargo, asumidos estos planteamientos, de manera inmediata se evidencia la necesidad de describir el proceso y la lógica de la constitución de esta estructura sin los cuales sería muy difícil concretar cualquier tipo de estrategia que permita su modificación.

2.2. La actividad psicomotriz

Utilizar el referente de la acción como elemento útil para un análisis de la estructura psicomotriz es fijar la atención, de manera parcial, en un aspecto que aunque importante no es el único que ha de tenerse en cuenta. Así analizada, las conclusiones serán el resultado de la utilización, como criterio de análisis, de sus aspectos funcionales. Se prima la acción, la expresión motriz del sistema y, al mismo tiempo, se obvian sus aspectos constitutivos, los sistemas que la integran o los ámbitos y dominios que la constituyen.

Esta perspectiva, de la que seguramente Dalila Molina M. de Costallat fue su representante más acertada[23], actualmente, gracias a las nuevas aportaciones que están realizando las ciencias del hombre y, en especial, las neurociencias, exige ser completada o comprendida desde nuevas bases y fundamentaciones. Más adelante estudiaremos aquellos ámbitos incluidos en la estructura psicomotriz de cuyo funcionamiento y estado de desarrollo dependerán las acciones o actividad conductual que genere.

En nuestra opinión, esta labor de autoorganización y de estructuración se realiza como resultado de las aportaciones de dos procesos fundamentales: por una parte, la maduración del propio sujeto y, como consecuencia, el desarrollo de nuevas aptitudes que permiten relaciones más complejas con su medio que exigen conductas más sutiles y, por otra parte, el enriquecimiento experiencial y los efectos que estas experiencias proporcionan para el proceso autoorganizador.

Pierre Vayer interpreta la interacción establecida entre el individuo y su medio como un “diálogo” y, como consecuencia, considera la estructuración psicomotriz como el resultado de este diálogo y de las relaciones que a través de la actividad tónico-motriz se establece entre ellos. Por tanto, desde esta capacidad de “comunicación” reconoce una importancia fundamental al material con el que se realizan los intercambios y a las relaciones que se desarrollan entre el individuo y su medio puesto que son la condición, y de ellos depende, el desarrollo de la persona[24]. Concibe Vayer el desarrollo como una “organización y una estructuración progresiva de los diferentes modos de comunicación que le permiten vivir en armonía con el medio[25].

Si por actividad entendemos la acción, en ese caso, el comportamiento y la conducta se constituyen en el elemento dinamizador de un proceso de estructuración psicomotriz que es la condición que determina la capacidad funcional del individuo y la calidad de su propia actividad. La estructura psicomotriz, como tal entidad organizativa que se expresa a través de la acción, permite destacar determinadas áreas en las que podemos clasificar su actividad y en las que se manifiesta la acción de forma distinta: la actividad tónica, la actividad de relación y la actividad psicofuncional.

La actividad tónica y la actividad psicofuncional son las bases que permiten al sujeto cualquier desarrollo como resultado de los efectos derivados de su conducta, de sus aprendizajes y de la integración de la más compleja actividad relacional[26]. No obstante, ha de advertirse, que esta sistematización es más teórica que real. De la misma manera que cada vez es más difícil precisar los límites de cada uno de los dominios (motor, afectivo o cognitivo), tampoco es fácil encontrar una acción o conducta cuya repercusión represente, exclusivamente, a una sola área. Por el contrario, cualquier comportamiento suele estar integrado por elementos relacionados con todas las dimensiones y, como consecuencia, están integrados por elementos que podrían calificarlas como pertinentes a cualquiera de las áreas de actividad. Es por esto que, en todo caso, nos parece más adecuado establecer su adscripción a una determinada área considerando su funcionalidad o la intencionalidad que la dirige.

Si la intervención la sustentamos en la realización de determinadas conductas el papel de la actividad motriz se torna imprescindible y determinante. De cuál sea la calidad de la actividad, o conducta motriz, dependerá su grado de repercusión y la calidad de la experiencia como elemento organizador de la estructura psicomotriz. Tanto si la intención que impulsa la intervención es global como si se refiere a objetivos más concretos que afecten, de manera específica, a alguno de los ámbitos de la estructura, la propuesta de actividad y su acierto en el diseño se mostrarán como la condición fundamental que determine la eficacia metodológica de la intervención

La intervención psicomotriz ha de interesarse por esta estructura de manera global y, por tanto, estimular su organización mediante su desarrollo o modificación a través de las actividades cuyo carácter, por sistematizar su exposición, podríamos ubicar en cada una de estas áreas[27]: área de actividad tónica, área de actividad funcional y área de relación.

Antes de proceder a la descripción de cada una de ellas, aunque resulte reiterativo, conviene advertir que esta clasificación solo tiene por objeto la sistematización de un análisis puesto que, desde la perspectiva unitaria que hemos adoptado, la conducta o la acción no puede parcelarse. Por el contrario, si se analiza con detenimiento podremos comprobar como en cualquier comportamiento, al margen de cuál sea el área de actividad en que lo clasifiquemos, aparecen componentes característicos de las otras o se evidencian relaciones indivisibles y funciones compartidas entre todas. Determinadas actividades psicofuncionales, por ejemplo, no pueden entenderse ni explicarse sin la referencia o la intervención de la función tónica y, de igual manera, la misma actividad tónica es imposible de entender en su totalidad prescindiendo de la motivación emocional que la estimula. Por tanto, la clasificación o la denominación que empleamos no pretende describir su verdadera naturaleza sino que alude al componente o a su función más característica en un intento de evidenciar tanto las capacidades necesarias para su ejecución como la utilidad conductual de que son capaces; creemos que con mayor propiedad y exactitud se refiere más a las funciones que intervienen en la conducta que a las distintas formas de expresión de la acción

Pese a que en su propuesta parece aludir más a la intencionalidad o a la utilidad de una conducta, utilizaremos la clasificación clásica que propone Dalila Molina de Costallat[28] cuando distingue entre actividad tónica, psicofuncional y de relación puesto que, aunque actualmente evidencie algún aspecto contradictorio, creemos que en su conjunto sigue siendo valiosa por su capacidad ilustrativa. No obstante, para nosotros, el acierto de su enfoque también permite diversas interpretaciones que, premeditadas o no, la hacen coincidir con planteamientos que, como es el modelo de autoorganización del Yo formulado por Luria, ha resultado tan trascendente para fundamentar la motricidad[29].

Creemos factible identificar el área de actividad tónica de D. Molina con el primer nivel de organización donde Luria ubica los controles energéticos y tónicos del cortex y, como consecuencia, todos los mecanismos ligados a la función de la vigilia, la memoria y la emotividad. El área de actividad psicofuncional podría equipararse al segundo nivel donde se producen las operaciones necesarias para desarrollar la percepción mediante la relación y registro de los datos sensoriales, la codificación y la combinación de esta información en una imagen coherente que sirva de referente a la respuesta. El área de la actividad de relación se correspondería, en gran medida, con el tercer nivel de organización al que Luria hace responsable de la organización de las conductas, de la programación, de la finalidad y de la ejecución del comportamiento.

Cualquiera que sea la perspectiva que se adopte para enjuiciar este proceso de estructuración, siempre estará fundamentado desde la solución del problema adaptativo y siempre deberá entenderse como consecuencia de las acciones y comportamientos que se efectúen para resolverlo. Desde el tópico axioma de Ortega y Gasset, que concretaba su propia existencia en la adición del yo y su circunstancia, hasta la descripción que de la tarea adaptativa efectúa Piaget mediante los procesos de acomodación y asimilación, en todos los modelos que pretenden explicar el proceso evolutivo que concluye la estructuración psicomotriz se resalta el papel desencadenante y dinamizador de la acción, de la actividad psicomotriz. Todas estas formulaciones nos revelan la misma complejidad que caracteriza a la estructura psicomotriz que, de nuevo, nos exige trascender de la simple descripción del movimiento como traslación de los segmentos corporales en el espacio.

W.R. Hers advierte que la actividad motriz no se puede comprender si sólo se tiene en cuenta la intervención de los sistemas piramidal y extrapiramidal. Considera, por el contrario, que existen dos tipos de sistemas: el sistema teleocinético, encargado de movilizar las fuerzas que dirigen los ojos o el cuerpo hacia un punto determinado; y el sistema ereismático cuya función es la de preparar la postura inicial y compensar las fuerzas que puedan oponerse a la ejecución perfecta del movimiento. Así planteado, sólo puede comprenderse la acción si se tiene en cuenta el punto de partida, su desenvolvimiento y el fin que persigue.

El mismo J. de Ajuriaguerra advierte que el desarrollo motor se produce en varias fases en las que destaca el papel, cada vez mayor, que desempeña la intervención de los diferentes dominios que afectan a áreas de la estructura psicomotriz progresivamente más amplias[30]:

– Organización del esqueleto motor, la organización tónica de fondo, la organización propioceptiva y la desaparición de los reflejos primitivos o arcaicos.

– Organización del plano motor en el que se pasa de la integración sucesiva a la integración simultánea. La melodía cinética se caracteriza por la movilidad, perfeccionada espacio-temporalmente, de las formas que crea al deshacerse y rehacerse.

– Automatización de lo adquirido.

Pierre Vayer interpreta esta actividad psicomotriz que sirve de vínculo y relación entre el individuo y su medio en clave de comunicación y, como consecuencia, igualmente considera que el proceso de organización de la estructura psicomotriz será el resultado de un “diálogo” y de una “relación” entre ellos. Este concepto de “comunicación” lo identifica con los intercambios que el individuo establece con su entorno siendo estos, para él, la única condición de desarrollo de la persona[31]. Concibe el desarrollo como una “organización y una estructuración progresiva de los diferentes modos de comunicación que le permiten vivir en armonía con el medio”[32]. En su planteamiento toda comunicación afecta al entorno el cual, a su vez, repercute sobre el sujeto que inició el diálogo. Así pues, toda comunicación no solo genera o transmite una información, un estímulo, sino que también induce un comportamiento.

En resumen, la acción, el comportamiento, se constituye en elemento generador del proceso de ordenación de la estructura psicomotriz al tiempo que el grado de organización que alcanza determina su misma capacidad funcional y de actuación.

3. Tipos de actividad

La estructura psicomotriz, como tal entidad organizativa que se expresa a través de la acción, también permite una interpretación analizando las áreas más importantes en que podemos ordenar su actividad y en las que se manifiesta la acción: la actividad tónica, la actividad de relación y la actividad psicofuncional. La actividad tónica y la actividad psicofuncional son la base que permite al sujeto cualquier desarrollo en su conducta y en sus aprendizajes y, en función de su estructuración, integrar la última y más compleja, la actividad relacional[33]. No obstante, ha de advertirse que esta sistematización es más teórica que real. De la misma manera que cada vez es más difícil establecer los límites de cada uno de los dominios, motor, afectivo o cognitivo, tampoco es fácil encontrar una acción o conducta cuya repercusión afecte, exclusivamente, a una sola área. Por el contrario, cualquier comportamiento suele estar integrado por elementos relacionados con todas las áreas de tal manera que, en todo caso, nos parece más adecuado establecer su adscripción a una determinada área en función de la funcionalidad o de la intención de la conducta.

La intervención psicomotriz de interesarse por esta estructura de manera global y, por tanto, estimulando su desarrollo y organización o modificándola a través de las actividades de cada una de estas áreas.

 
 
 
Actividad de relación
Actividad psicofuncional
Actividad tónica

3.1. La actividad tónica

Podría parecer que la actividad tónica es la única que ha preocupado, o sigue preocupando parcialmente, a ciertos sectores relacionados con la actividad física solo interesados por los objetivos relacionados con aspectos anatómicos o fisiológicos. Esta tradicional forma de entender el fenómeno tónico, cuya descripción le limita al análisis de aquellas características funcionales que califican el proceso de contracción de la fibra muscular, se vio superada tan pronto como el cambio de paradigma impuso el corte epistemológico en que se justifica la propuesta psicomotricista.

El nuevo paradigma unitario reconoce en la actividad tónica otras funciones que se manifiestan, especialmente, a través de la postura o actitud y de la misma tonicidad en general. Estas funciones rompieron los límites de la mera funcionalidad kinestésica desvelando otros cometidos relacionados con dominios distintos como es la afectividad y la aparición de facultades muy concretas como, por ejemplo, la atención.

Aunque el tono en sí mismo no deja de ser un fenómeno fisiológico que se concreta en el grado de contracción de la fibra muscular, también desempeña otras funciones que le convierten en un proceso complejo sometido a estimulaciones de distinta naturaleza. De su inervación o estimulación podrán ser responsables distintos dominios y su función estará al servicio de diversos procesos integrantes de la estructura psicomotriz tales como la relación, la comunicación o la dinámica afectiva.

En cualquier caso, en Motricidad, el tono adquiere un valor fundamental en tanto que se constituye como la trama del movimiento o, dicho de otra manera, en el ingrediente fundamental de la respuesta o ejecución de la conducta de tal manera que, por una parte, su presencia será permanente, cualquiera que sea el área de actividad que analicemos, y por otra, la tonicidad será la condición imprescindible para la emisión de la conducta, para la expresión del Yo y para el establecimiento de relaciones de este con su medio. Desde este particular entendimiento de la naturaleza de la actividad tónica, la metodología relacionada con esta área de actividad, en nuestro criterio, debería abordar la consecución de los siguientes objetivos cuyo definitivo desarrollo, en gran medida, podría constituir la causa de muchas disfunciones y el fracaso conductual[34]:

– Desarrollo de la capacidad tónica, tanto en lo que se refiere a sus aspectos contráctiles como a su capacidad de relajación, para perseguir un resultado conductual eficaz tanto mediante la acción como de la no acción.

– Desarrollo de los mecanismos inhibidores de la conducta.

– Control del equilibrio en cualquiera de sus manifestaciones: estática o dinámica.

– Desarrollo de la capacidad expresiva, dotando al sujeto de un repertorio gestual que le permita el uso de la comunicación no verbal.

La actividad tónica abarca todos aquellos procesos que se construyen con la intervención del tono muscular y que se manifiestan, fundamentalmente, a través de la postura, de la actitud o del movimiento en general. El resultado y la ejecución de esta función tónica están condicionados por otros factores que, como el equilibrio, también dependen del control tónico. De éste control y de otros mecanismos como los de inhibición de la acción o de capacidades como la atención, depende la estabilidad de la conducta.

El tono o grado de contracción de un músculo, es un fenómeno fisiológico regulado por un complejo de numerosos elementos de distinta índole, de manera que este mecanismo y su distribución organizada en cuantos grupos musculares controlan los segmentos corporales, no solo serán fruto de una respuesta a un estimulo sensorial o kinestésico. También intervendrán en la determinación de la tonicidad muscular otros dominios y procesos integrantes de la estructura psicomotriz tales como la relación, la comunicación o la dinámica afectiva.

La postura, en tanto que resultado de una distribución tensional específica, permite la adaptación del esquema corporal al espacio como solución a un análisis global de todas estas informaciones perceptivas. Ajuriaguerra afirma que todas las respuestas se sustentan sobre una base tónica, de manera que un buen equilibrio de este mecanismo facilita en el desarrollo del niño su capacidad para perfeccionar las conductas posteriores.

El tono como componente básico de la coordinación, requiere un control, fundamento de los mecanismos inhibitorios, que permiten al niño el dominio de sí mismo, dominio que es el factor determinante de la capacidad y mantenimiento de la atención. El tono actuará como mecanismo posibilitador y moderador de la conducta y su regulación, e incidirá en todas las formas de expresión del yo, condicionando así, sus relaciones.

3.2. La actividad psicofuncional

Aunque cada vez resulta más difícil delimitar este tipo de actividades, su identificación todavía puede resultar útil. No obstante, deberíamos advertir que mantener esta distinción puede parecer una forma solapada de hacer perdurar el paradigma dualista, donde frente a una actividad física (tónica o de relación) habría de oponerse otra psíquica o intelectual.

No pueden discriminarse actividades que respondan exclusivamente a funciones psíquicas puesto que, desde el paradigma unitario, no existe ninguna posibilidad de función emocional sin un sustrato tónico que la caracterice como un fenómeno psico-orgánico o, como ocurre actualmente, cuando ya se considera la expresión afectivo-emocional como la operación con que inicia el proceso cognitivo. En el “idiota”, como lo califica A. Damasio, es muy difícil establecer el límite entre lo orgánico y lo psíquico[35].

Por tanto, ¿con qué debería identificarse la actividad psicofuncional? En nuestro criterio, esta denominación haría referencia a ciertos aspectos del esquema sensorio-motor en los que, de alguna manera, se otorga un tratamiento a la información que permite, finalmente, decidir y diseñar una respuesta ajustada, el movimiento inteligente a que haría referencia A. Marina[36]. A estas alturas somos conscientes de la dificultad que representa mantener la distinción que formula D. Molina a no ser que entendamos la actividad psico-funcional como un proceso o función psicomotriz, psico-somática o psico-orgánica. Si admitimos, como advierte Damasio desde una perspectiva neurológica, que “si no hay cuerpo, no hay mente[37], no debemos reincidir en el error de Descartes separando la mente del cerebro y del cuerpo. Descartes creyó que la actividad psicofuncional, pensar, era una función producto de un elemento (res cogitans) independiente y separado de un cuerpo no pensante (res extensa) constituido solo como materia y, en consecuencia, mecánico (corpus machinae).

Para no reproducir esta equivocación quizá convenga incidir más en las actividades que hacen posible estas funciones ya de imposible entendimiento dicotómico o de exclusiva naturaleza psíquica. Estas funciones, imprescindibles para el diseño y ejecución de la respuesta y la correspondiente regulación tónica o para el establecimiento y desarrollo de las relaciones dialécticas con el medio, tendrán utilidades aparentemente diferenciadas (cognitivas, afectivas, simbólicas, etc.) aunque, en todas ellas, los componentes tónicos estarían presentes como elemento constitutivo y como factor dinamizador.

En el ámbito de la Motricidad la actividad psicofuncional interesa de manera general y, especialmente, por su influencia e intervención en la construcción de la respuesta puesto que sus mecanismos se constituyen como procesos determinantes del esquema sensorio-motor en que se basa la elaboración y ejecución de la conducta.

Cualquiera que sea la perspectiva desde la que se aborde la intervención en Motricidad, los aspectos psicofuncionales requieren una consideración adecuada a la lógica general del diseño metodológico, a los objetivos de la intervención y al campo de actuación donde esta se desarrolle. El tratamiento de la percepción espacial, por ejemplo, recibirá un tratamiento diferenciado dependiendo de si la intervención se circunscribe al ámbito escolar o si ocurre en un contexto de terapia relacional para adultos.

De manera genérica y con independencia de la especificidad que requiere la aplicación o el desarrollo del proceso de intervención, el área de actividad psicofuncional estará referida a cuantas operaciones intervienen, de manera fundamental, los factores intelectuales y las capacidades cognitivas. En consecuencia, para entender este tipo de actividad es necesario enmarcarla en una perspectiva evolutiva que describa el grado de desarrollo de la inteligencia, de la personalidad, del edificio afectivo, etc.

Sin renunciar a una conveniente generalización, para identificar las funciones necesarias para este tipo de actividades, cualquiera que sea su expresión (tónico-emocional, motriz transitiva, simbólica, etc.), podríamos señalar algunas como son, por ejemplo, la organización del espacio, la atención, la percepción visual y auditiva, la memoria visual, la memoria motriz, la adaptación al tiempo o las distintas estructuras y capacidades operativas del razonamiento lógico-formal.

Esta área afecta a los factores de la inteligencia y a las capacidades psíquicas que se manifiestan en la acción, por lo que será ineludible considerar los niveles de maduración de la inteligencia y el grado de desarrollo del pensamiento del niño para intervenir y para diseñar el empleo de actividades que pretendan la estimulación psicofuncional. No obstante, como hemos visto, sus efectos repercuten en toda la estructura psicomotriz, por lo que se puede considerar que el pensamiento y la afectividad están presentes en cualquier manifestación conductual. Por ejemplo, la intensidad con que se ejerza o el tiempo que se pueda mantener la atención en una conducta determinada, lo que representa una actividad psicofuncional, dependerá de distintas variables que estarían integradas, por completo, dentro del área de actividad tónica: regulación tónica, control tónico (grado de contracción) o mecanismos de inhibición contráctil (relajación).

Su propia naturaleza es la base de cualquier tipo de aprendizaje y, por tanto, afecta a otras áreas más amplias. Dalila Molina y M. de Costallat, por ejemplo, enumera las siguientes[38]: organización del espacio, la atención, la percepción visual y auditiva, la memoria visual y las coordinaciones motrices correspondientes, la memoria motora, la adaptación al tiempo, la conducta adaptativa y, en los últimos niveles, el razonamiento progresivo.

La actividad tónica y la estimulación psicofuncional constituirán la base que permita al niño cualquier desarrollo concreto en su conducta y en sus aprendizajes. Una vez que esta base ha sido estructurada, podrá abordarse, en la estrategia de intervención, la organización de la última y más compleja: la actividad relacional. Dalila Molina destaca los siguientes factores como los más significativos y trascendentes para la construcción de la conducta:

a. La atención y la memoria

Considerando el modelo clásico de un aprendizaje, éste se compondría de tres factores imprescindibles: comprensión, memorización y reproducción de conductas.

Por otra parte, se evidencia el carácter básico de la atención y la memoria en la definición de las capacidades reales del individuo como factores que condicionan la velocidad o la eficacia de sus reacciones ante un estímulo y que, por tanto, cualifican los tres elementos integrantes del proceso de aprendizaje. Así pues, debe establecerse la relación entre las variables atención y memoria, en tanto que, en función de la primera, se potencia la percepción cualitativa y cuantitativa del estímulo, lo que, en definitiva, condiciona la codificación que permite interiorizarlo e integrarlo memorísticamente.

Por estas razones, también en el diseño de las actividades o de los aprendizajes incluidos en las estrategias de intervención psicomotriz, ha de tenerse en cuenta qué tipos de estímulos serán los más eficaces en cada caso, qué respuestas se proponen a fin de evitar que se interfiera la intención educativa o el objetivo de la intervención con variables intermedias no controladas, qué tipo de motivación se aplica para la realización de la acción psicomotriz o de la conducta y en qué condiciones se ha de desarrollar la intervención. En consecuencia, los objetivos seleccionados, deberán potenciar las funciones que requieren de la atención: la capacidad de observación, mediante actividades que exigen tareas de percepción de cualidades físicas, (formas, tamaños, peso, color, etc.) y las funciones de discriminación de cualidades o de diferenciación de los objetos según estas cualidades. Igualmente, la situación que se diseñe para conseguir estos objetivos, ha de tener en cuenta los siguientes principios metodológicos:

. El estímulo y sus características (intensidad, umbral de excitación, etc.).

. La efectividad del estímulo elegido, teniendo en cuenta que los más eficaces son el oído, la vista y el tacto.

. La motivación, pues la propia actividad ha de ser atractiva y despertar atención por sí misma, para lo cual ha de ser elegida de entre aquellas que generan, de forma endógena, el mismo desarrollo o la misma maduración del individuo.

. La función, pues cada una de ellas ha de ser estimulada mediante el mayor numero de ejercicios y situaciones posibles.

. La respuesta, ya que, a fin de evitar dificultades añadidas que desvían la atención hacia otro estímulo o a otro tipo de acción, la respuesta o el aprendizaje motriz serán elegidos de entre aquellos movimientos que el niño, en cada etapa, ya ha conseguido dominar.

. La modalidad de trabajo pues ha de considerarse que, en cualquier caso, un trabajo individualizado potencia la atención con más intensidad que el trabajo en grupo.

. Las condiciones de trabajo en que se realizan estas actividades pueden exigir, por sí mismas, un grado de atención que las desvíe del fin específico de la misma actividad como ocurre, por ejemplo, con la forma de impartir las normas o instrucciones si estas no son breves y de fácil comprensión, con las condiciones horarias, climatológicas o del mismo local que pueden interferir el proceso de la atención o, con la postura propuesta al niño, que puede potenciar o dificultar la capacidad de atender cuando ella, por sí misma, representa también un problema a resolver; o el tipo de actividades o ejercicios propuestos (perceptivos, lúdicos, rítmicos, verbales, de coordinación, etc.).

b. La actividad sensomotora

Para muchos, la relación entre el estímulo, la información, y la respuesta, la conducta, constituye el esquema básico de cualquier proceso psicofuncional. La relación del individuo con su entorno se inicia desde o como consecuencia de la información que del medio y de sí mismo le proporcionan diversos canales sensoriales. A través de estas vías, percibe un espectro de estímulos múltiple, de cuya selección, organización e interpretación más o menos acertada, dependerá la elección posterior de posibles conductas, así como la eficacia adaptativa de estas. De la calidad y de la cantidad informativa que posea el individuo dependerá también la riqueza del repertorio de conductas. Todas estas circunstancias confieren a los sentidos el carácter de primer condicionante de la calidad de la acción.

Los mecanismos sensoriales no solo no se restringen a los cinco clásicos órganos eferentes (vista, oído, gusto, tacto y olfato), sino que también aportan información otros muchos sentidos que, como el cinestésico, es de esencial importancia para todo cuanto se refiere a la regulación de las conductas motrices. De la calidad de las percepciones sensoriales, de su intensidad, de la de los estímulos o del grado con que se fija esta información en el recuerdo dependerá el nivel de la intervención que realizan las funciones de la memoria. Además de la calidad y de la cantidad del estímulo, en todo este proceso también será determinante el papel de la atención en tanto que, como mínimo, es imprescindible su presencia para mantener la percepción de la información.

Desde la perspectiva que aquí más nos interesa, de manera singular, debe ser contemplada la importancia de lo que, en ocasiones, se ha denominado memoria motora o estructura organizada de experiencias codificadas mediante una representación inactiva. En esta información se basará el desarrollo de la actividad espontánea. La información cinestésica y propioceptiva, de la que en gran parte se nutre, permite ampliar la toma de conciencia del cuerpo como actor del movimiento y, en consecuencia, facilita la elaboración de su imagen a través del dominio y del perfeccionamiento de las conductas motrices lo que permitirá abordar, más tarde, la coordinación ritmo-motora como forma de adaptación del dinamismo corporal.

c. Estructura espacio-temporal

La doble dimensión que constituye el espacio y el tiempo enmarca el análisis de la información sensorial y de la adecuación de la respuesta. Cualquier movimiento ha de ajustarse, por una parte, al espacio que ha de recorrer el segmento o segmentos intervinientes y, por otra, al tiempo de que dispone para realizar el desplazamiento. Así pues, es necesario considerar el tiempo de ejecución como elemento definitorio en la elaboración, decisión o ejecución de una conducta. Esta evaluación temporal, no solo afecta a la respuesta, sino también al período de manifestación o emisión del estímulo, de tal manera que la comprensión que, del tiempo, realiza el niño la va consiguiendo de manera funcional y desde referencias de información sensorial (sonora, táctil, visual, verbal, numérica, etc.). La representación de esta dimensión temporal desde estos parámetros, pues de otra manera el tiempo seria intangible, se entrelaza con la espacialidad.

La percepción del espacio se realiza, generalmente, a través de los datos aportados por la vista o los sentidos cinestésicos, los táctiles y de su elaboración intelectual, lo que impone concepciones distintas de la noción de espacio en cada una de las etapas necesarias para la maduración de estos factores. Esta maduración de la comprensión de la noción de espacio, se irá completando en la medida en que se produzca un proceso de orientación del espacio y de orientación del mismo individuo en él. Para la culminación de este proceso intelectual y su repercusión en el diseño del movimiento, es necesaria la maduración de la lateralidad y la definición de la preponderancia hemisférica que la rige.

3.3. La actividad de relación

En este tipo de actividades se incluirían cuantas operaciones son necesarias para el establecimiento de relaciones y el desarrollo de una dialéctica entre el Yo y su medio (O-M) lo que no representa otra cosa que una formulación equivalente al proceso de adaptación tal y como lo describe Pieget. Estas relaciones, generalmente, se organizan mediante movimientos o acciones transitivas de asimilación o de acomodación pero de estructura compleja. Esto implica el uso de determinadas capacidades por lo que su eficacia, a menudo, depende del nivel de coordinación alcanzado en la ejecución de la praxia.

Quizá por ello, Dalila Molina insistió tanto en la trascendencia e importancia de lo que ella denominaba “coordinación general” para referirse al nexo existente entre las áreas de actividad tónica y relacional. Actualmente, teniendo en cuenta los nuevos conocimientos que sobre la conducta se dispone, desde una inspiración cognitivista, debemos entender el esquema de conducta de manera tal que la llamada coordinación supera el simple fenómeno mecánico de una sinergia muscular eficaz y económica. El concepto de praxia amplió la concepción escuetamente kinesiológica para introducir otros aspectos y componentes como son el sentido de la acción, la motivación, el fin, el objeto de la acción o la consideración de sus resultados como elementos imprescindibles.

Por tanto, al sustrato tónico imprescindible ha de añadirse una intencionalidad que estará siempre inspirada por el fin adaptativo que exige el establecimiento o la solución de relaciones entre el sujeto y su mundo (O-M). En estas relaciones pueden distinguirse distintas dimensiones o significados que despertarán diferente interés a cada una de las posibles interpretaciones o versiones metodológicas que de la Motricidad se realicen en cada uno de los campos donde pueda desarrollarse este tipo de intervención.

En Motricidad, ciertos fines y determinados objetivos de la intervención se interesarán más por los elementos, factores u operaciones propias de la ejecución de la conducta mientras que, en otros casos, por ejemplo, será el significado relacional o el simbólico de que están investidas las acciones lo que inspire la articulación de un procedimiento para atender el tratamiento de la conducta o utilizarla como recurso de la intervención. Las distintas versiones psicomotricistas muy frecuentemente se diferencian entre sí, precisamente, por la diferente interpretación que en cada caso realizan de la relación o por aquellos aspectos y mecanismos que les interesan de ella. Mientras que la Psicocinética, por ejemplo, se muestra más interesada por los aspectos coordinativos o el ajuste del formato motor a determinados parámetros como son el espacio o el tiempo, la Psicomotricidad relacional de Lapierre y Acoutourier tiende a utilizar el movimiento como una expresión simbólica investida de una carga de inevitable naturaleza afectiva.

Nosotros, al principio de este capítulo, en nuestra propuesta metodológica, hemos identificado este procedimiento con aquel ámbito de intervención que requiere dotar al sujeto de una organización dinámica que le permita esa relación con el medio.

Las relaciones establecidas entre el yo y su entorno, el medio, generalmente se organizan mediante movimientos o acciones transitivas de estructura compleja. Estas praxias, a su vez, han de organizarse en patrones entre los que suelen distinguirse dos aspectos: la movilidad corporal o general y la dinámica manual o coordinación fina. Dentro de la primera se incluyen aquellas destrezas que requieren la colaboración, más o menos generalizada, de todo el cuerpo (correr, saltar, coordinaciones, ritmos motores, etc.); mientras que, la segunda categoría se refiere a la educación de movimientos y coordinaciones más localizadas a nivel de algunos segmentos distales sobre todo en las extremidades superiores (los dedos, coordinación óculo-manual o tareas como el escribir, grafo-motrices, etc.).

En toda la trama que constituye el tono para el movimiento, su múltiple regulación en cada uno de los músculos o grupos musculares, concretará un proceso de coordinación que se manifiesta tanto a través del movimiento como en reposo y que permite mantener un equilibrio estático o dinámico. En consecuencia, la postura o actitud, por ejemplo, estará determinada por la capacidad de control tónico que cada individuo sea capaz de generar.

La coordinación general servirá de nexo a dos manifestaciones de la actividad: la actividad tónica y la actividad relacional. Por tanto, cconsiderando el movimiento como instrumento de relación entre el organismo y su medio, cuanto contribuya a la mejora de esta relación, y con independencia de cuál sea su posible utilización, justificación o motivación, mediante el uso del movimiento, de la conducta dinámica o transitiva o de nuevas soluciones de coordinación general, será materia de obligado tratamiento en cualquier estrategia de intervención que aspire al desarrollo de la totalidad del individuo. En el ámbito escolar, sin embargo, desde criterios eminentemente metodológicos, se exige distinguir dos manifestaciones de la coordinación dinámica corporal: la coordinación dinámica general y la coordinación manual.

En función de los estímulos a los que, de forma prioritaria, ha de ajustarse la respuesta o coordinación motriz, debemos incluir otras manifestaciones. Las más importantes, en un individuo sin carencias o disminuciones sensoriales, motrices o intelectuales, son aquellas que determinan el nexo más genuino entre lo sensorial y lo motriz, (por ejemplo, la coordinación viso-motriz) y entre el movimiento y la dimensión organizativa de la conducta en función del tiempo (coordinación ritmo-motora). Por tanto, en la prolija taxonomía con que clasifica las distintas coordinaciones suele emplearse la asociación de los términos que identifican a sus componentes: la información sensorial necesaria, los segmentos corporales intervinientes o el condicionante de su ejecución. Sin embargo, esta manera de entender la acción psicomotriz resulta excesivamente mecanicista y simplificadora. Requiriéndose, ineludiblemente, la especificación del fin o de la intención que pretende resolver la coordinación en la dialéctica relacional se acuña la nueva noción de praxia como aquella coordinación que está en función de un fin, de un resultado o de una intención.

La acción psicomotriz, cualquiera que sea el área en la que se desarrolle, identificada con esta manera de entender la praxia, será el elemento de interés más importante para la perspectiva psicomotriz y el recurso fundamental de su estrategia de intervención. Desde una visión holística global y unitaria, además, se exigirá que esta acción esté integrada, cualquiera que sea el porcentaje de su intervención, por elementos provenientes en todos los dominios de la estructura psicomotriz y que sus efectos repercutan en la totalidad de sus dimensiones.

4. Estructura psicomotriz e imagen de sí

El individuo, para elaborar una conducta voluntaria e intencional, como primera condición necesita poseer un mínimo grado de conciencia de su propia existencia en tanto que se considera objeto diferenciado del resto del universo donde se ubica. Igualmente, la conciencia del actuar ha de estar, necesariamente, referenciada en el propio cuerpo del individuo como medio imprescindible de la acción. Este conocimiento de la realidad corporal y de sus posibilidades de actuación se va adquiriendo a lo largo de un proceso evolutivo muy dilatado en el tiempo que, para algunos, se prolonga durante toda la existencia del individuo mediante un permanente proceso de actualización. A lo largo de todo este proceso se adquieren nuevas aptitudes, capacidades e informaciones que permitirán al organismo más posibilidades conductuales y pondrán a su disposición la experiencia de sus propias acciones.

La estructura psicomotriz, su estado de organización o las características y capacidades funcionales de cada uno de sus elementos, condicionarán la calidad de los comportamientos. La comprensión fundamental que el individuo realiza de sí mismo y de su disponibilidad de actuación, la mayoría de los autores suelen identificarla con el concepto de “esquema corporal”. No obstante, hemos de advertir que este concepto no es unívoco. En todos los casos, este concepto no se ajusta absolutamente a unos contenidos equivalentes ni se identifica con una denominación común. Schilder, denomina esquema corporal a una noción casi idéntica a la que Head llama “esquema postural”, o a la que Wapner denomina “imagen del cuerpo”, “modelo del cuerpo” o, en otros casos, “imagen de sí”,” imagen espacial del cuerpo” o “percepto del cuerpo”.

Esta intuición o primer conocimiento del cuerpo sólo es la expresión más básica de lo que denominamos estructura psicomotriz en la cual integramos cuantas dimensiones, aptitudes y mecanismos integran la naturaleza humana. Esta organización de lo corporal se proyecta en el espacio circundante a través del movimiento, de la acción y es ésta o sus efectos lo que, como información de retorno, permite al individuo el acceso a la experiencia y poseer la conciencia de su propia existencia individualizada, imprescindible para la estructuración de su “yo corporal”. Este yo se vivirá como primera referencia constituyendo el centro de cuantas relaciones con los seres, los objetos, circunstancias o dimensiones incluye el espacio. La relación que establece el individuo con su medio, que es de doble dirección, hacia adentro y hacia afuera, le informará de manera cada vez más crítica de su intimidad como unidad orgánica, de su corporeidad, de su yo como lo distinto del “no yo”. Todas estas conductas, todas las acciones, se constituyen en experiencias tónicas o motoras, que para manifestarse normalmente necesitan del control que se ejerce a través de una representación mentalmente interiorizada de la estrategia de acción o plan dinámico.

La estructura psicomotriz que se manifiesta a través de la actividad del yo, del sí mismo o del self, según cuál sea la terminología empleada, se organiza desde la noción del esquema corporal y como consecuencia, sobre todo, de las experiencias que la misma actividad proporciona al individuo sobre sí mismo y del espacio donde se ubica.

Esta estructura, concebida de manera global y holística, integra cuantas dimensiones y dominios posee el hombre: el tónico-motor, el afectivo-emocional y el cognitivo o psicofuncional. Otros autores, más interesados en la ejecución de la conducta que en la organización de la estructura que la genera, distinguen distintas áreas de actividad: tónica, relacional y psicofuncional.

Pero, en todos los casos, la acción que concreta la relación del individuo con el mundo, de la que extrae su experiencia, se constituye en el elemento informador, dinamizador y organizador de esta estructuración funcional. De esta manera, cuanto mayores sean los efectos de la experiencia conductual mayor grado de organización alcanzará la estructura psicomotriz; y a la inversa, un mayor nivel de complejidad de la estructura permitirá más posibilidades de actuación y, en consecuencia, una experiencia más enriquecedora. Así, los efectos de la experiencia de la acción se constituyen en los elementos más importantes para la organización de la estructura psicomotriz y, por tanto, para la construcción del esquema corporal, origen del yo corporal, sobre el que se definirá la personalidad del individuo.

. Bibliografía citada

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[1] Gebsatel, Víctor E. von: Monatschrift fur Psychiatrie und Neurologie, 1932, band, 82, p. 113

[2] Basquin, M.: Psicomotricidad, pensamiento y lo afectivo, en Richard, J. y Rubio, L.: Terapia psicomotriz, Barcelona, Ed. Masson, 1995, p. 24.

[3] Guiraud, P.: El lenguaje del cuerpo, México, Fondo de Cultura Económica, 1994, p. 10.

[4] Kepner, J.: Proceso corporal, México D.F., El Manual Moderno, 1992, p. 7.

[5] Pichon-Riviére, E. y Borel Maisonny, S.: La tartamudez, Barcelona, Ed. Toray-Masson, 1973.

[6] Chocler, Myrtha Hebe: Los organizadores del desarrollo psicomotor, Buenos Aires, Ed. Cinco, 1988, p. 75 y ss.

[7] Ibid.

[8] Franc Batlle, Nuria: “La organización tónica en el desarrollo de la persona”, Revista Iberoamericana de Psicomotricidad y Terapias Corporales, nº 3, (agosto, 2001), pp, 21 y ss.

[9] Pequeño Diccionario Larousse, 1997, p. 426.

[10] García Carrasco, J. y García del Dujo, A.: Teoría de la Educación II, Salamanca, Ediciones Universidad, 2001, p. 186.

[11] Luria, A.R.: “The functional organization of the brain”, Scientific American, (1970). (Citado por Vayer, P. y Toulouse, P.: op. cit., p. 86).

[12] Vayer, P. y Toulousse, P.: Psicosociología de la acción, Madrid, Ed. Científico-Médica, 1987, p. 13.

[13] Ibid., p. 17.

[14] Ferenczi, S.: Contraindicaciones de la técnica activa, en… Psicoanálisis III, Madrid, Ed. Espasa Calpe, 1981, pp. 427-438

[15] Lowen, A.: El lenguaje del cuerpo, Barcelona, Ed. Herder, 1995, p. 11.

[16] Cfr., Dolto, Françoise: La imagen inconsciente del cuerpo, Barcelona, Ed. Paidós, 1997.

[17] El “sí mismo” o Yo, sería de naturaleza tanto corporal como psíquica, lo cual permitirá afirmar a J. Kepner que “la experiencia del cuerpo es experiencia de sí mismo, igual que el pensamiento, la imaginación y las ideas”. (Kepner, J.: Proceso corporal, México D.F., El Manual Moderno, 1992, p. 7).

[18] Franc Batlle, Nuria: “La organización tónica en el desarrollo de la persona”, Revista Iberoamericana de Psicomotricidad y Terapias Corporales, nº 3, (agosto, 2001), pp, 21 y ss.

[19] Gebsatel, Víctor E. von: Monatschrift fur Psychiatrie und Neurologie, 1932, band, 82, p. 113

[20] Luria, A.R.: “The functional organization of the brain”, Scientific American, (1970). (Citado por Vayer, P. y Toulouse, P.: op. cit., p. 86).

[21] Vayer, P. y Toulousse, P.: Psicosociología de la acción, Madrid, Ed. Científico-Médica, 1987, p. 13.

[22] Cfr. Pastor Pradillo, José Luis: Fundamentación conceptual para una intervención psicomotriz en Educación Física, Barcelona, INDE, 2002, pp. 130 y ss.

[23] Molina M. de Costallat, D.: La entidad psicomotriz, Buenos Aires, Ed. Losada, 1984

[24] Vayer, P. y Toulouse, P.: Psicosociología de la acción, Madrid, Ed. Científico Médica, p. 10

[25] Ibid.

[26] Molina M. de Costallat, Dalila: La entidad psicomotriz, Buenos Aires, Ed. Losada, 1984.

[27] Cfr. Pastor Pradillo, José Luis: Fundamentación conceptual para una intervención psicomotriz en Educación Física, Barcelona, INDE, 2002, pp. 144 y ss.

[28] Cfr., Molina M. de Costallat, D.: La entidad psicomotriz, Buenos Aires, Ed. Losada, 1984.

[29] Luria, A.R.: El cerebro en acción, Barcelona, Fontanella, 1974.

[30] Ajuriaguerra, J. de: Manual de Psiquiatría Infantil, Barcelona, Ed. Masson, (4ª edicc.), 1993, p. 211.

[31] Vayer, P. y Toulouse, P.: Psicosociología de la acción, Madrid, Ed. Científico Médica, p. 10

[32] Ibid.

[33] Molina M. de Costallat, Dalila: La entidad psicomotriz, Buenos Aires, Ed. Losada, 1984.

[34] Cfr. Pastor Pradillo, José Luis: op. cit., pp. 146 y ss.

[35] Damasio, Antonio R.: El error de Descartes, Barcelona, Crítica, 2004.

[36] Marina, A.: El movimiento inteligente, en… Teoría de la inteligencia creadora, Barcelona, Anagrama-Círculo de Lectores, 1995, pp. 93 y ss.

[37] Damasio, A.R.: op. cit., p. 258.

[38] Cfr., Molina M. de Costallat, D.: La entidad psicomotriz, Buenos Aires, Ed. Losada, 1984.

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