LO CORPORAL Y SU SIGNIFICADO ACTUAL

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José Luis Pastor Pradillo

Maestro de Enseñanza Primaria, Licenciado en Educación Física, Licenciado en Psicología. Doctor en Ciencias Sociales. Doctor en Ciencias de la Educación. Profesor Emérito de la Universidad de Alcalá. Ex Director de la Revista Española de Educación Física y Deportes.

LO CORPORAL Y SU SIGNIFICADO ACTUAL

Nadie hasta el presente ha determinado lo que puede el cuerpo. Spinoza

Actualmente, la quizá excesiva proliferación terminológica para aludir al cuerpo parece tener su origen en la caducidad de aquellos paradigmas que, al menos hasta principios del s. XX, inspiraban la descripción de hombre desde distintas ciencias. La imperativa necesidad de renovar el significado del cuerpo, a menudo, ha quedada reducida a una simple sustitución taxonómica que solo indicaba un notorio desconocimientos del objeto a definir. Hacer ciencia de lo que solo es un cambio de etiquetas siempre se mostró un ejercicio estéril que, a lo que parece, nunca desanimó a los entusiastas practicantes de esta inveterada costumbre dentro del ámbito de la actividad físico-deportiva. Esta circunstancia quizá explique el uso, de nuevo, de conceptos medievales y tomistas,  como por ejemplo  el de corporeidad, para incluir en la descripción del cuerpo la presencia de auras multicoloreadas que, aunque no puedan percibirse a simple vista, algunos pretenden que se coviertan en un eficaz instrumento de expresión corporal.

No obstante, el cuerpo es una realidad a la que, durante la última centuria, las nuevas aportaciones de las ciencias humanas no solo juzgan desde el paradigma unitario sino que, también, han desvelado matices inéditos que reclaman una atención específica tanto para constituirse en objeto de estudio como para convertirse en objetivo de intervención. Como consecuencia, no solo se han ofertado nuevas denominaciones, hasta entonces inéditas, sino que también se han propuesto nuevas consideraciones que, en todo caso, destacan del cuerpo su capacidad como medio o instrumento de expresión de lo humano. Con esta intención, algunos autores, proponen lo “corpóreo” como contenido principal de esta nueva comprensión del cuerpo[1].

1. La polisemia del término cuerpo

Para el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, lo corpóreo estaría constituido por aquello que contiene cuerpo o consistencia, calificando de “corporalidad” la calidad de lo corpóreo. El Diccionario admite una veintena de acepciones para los significados posibles de cuerpo aunque sólo la corporeidad poseería una referencia a lo humano. Así pues, haciendo uso de nociones cercanas a las formulaciones de Zubiri, para Ana Rey, la corporeidad haría referencia a la vivenciación del hacer, sentir, pensar y querer, de tal manera que puede ser identificada con el “humanes” ya que el ser humano es y se vive sólo a través de su corporeidad.

En otras ocasiones, la perspectiva desde la que se pretende comprender la realidad corporal la orientan motivos más trascendentes que, como en el caso de la corporeidad desde la perspectiva teología, posee una trascendencia fundamental para el entendimiento de nociones más complejas como es, por ejemplo, la de persona. Carlo Rocchetta, en un intento de superación del viejo planteamiento dicotómico que tan tercamente han mantenido grandes sectores del cristianismo, afirma que la corporeidad no es una realidad que deba ser opuesta a la del espíritu, sino una dimensión inalienable de nuestro ser que ha de vivirse con el espíritu en una concreta y armónica integración[2]. Por tanto, dentro de la “unidad ontológica de la persona” que elabora Rocchetta, la corporeidad se manifestaría como un componente esencial con respecto a la subjetividad humana, la cual debería entenderse como el resultado de un equilibrio psicofísico. Desde ese carácter esencial, Rocchetta destaca distintos aspectos que, desde una perspectiva teológica, habrían de ser considerados: la corporeidad sexuada en todas sus dimensiones (biológico-genital, psico-afectiva, espiritual, masculina o femenina); la corporeidad social, donde el cuerpo personal funda el cuerpo social y viceversa; y la corporeidad cósmica, que desempeña el rol de misterialidad cósmica que, para este autor, se concreta en una especie de celebración litúrgica que es vivida en presencia del mundo y del Creador.

Las distintas perspectivas que se adoptan para abordar la comprensión del cuerpo o los diferentes intereses que motivan este acercamiento, frecuentemente, también destacan determinadas facetas de esta compleja realidad para lo que apoya la comprensión del cuerpo en tres pilares[3]:

Cuerpo real, el que se puede medir y pesar, que es mensurable. Exige que la intervención se realice mediante el empleo del sistema muscular como responsable de nuestra morfología y de nuestras transformaciones.

Cuerpo vivido, o aquel que ejerce su consciencia en el mismo instante, que subjetivo, que experimente placer o dolor. La intervención, por tanto, se fundamentaría en la consciencia propioceptiva.

Cuerpo emocional, que representaría a aquel que desde el inicio de la vida ha acumulado los recuerdos, experiencias y traumatismos. Esta memoria radicaría, básicamente, en los músculos, en la piel y en los órganos de las funciones esenciales (oído, tacto, digestión, respiración).

Los tres cuerpos funcionan como una unidad. Serían complementarios e interdependientes de tal manera que ninguno podría ser modificado sin que, como consecuencia, esta alteración afectara a los otros dos.

Igualmente, todas las ciencias, como consecuencia de los sistemas que elaboran o, simplemente, motivadas por el objeto de interés que las caracteriza, han dispensado al cuerpo diferentes tratamientos y, finalmente, han construido distintas descripciones. Citaremos algunas de las que con mayor claridad han influido en la valoración y en las sucesivas definiciones de lo corporal.

2. Teorías sobre lo corporal

Por tanto, vamos a intentar describir el constructo cultural del cuerpo, cuya evolución conceptual nos aconseja, como medida de contextualización en su ámbito de significado, sustituir su denominación por otra más apropiada a la terminología psicomotriz como puede ser: lo corporal, corporalidad o corporeidad.

Tradicionalmente, la comprensión de la naturaleza humana en el pensamiento occidental ha partido de la hipótesis que se desprende de una definición dicotómica del hombre (cuerpo-alma; soma-psique), la cual ha sufrido distintos embates hasta llegar a una nueva concreción estructural que aboga por una concepción total y unitaria de imposible división.

La descripción del cuerpo o de lo corporal, por ampliar con este término la perspectiva objeto de estudio, desbordaría el espacio y extensión de este trabajo. Por esta razón limitaremos nuestra exposición a aquella que actualmente puede servir para  destacar algunas de las perspectivas que, de manera significativa, influyen actualmente en la Motricidad y, especialmente, en el desarrollo de su metodología de intervención.

La progresiva construcción de un cuerpo de doctrina que identificase a la Motricidad se fue realizando merced a las diversas aportaciones que desde distintas teorías, especialmente psicológicas, se realizaron en un intento de entender, de manera más general, la naturaleza humana. Todas estas formulaciones, en general, tendieron a concretarse en una visión de carácter holístico que, como en el caso de la Gestalt, afirmará el principio de que el todo es mayor, o diferente, que la suma de sus partes. Ver a una persona como un todo mayor que la suma de sus partes es verla como todas las partes: cuerpo, mente, pensamiento, sentimiento, imaginación o movimiento, pero nunca como cualquiera de sus partes. En definitiva, podríamos destacar algunas  de estas corrientes doctrinales que han resultado trascendentes para la Motricidad.

a. La orientación psicoanalítica

El cuerpo no disfrutó siempre de un tratamiento uniforme dentro de la corriente psicoanalítica ni se lo otorgaron las numerosas escuelas que han matizado la teoría freudiana hasta tal punto de que, posiblemente, el único rasgo que permanece inalterable desde las primeras referencias de Freud hasta la actualidad sea la utilización del cuerpo para explicar la conducta y el del funcionamiento inconsciente.

En su primer planteamiento de las teorías de las pulsiones, Freud parte del entendimiento de un “cuerpo real” simbolizado por las necesidades del cuerpo biológico. Más tarde, de manera progresiva, irá sustituyendo esta noción pulsional por la libido y, al mismo tiempo, el cuerpo por el Yo, afirmando que “el Yo es, ante todo, un Yo corporal” de tal modo que no solo es una entidad de superficie, sino que él mismo es la proyección de una superficie[4].

En el análisis freudiano, por tanto, el cuerpo representa los deseos, las pulsiones y las necesidades del inconsciente y, como consecuencia, las fantasías que estos determinan. Y así, para Freud, todos los síntomas corporales son sustitutos, representación o consecuencia de un conflicto inconsciente que los convierte en simples elementos de un discurso[5]. Para el psicoanálisis, en general, es más funcional el concepto de “imagen del cuerpo”, que entiende como una superposición de imágenes correspondientes a la biografía del individuo. Se distinguen así dos conceptos: el de imagen del cuerpo y el de esquema corporal. Este último, en principio, sería el mismo en todas las personas cuya vida se hubiera desarrollado en las mismas circunstancias exteriores, siendo su elaboración parcialmente inconsciente, preconsciente y consciente. Por el contrario, la imagen del cuerpo es exclusiva de cada individuo, eminentemente inconsciente y se construiría como una síntesis viva de las experiencias emocionales, en palabras de Francois Dolto, como “una encarnación simbólica inconsciente del sujeto deseante”[6].

Esta imagen del cuerpo, para Lacan, se transforma en el elemento más importante y fundamental en la génesis de la personalidad. A través de lo que él denomina el “estadio del espejo”, donde se desarrollarían las primeras reacciones del individuo ante su propia imagen, se inicia un proceso merced al cual el niño se identifica a sí mismo mediante la constitución de su Yo como un “otro”.

En este apresurado repaso de lo que la teoría psicoanalítica ha representado para la elaboración del concepto de lo corporal no puede olvidarse la figura del polémico y heterodoxo Wilhelm Reich. Quien fuera el discípulo predilecto de Freud no admitía la reducción del cuerpo a la mera función de representar conflictos inconscientes. Para él, el conflicto se generaría en el mismo cuerpo y se manifestarían sus síntomas a través de la producción de tensiones musculares, lo que denominaba “alteraciones orgásmicas”, que con un componente de naturaleza física y psíquica describirían una determinada tipología corporal[7]. Por eso, llegaría a afirmar que “toda rigidez muscular contiene la historia y la significación de su origen”. Reich creía que la realidad mental propuesta por Freud, como único espacio donde podemos vislumbrar la presencia de nuestro Yo, no expresaba suficientemente la complejidad que envuelve al sujeto. Su verdadera realidad, aunque posee una parte que corresponde a lo mental, también se haría tributaria de toda una serie de estructuraciones musculares que corresponden, con el propio cuerpo, a su propia historia personal. Esta concepción de W. Reich, que no considera al cuerpo como una proyección, sino como un lugar de inscripción de conflictos psíquicos que se materializan a través de tensiones musculares sustentadas por la vida emocional, brindó a la psicomotricidad nuevas posibilidades que, en parte, se empleron para diseñar  técnicas y para argumentar las posiciones de las corrientes que se conocen con la denominación de escuela bioenergética. Los pilares conceptuales de la clínica reichiana se constituirían con el concurso de los siguientes instrumentos[8]:  el contacto, la función del orgasmo, la energía y la verbalización.

Resumiendo, podemos concretar que en Freud el cuerpo real (el cuerpo biológico de la teoría de las pulsiones) se desplaza para dejar su lugar a la libido mientras que, paralelamente, el Yo se convierte en la metáfora del cuerpo. Quizá por eso, como señala Daniel Denis, a menudo, si se habla tanto del cuerpo, “es para evitar hablar del incosnciente”[9].

El cuerpo, por tanto, sería el deseo inconsciente y las fantasías que determina y es el resultado de una elaboración secundaria lo cual exige una decodificación. Sin embargo, la práctica psicoanalítica tradicional y ortodoxa no considera al cuerpo en su metodología.

En el aporte psicoanalítico a la teoría del cuerpo quizá el concepto más original que se incluye sea su noción de “imagen del cuerpo” la cual se entiende como una superposición de imágenes que se van estructurando y superponiendo desde la base que proporciona la imagen arcaica hasta la imagen actual a través de la evolución del ser humano.

Muchas han sido las propuestas que, tomando como punto de partida a Freud, han ofertado distintas alternativas conceptuales, epistemológicas o metodológicas. El Psicoanálisis ha evolucionado hasta llegar a la noción de “cuerpo real” que, como hemos visto, entiende sumergido en una compleja red de interrelaciones en la que intervienen los contenidos biológicos, psicológicos, somáticos, vivenciales, históricos y sociales del sujeto que dan cuenta de una existencia entendida como realidad global. Con todos estos datos, valorados de manera diversa, en el ámbito de la Psicosomatoterapia surgen distintas escuelas de analítica corporal:

Análisis corporal de la relación (André Lapierre): busca el conocimiento y la resolución de conflictos inconscientes a través del juego simbólico, la relación corporal y el análisis verbal.

Bioenergética (A. Lowen y J. Pierrakos): pretenden disolver las tensiones musculares crónicas mediante el movimiento, la expresión emocional y su análisis.

Corenergética (J.C. Pierrakos): añade al método bioenergético el contacto con el núcleo energético del ser humano.

Focusing (E. Gendlin): enfoca y analiza la relación entre las sensaciones corporales de los problemas y su distinta simbolización.

Gestalt (Frizt Perls): trata de hacer consciente a la persona de las motivaciones inconscientes de su síntoma somático integrando conclusivamente los aspectos desconocidos.

Morfoanálisis (Serge Peyrot): trabaja el síntoma psicosomático en la estructura morfológica con técnicas corporales y analíticas. La morfoanalítica elabora su cuadro terapéutico sobre tres pilares: a) el cuerpo real, que se puede medir, pesar, es mensurable. Se trabaja con el sistema muscular responsable de la morfología y de nuestras transformaciones. b) El cuerpo vivido o cuerpo que ejerce su consciencia en el instante. Es subjetivo, siente y experimente el placer y el dolor. Se trabaja a través de la conciencia propioceptiva. c) el cuerpo emocional o aquel que, desde el nacimiento, va acumulando experiencias, recuerdos y traumatismos. Esta memoria radicaría, básicamente, en los músculos y en la piel y también en los órganos de las funciones esenciales (oído, olfato, digestión, respiración, etc.).

Los tres cuerpos funcionarían como una unidad, son complementarios e interdependientes y no se puede modificar uno sin afectar a los otros.

Psicoanálisis dinámico (Sean Sarkissoff): tiene como objetivo la resolución de los conflictos intrapsíquicos mediante el análisis de la producción verbal y corporal.

Psicodrama (J. Moreno): analiza las motivaciones inconscientes que impulsaron un modo de actuar en la historia personal mediante la representación corporal de situaciones de la vida real.

Vegetoterapia (W. Reich): busca restituir las carencias afectivas debidas a bloqueos emocionales del sujeto en su infancia, mediante técnicas corporales que integran los contenidos psíquicos y musculares.

En este tema quizá sea André Lapierre quien haya aportado una adecuación metodológica al ámbito escolar más especifica. Su propuesta de “análisis corporal de la relación”, como ocurre con el análisis freudiano, se apoya en la rememoración, la reactualización a través de la transferencia, de los recuerdos olvidados y reprimidos en el inconsciente. No se trata solo de acordarse de las escenas del pasado, sino también de “vivirlas” con toda su intensidad emocional de tal manera que, como afirman Laplanche y Pontalis, “la rememoración encuentra su eficacia terapéutica, sólo cuando el recuerdo conlleva la reviciscencia del afecto ligado a él en su origen”[10], lo que habitualmente se denomina regresión.

Este psicomotricista francés contribuye a la consolidación de una perspectiva que C. Alemany calificaba de “cuerpo vivenciado y analizado”, en la que las emociones son su principal elemento de interés. Como afirma Stanley Keleman, la anatomía humana es más que un proceso bioquímico, es una morfología emocional, de tal manera que, en su opinión, unas formas anatómicas particulares producen una determinada correspondencia de sentimientos humanos. Para él existe un “plan corporal” según el cual los diferentes conductos, capas, bolsas y diafragmas actúan juntos para originar una sensación del propio ser y en el que cada parte (corazón, útero, abdomen, intestinos, pulsaciones, etc) determina diferentes sensaciones y sentimientos.

b. Henri Wallon y la Psicología genética

Este psicólogo desarrolla una teoría sobre el cuerpo cuya argumentación podría resumirse en tres planteamientos básicos:

– La consideración del tono muscular como la trama básica sobre la que se sustenta cualquier tipo de relación con el otro. El diálogo tónico que se establece suele ser una reviviscencia del mantenido originalmente entre el niño y su madre, iniciándose desde él la construcción del edificio afectivo. Como prolongación terapéutica de estos planteamiento, Wallon profundiza en el uso de las técnicas de relajación en las que busca, sobre todo, experiencias tónicas.

– La expresión psicomotriz del cuerpo en la relación con el otro. Las funciones de intercambio de mensajes y de comunicación en general, implícitas en toda relación tónica, se concretan utilizando, como material básico, la función postural. Esta función postural estaría ligada esencialmente a la emoción o, lo que es lo mismo, a la exteriorización de la afectividad.

– El cuerpo como relación. Afirma Wallon que la fusión afectiva primitiva a través de las relaciones objetales, el maternaje o la diada, según que terminología utilice cada autor para designar las relaciones interactivas que se desarrollan entre el niño y su madre o, en su defecto, con la persona que ocupa su lugar a través de las funciones nutricias, del aseo y del contacto, condicionará todos los desarrollos posteriores del sujeto. Esta fusionalidad se expresa también mediante los fenómenos motores que constituyen el diálogo tónico que, en cualquier caso, más tarde, se convertirá en el preludio del diálogo verbal posterior.

Para Wallon, el concepto de “imagen corporal” se basa y es consecuencia de la relación dialéctica que se establece entre el enfoque fisiológico, el estudio del sistema nervioso y la psicología. Construye el esquema corporal, primero, sobre la base de la introspección y la propiocepción y, después, de la exterocepción, para terminar elaborando un espacio unificado en cuya manifestación sólo interesan las actitudes y las relaciones, no las contracciones musculares o los movimientos mecánicos. Con estos recursos, afirma Wallon, es posible completar, en primer lugar, el proceso de identificación de sí mismo y, más tarde, el de diferenciación que se irá completando a lo largo de la infancia del sujeto.

La descripción que formula Wallon de la génesis de las emociones parte de la relación existente entre el tono, la función postural y la actividad orgánica del individuo. A todas ellas las considera como recursos expresivos que permiten la relación entre el niño y su entorno.

c. Jean Piaget o la perspectiva constructivista

Pese a que su perspectiva cognitiva nunca mostró un interés específico por lo corporal, sin embargo, sus aportaciones constituyen una referencia ineludible para entender la dimensión cognitiva de la conducta humana, también de sus procesos de aprendizaje y, como consecuencia, para diseñar cualquier tipo de intervención psicomotriz en la escuela. Algunos de sus seguidores, agrupados en lo que se conoció como la “Escuela de Charleston” intentaron llevar a la práctica sus formulaciones a través del juego en edades comprendidas entre los 0 y los 7 años.

No obstante, en las hipótesis piagetianas se otorga un papel relevante a la acción como base y elemento nutricio del proceso de desarrollo intelectual aunque también, lo que quizá sea igualmente importante para su aportación a la psicomotricidad, evidencia que es el nivel de desarrollo alcanzado por la estructura cognitiva y por los procesos de pensamiento lo que determina la solución de aspectos tan importantes como la elaboración de una respuesta conductual, la comprensión del propio cuerpo y de aquellos otros parámetros fundamentales, como son la percepción del espacio y del tiempo, fuera de los cuales el movimiento carece de sentido.

Para Piaget, el conocimiento humano se apoya, de manera fundamental, en la estructura biológica general, en el estado de maduración del individuo y en el grado de desarrollo de sus capacidades, constituyendo, a la vez, un recurso adaptativo y el medio de interacción del hombre con su medio. Este proceso de adaptación, que el psicólogo suizo expresa a través de dos funciones, la “asimilación” y la “acomodación”, se constituirá en el referente inspirador y fundamental de muchas metodologías psicomotrices y de numerosas estrategias de aprendizaje escolar.

Ambas funciones, y su desarrollo, la asimilación o aferencia de la información exógena por parte del organismo y la adaptación del medio en función de sus características, y la acomodación o adaptación del organismo a las condiciones externas, están condicionadas por dos tipos de factores: unos endógenos, que vienen determinados por la maduración orgánica y biológica del individuo, y otros exógenos, aportados por el medio y entre los que destacan especialmente aquellos que provienen de las experiencias del sujeto y que son aportados a través de la transmisión social mediante recursos, como, por ejemplo la escuela.

Por tanto, para Piaget, el desarrollo de la actividad cognitiva es un proceso continuo comparable al de la construcción de un edificio en el que cada nivel sustenta a las plantas superiores, los cimientos a la totalidad de la estructura y, al mismo tiempo, la adición de nuevos elementos constituye un perfeccionamiento y contribuye a proporcionar una mayor solidez y funcionalidad al conjunto de la obra.

La mayor incidencia del pensamiento de Piaget en lo que se refiere a la estructuración de los contenidos del cuerpo doctrinal teórico-práctico de la Psicomotricidad, como no podía ser de otra manera, se refiere a la dimensión cognitiva del individuo. Sus formulaciones sostienen que, inicialmente, el pensamiento proviene de la coordinación que se establece entre los actos externos, de la coordinación de los movimientos, y las estimulaciones sensoriales. Por tanto, para contribuir al desarrollo del ámbito cognitivo, no son los músculos o las capacidades físicas las que requieran un entrenamiento específico, sino aquel mecanismo que los conecta a cada una de las actividades sensoriales.

Para algunos autores, las aportaciones de Piaget pueden concretarse en lo que se ha dado en denominar “pensamiento motor”. Este concepto, que se basa en aspectos biológicos, como el desarrollo de las aptitudes físicas, y en el momento de maduración neuromotriz que fijan, fundamentalmente, las leyes del desarrollo céfalo-caudal y próximo-distal, además, requiere de otros datos fundamentales proporcionados por los sentidos, internos y externos que están referidos a una información muy diversificada, tanto de origen endógeno o propioceptivo como de procedencia exógena o exteroceptiva. A través de esta integración multifactorial, el individuo adquiere la intuición y la conciencia de él mismo, del espacio donde se ubica y del tiempo en el que ordena tanto las percepciones como su conducta. Sólo así el niño comienza el diseño y ejecución continuada de una conducta que puede elaborar de manera anticipada y estableciendo correcciones que le permitan una más eficaz adaptación a cualquier variación producida en el medio o en él mismo. Para la Escuela de Charleston los componentes de este pensamiento motor serían: el control reflejo, la imagen mental del cuerpo (basada en el concepto de esquema corporal), la coordinación de los ejes del cuerpo, el equilibrio corporal y la acción coordinada.

3. La corporalidad

Los exhaustivos estudios que sobre lo corporal se han abordado desde distintos ámbitos científicos revelan dos circunstancias que, sin duda, han de tener en el futuro importantes repercusiones sobre el concepto de Motricidad: un mayor interés hacia el cuerpo y el convencimiento de que éste se encuentra en la base del entendimiento del ser humano sea cual fuere la perspectiva o el elemento de interés desde el que se inicie la aproximación a su estudio.

Posiblemente, fue en los ámbitos antropológicos desde donde antes se intentó conciliar los numerosos datos parciales que empezaban a acumularse sobre lo corporal. Ya en 1970, Luis Cencillo, desde el punto de vista de una antropología integral, utiliza el término “corporeidad humana” en un ensayo que pretendía transcender cualquier significación parcial del cuerpo humano[11].

Este jesuita español afirmaba que desde la escisión cartesiana entre “res cogitans y res extensa” no se ha logrado un enfoque acertado de la corporeidad humana[12]. En su opinión, por una parte, las tendencias intimistas de Kant o de Bergson han frecuentado una devaluación idealista de la corporeidad, mientras que, por otra, las tendencias empiristas-materialistas y todas las cientificistas han ignorado la especificidad de la intimidad, de los fenómenos gnoseológicos-volitivos y de la afectividad, tratando de reducir todo a un juego mecánico de células. Ante esta situación, para entender la corporeidad humana, su alternativa propone que han de ser tenidos en cuenta dos tipos fundamentales de datos: la densidad de una intimidad previa a toda percepción objetualizada, en la que se incluye el inconsciente; y que el sujeto esté instalado en el mundo por mediación de su corporeidad.

Y así, la base inicial de su concepto de corporeidad la sitúa en un cuerpo que define como “un sistema orgánico de filtros y de accesos que sirven de engranaje a la intimidad con el conjunto de disponibilidades de la energía cósmica”[13] y al que asigna la función, de acuerdo con Merleau-Ponty, de estructurar una organización de funciones polivalentes.

Esta compleja estructura posibilitaría diferentes funciones[14]:

– De vitalización, en la que se incluyen otras más específicas como:

. Energetización que, desde el cosmos, suministra la energía vital corporal necesaria para la intimidad.

. Función radicadora que permite la vinculación cósmica de la intimidad.

. Función activo-coordinativa que facilita las relaciones prácticas de la intimidad con el medio circundante y con el cosmos. Su objeto sería la modificación real del cosmos.

– De relación, a través de:

. Apertura selectiva de la intimidad hacia posibilidades y dimensiones directamente inasequibles para ella (armonías, colores, lejanías, temperatura, etc.)

. Intersubjetividad. Es la mediación del cuerpo lo que produce el encuentro incipiente de las intimidades entre sí.

– De manifestación, que nos coloca en presencia de los aspectos más positivos del existir humano: presencia, formositas o manifestación impletiva de la forma y expresividad.

Incluso desde una perspectiva teológica, ha parecido conveniente abandonar las viejas y tópicas conceptualizaciones para integrar así nuevas y obligadas maneras de entender la naturaleza humana. Puede servir para ilustrar esta situación la propuesta que elabora Carlo Rocchetta para construir una “refundación de la ascética cristiana del cuerpo” que se basa, de manera singular, en una corporeidad, entendida como valor, que participa del valor absoluto de la persona creada a imagen y semejanza de Dios[15]. No será, por tanto, una realidad que deba oponerse al espíritu, sino una dimensión inalienable de nuestro ser que ha de vivirse con el espíritu en una concreta y armónica integración. Esa unidad ontológica de la persona, componente esencial e insustituible respecto a la subjetividad humana, ha de revelarse como un equilibrio psicofísico.

Aunque con significado distinto, también, en ciertos ámbitos relacionados con la Educación Física, se ha empezado a utilizar el término “corporeidad” como forma de designar una determinada manera de entender el concepto de cuerpo que se pretende inédita[16]. Con este vocablo, Eugenia Trigo, pretende diferenciar este concepto de la realidad física del cuerpo y, al tiempo, destacar ciertos rasgos que pretende exclusivos de la conducta humana pero que, en todo caso y con otras palabras, se refieren a nociones psicológicas tales como la conciencia, lo volitivo, lo cognitivo, lo afectivo o lo expresivo. Entiende Trigo que mientras que el cuerpo “sólo hace”, la “corporeidad humana” permite la existencia del ser humano mediante la unidad de seis aspectos: el hacer, el saber, el pensar, el sentir, el comunicar y el querer (“pienso y siento al tiempo que hago; actúo porque siento y pienso”). De esta manera, finalmente, concluye este concepto de corporeidad referida al ser humano[17] como “la vivenciación del hacer, sentir, pensar y querer de manera que podemos identificar corporeidad con humanes ya que el ser humano es y se vive sólo a través de su corporeidad”[18]. Este concepto se convierte en objeto de la intervención psicomotriz, lo que el grupo al que pertenece esta autora denomina ludomotricidad, ergomotricidad o ludoergomotricidad, según cuáles sean los fines o los ámbitos de realización de la acciones[19].

Autores como Joaquín García Carrasco y Ángel García del Dujo, pretendiendo una fundamentación epistemológica de los procesos educativos, destacan el concepto de “corporalidad” como objetivo fundamental de la reflexión formativa y como destinatario primordial de la interacción[20]. Postulan estos autores que “la corporeidad específica es el producto global de la evolución, pero también constituye el ámbito básico al que la actividad mental aplica su objetivo primario: resolución de necesidades, búsqueda de sus comodidades, justificación o reducción de los impulsos, aceptación o rechazo de sus caracteres, mediador fundamental en las comunicaciones, etc.”[21]. De esta manera de entender la vida de la corporeidad, de como la asuma cada individuo, dependerá su calidad de vida la cual, en consecuencia, se asocia a la forma en que se representan las condiciones de corporeidad y la capacidad de conseguirlas en la relación con el mundo, de como se resuelva, por tanto, la relación adaptativa. Esta relación específica, como ya expusimos anteriormente, daría como resultado un complejo cultural, una cosmovisión, de la que una de sus bases fundamentales sería el concepto específico que de la corporeidad se elabore.

También, desde la esfera de la psiquiatría, algunos han creído necesaria la matización del concepto de cuerpo o corporeidad con la utilización del término “corporalidad” en un intento de agrupar su conocimiento, a través de su esquema corporal, y, su vivenciación, merced a la imagen corporal. Desde esta nueva concepción, José Guimón enumera las distintas perspectivas que posibilitan el acceso al conocimiento del cuerpo[22]:

– La introspección, que dio como fruto el conocimiento de la corporalidad vivida del cuerpo como realidad fenomenológica en contraste con el término cuerpo (anatómico-fisiológico) y en la que destacan autores como Marcel, Merleau-Ponty, Sartre, Scheler o Zutt.

– El psicoanálisis, que añade la noción de cuerpo libidinal como objeto y motor de las pulsiones.

– El estructuralismo, que utiliza la descripción de sensaciones, imágenes, sentimientos y otros procesos conscientes mediante la introspección realizada por sujetos entrenados para estudiar la conciencia (Wundt, por ejemplo).

– El conductismo que se interesa por la conducta a través de la observación y que, por consiguiente, considera al cuerpo como una fábrica de actividades.

Para sustentar este de conocimiento del cuerpo, o corporalidad, Guimón considera que han de utilizarse tres conceptos fundamentales: el esquema corporal, la imagen del cuerpo y la imagen corporal.

Esquema corporal. El concepto que Guimón mantiene sobre esta noción coincide con el expresado por Ajuriaguerra que lo entendía como la “representación más o menos consciente de nuestro cuerpo, inmóvil y en acción, de su posición en el espacio, de la postura respectiva de sus diferentes elementos, del revestimiento cutáneo por el que se halla en contacto con el mundo”[23]. Este concepto sería relativamente equivalente a otras denominaciones formuladas a lo largo de la historia de la Psicología, como son: Cenestesia (Peisse, 1844), Esquema postural y Modelo postural (Ey, 1967), Imagen espacial del cuerpo (Pick, 1904) o Imagen de nuestro cuerpo (Lhermitte, 1932).

Imagen del cuerpo, que se identifica con el concepto propuesto por el Psicoanálisis y también denominado como “cuerpo libidinal o pulsional”. Esta imagen del cuerpo, así entendida y tal y como la propondría Paul Schilder, estaría constituida por la modelación de los elementos gnósicos y práxicos, constitutivos del esquema corporal, por la acción de la libido o, lo que sería lo mismo, según el planteamiento de Marcel, por el investimiento libidinal que nos permite vivenciar diferencialmente nuestro propio cuerpo y tener vivencia corporal. El “corps vécu” o el “vécu corporel”, el cuerpo vivido al que se refería J. de Ajuriaguerra.

Imagen corporal o, como la describe Slade, aquella representación mental vaga del cuerpo que se halla influenciada, por lo menos, por los siguientes factores: Imput sensorial respecto de la experiencia corporal, variables biológicas, variables cognitivas y afectivas, psicopatología individual, la fluctuación del peso a lo largo de los años, las actitudes individuales hacia el peso y las formas corporales y, finalmente, las normas sociales y culturales respecto a la corporalidad.

 

 

4. La vivencia del cuerpo

Si se supera el viejo concepto anatómico-fisiológico tan recurrente en Medicina o en la Educación Física constituida exclusivamente desde estos planteamientos, como afirma M. Merleau-Ponty, el cuerpo no será ya un objeto solamente[24] y, por la misma razón, “la conciencia que del mismo tengo no es un pensamiento”. Sostiene este autor que “ya se trate del cuerpo del otro o del mío propio, no dispongo de ningún otro medio de conocer el cuerpo humano más que el vivirlo (…), soy mi cuerpo, por lo menos en toda la medida en que tengo un capital de experiencia y, recíprocamente, mi cuerpo es como un sujeto natural, como un bosquejo provisional de mi ser total”[25].

En la literatura psicomotriz constantemente tropezamos con la noción de vivenciación entendida como una situación experiencial deseable y, casi siempre, escasamente explicada. Muy a menudo, este término se aplica al cuerpo hasta tal punto que, así formulado, la vivencia del cuerpo, se convierte en un paradigma fundamental que exigirá, más tarde, su inclusión como objetivo en la mayoría de las estrategias de intervención.

El creciente interés, en ocasiones desmesurado, que por lo corporal se detecta en la sociedad occidental, en opinión de Carlos Alemany, ha suscitado una suerte de culto al cuerpo que él mismo califica de paradójico. En esta nueva consideración de lo corporal se aprecian implicaciones muy diversas: la moda, los negocios, la dimensión deportiva, los aspectos lúdicos, culturales e, incluso, su relación con la dietética. En definitiva, tras este pluriverso, C. Alemany vislumbra dos orientaciones principales en la manera de vivir el cuerpo: desde fuera y desde dentro[26].

Vivir el cuerpo desde fuera se concreta en tendencias que él identifica con la atención y cuidado hedonista del cuerpo, con un cuerpo admirable o con el valor instrumental del cuerpo.

Vivir el cuerpo desde dentro implicaría la búsqueda de una autocomprensión, situar el “acento en el adentro” mediante un diálogo con el cuerpo sentido y encontrar el valor en el proceso, es decir, descubrir la gratuidad del proceso de “ser” en vez de “tener”. Esta gratuidad ha de constituir un valor en sí misma y, aplicada al cuerpo, quiere decir que uno mismo lo aprecia y se comunica con él, con el que es.

Uno de los objetivos o la consecuencia de esta vivenciación, que a veces no se conoce bien cual de las dos posibilidades es más importante, es para muchos la construcción de una abstracción que, generalmente, si no es ambigua a menudo es de un conocimiento escaso. En ella se mezclan distintas nociones a las que se otorga un sentido y un significado equivalente: autonomía, autoconcepto, autoaceptación, autoimagen, etc. En el fondo, detrás de todos estos términos subyace una intención cognitiva cuyo objeto somos nosotros mismos y la relación que mantenemos con nuestro cuerpo.

Como nos recuerda Piera Aulaguier, la realidad es autoengendrada por la actividad sensorial y, por tanto, nuestra relación con el cuerpo y con la realidad están en función “de la manera en que el sujeto oye, deforma o permanece sordo al discurso del conjunto”[27]. En consecuencia, estamos permanentemente reformando, recreando nuestro psiquismo y nuestro entorno lo que nos permite disfrutar de la suficiente libertad para experimentar diferentes formas y estados somáticos “como parte de nuestro existir corporal”[28].

La conciencia será, por tanto, el factor fundamental para alcanzar una noción que, dependiendo de cuáles sean los elementos que la nutran, se distinguirá con denominaciones diferentes. Esta selección de materiales en la construcción de una especie de autoconcepto constituirá, para unos, la organización de una determinada estructura y, para otros, el resultado de lo que M. Feldenkrais calificaba de “autoimagen”[29].

La actuación del individuo estaría condicionada por esta autoimagen de uno mismo construida a lo largo de los años mediante el uso los datos provenientes, fundamentalmente, de cuatro procedencias distintas: el movimiento, la sensación, los sentimientos y el pensamiento. He aquí, por tanto, lo que podría considerarse objetivo específico de una intervención psicomotriz que persiguiera, como objetivo general, la adquisición de una vivencia o conciencia corporal.

Gerda Alexander, en su concepto de “eutonía”, incluye la toma de conciencia de la unidad psicofísica del ser humano. Para ella, la motricidad, como resultado de la unión de la información consciente e inconsciente, no puede reducirse a una mera sucesión de movimientos.

La eutonía se ha de buscar, indefectiblemente, en el contacto permanente con el medio de manera que sólo se consigue esta unidad psicofísica merced a la observación intensa y a la actuación consciente sobre nuestras tensiones musculares y nerviosas, sobre el tono, sobre el sistema neurovegetativo y sobre el sistema neuromotor.

El término de conciencia corporal, posiblemente de uso más generalizado, estaría ligado, dependiendo de quién sea el autor que lo utilice, a otras muchos conceptos como son, por ejemplo, los de “Yo”, “yo corporal”, “imagen corporal”, “imagen de sí” o, simplemente, “esquema corporal”. Schilder, por ejemplo, denomina esquema corporal a una noción muy semejante a la que Head llama esquema postural, mientras que Wapner, según en qué casos, lo denomina imagen del cuerpo, modelo del cuerpo, imagen de sí o percepto de cuerpo.

Como ya hemos visto, el término “imagen corporal” es el que con más frecuencia se usa en los ámbitos psicoanalíticos, donde muchos autores lo utilizan para entender las etapas de la organización del Yo. Schilder considera la “imagen del cuerpo” como aquella imagen del propio cuerpo que formamos en el espíritu o como aquella forma con la que el propio cuerpo se aparece ante nosotros mismos. Para este autor, esa imagen corporal estaría formada por tres tipos de materiales: los fundamentos fisiológicos, la estructura libidinal y el aspecto social.

M. Frosting, al proponer el término “conciencia corporal” intenta recuperar una diversificación taxonómica en la que distingue tres funciones:

– La imagen corporal o suma de todas las sensaciones y sentimientos que conciernen al cuerpo (el cuerpo como se siente).

– El esquema corporal o adaptación de los segmentos corporales y de la tensión o relajación necesarias para mantener la postura.

– El concepto corporal o conocimiento fáctico del cuerpo, condicionado por la información que sobre él poseamos (por ejemplo: saber que tiene ojos, dos hombros que unen los brazos al cuerpo, etc.). Su desarrollo, por consiguiente, estará condicionado a un aspecto específicamente cognitivo como es la información que se proporcione al niño sobre su propio cuerpo.

Este “Yo corporal” y el propio esquema corporal, serán las primeras referencias de que disponga el individuo para organizar su relaciones con el entorno, con los objetos, con los demás, con el “no yo” en general e, incluso, consigo mismo. Desde el conocimiento y aceptación de nosotros mismos y de nuestras posibilidades de actuación nos ubicamos en el contexto espacio-temporal y diseñamos los patrones de conducta que creemos más eficaces para resolver el permanente problema adaptativo. Pero este conocimiento de nosotros mismos lo vamos estructurando en igual medida que maduran y se desarrollan aquellas aptitudes necesarias para su elaboración: el desarrollo y la maduración física, el desarrollo intelectual y la experiencia obtenida de los efectos producidos por las acciones o conductas realizadas.

En definitiva, este conocimiento siempre será consecuencia de la experiencia, el resultado de nuestras acciones en la interacción con el entorno, la interiorización de la información de retorno que, de nosotros mismos, nos remite el espejo, que es la realidad, al actuar sobre ella y ante él y, por tanto, la conclusión obtenida de la vivenciación total de nosotros mismos y de nuestro actuar. De acuerdo con Wallon, el esquema corporal no ha de considerarse ni como un dato terminal ni como una aptitud biológica sino como el resultado de una relación ajustada entre el individuo y su medio lo que le convierte en el elemento indispensable para la construcción de la personalidad.

De como se entienda esta vivenciación del cuerpo y de su actuar dependerá el modelo de intervención que en cada caso se diseñe o el ámbito en que se concrete: educativo, clínico, terapéutico, etc. Esta noción de vivencia, cada autor la describe desde determinados planos y niveles y, como consecuencia, ampliando o reduciendo los elementos que la forman. En todo caso, una concepción globalista entenderá la vivencia como una experiencia compuesta, cuando menos, de elementos motrices, cognitivos y afectivos, que se desarrolla tanto en el plano racional como en el simbólico con repercusiones en los niveles conscientes e inconscientes.

Por todo esto que hemos visto anteriormente, no debemos terminar sin recordar que no todos los autores se conforman con la simple utilización de la noción de esquema corporal pues en ella no pueden contenerse cuantos aspectos creen necesario contemplar para entender un concepto tan complejo como es la vivenciación del cuerpo. En consecuencia, amplían sus contenidos o completan la descripción vivencial y cognitiva del cuerpo y de sí mismo con otras nociones tales como la imagen corporal o la autoestima.

 

a. La imagen del cuerpo.

Posiblemente fuera las psicoanalista la primera escuela psicológica que intentó la reconstrucción de un cuerpo que conservara la totalidad de sus dimensiones y toda la complejidad de sus relaciones estructurales. El mismo Freud describe un cuerpo real (el cuerpo biológico de la primera teoría de las pulsiones), que se desplaza para dejar su lugar a la libido mientras que, paralelamente, el Yo se convierte en metáfora del cuerpo. Y así, llegará a afirmar que “el Yo es ante todo un Yo corporal, no solo una entidad de superficie, sino él mismo la proyección de una superficie”[30]. El cuerpo, por tanto, representa el deseo inconsciente y las fantasías que determina. El sistema corporal es, para Freud, el sustituto de un conflicto inconsciente que forma parte del orden de la representación de un discurso, “es considerado un elemento del discurso”[31]. El cuerpo será efecto de una elaboración secundaria, lo cual exige su descodificación.

Schilder, en 1913, introdujo el concepto de “imagen del cuerpo” como integración de: los datos neurofisiológicos (esquema corporal); datos psicoanalíticos (la estructura libidinal del cuerpo); y las patologías psicomotrices y neurológicas.

También los psicoanalistas han formulado su alternativa a otros conceptos de significado cercano al de cuerpo. Para ellos la “imagen del cuerpo” se concibe como una superposición de imágenes que se inicia con una imagen arcaica y llega hasta la imagen actual, representando, de alguna manera, la evolución del ser humano. F. Dolto la describe como una síntesis inconsciente y viva de nuestras experiencias emocionales, como la encarnación simbólica inconsciente del sujeto deseante[32].

Durante esta construcción progresiva, a los seis meses, en la etapa que Lacan denomina “estadio del espejo”, el Yo se constituye como un otro.

Aún más radical se mostrará la oferta que, presenta W. Reich para quien el cuerpo no es reductible a la palabra, sino que lo considera en su materialidad como un sistema muscular, sensorial y respiratorio. No le reduce a la sola función de representación de conflictos inconscientes sino que el conflicto original se sitúa en el propio cuerpo que, en adelante, será el que manifieste las tensiones corporales que suele concretarse en alteraciones orgánicas.

Marilou Bruchon-Schweitzer considera que la imagen del cuerpo, suponiendo que las percepciones, actitudes y afectos, centrados en el propio cuerpo se integrasen en una Gestatl unitaria y global, aparecería como un conjunto de representaciones del individuo, complejas, específicas, independientes entre sí y, además, estables y coherentes[33].

Por tanto, como aconsejaba Descamps en 1986, la Psicología debe descubrir el cuerpo sin reducirlo por eso a unos estados de conciencia que restablezcan implícitamente el dualismo cuerpo-alma. Por el contrario, deberá ser estudiado desde tres perspectivas distintas[34]:

– Mirada exterior o en tercera persona, que capte al cuerpo como un objeto no solamente estático, sino también en movimiento: movimientos adaptativos, técnicas corporales, gestos expresivos, etc.

– Mirada en segunda persona, que se dirige al cuerpo de los otros, a la apariencia.

– Mirada en primera persona o la que uno dirige a su propio cuerpo. La coherencia somatopsíquica individual es el resultado de la actividad psíquica del individuo.

Entendido así el cuerpo, esta autora considera que cada una de estas perspectivas requiere una respuesta diferenciada dentro de la estrategia propia de la intervención psicomotriz o unos procedimientos evoluatorios distintos.

– La mirada en tercera persona utilizará los tests objetivos para observar el comportamiento.

– La mirada en segunda persona recurrirá a la observación para analizar la conducta de los otros

– La mirada en primera persona deberá interesarse por la representación de sí a través de técnicas autoevaluativas.

Tampoco desde una formulación psicoanalítica puede reducirse la imagen del cuerpo a una información anatómica como aquella a la que, algunos, reducen la noción de esquema corporal. Francoise Dolto afirma que esta se elabora en la misma historia del sujeto, modificándose a lo largo de su desarrollo. La concibe, por tanto, como una imagen dinámica que sería el resultado de otras tres posibles imágenes[35]:

Imagen de base o dimensión estática. Que permite al individuo experimentarse en la “mismidad de ser”, en una continuidad narcisista[36] o en la continuidad espacio-temporal que es su vida.

Imagen funcional o imagen esténica de un sujeto que tiende al cumplimiento de su deseo.

Imagen exógena, asociada a determinada imagen funcional del cuerpo. El lugar donde se focaliza placer y displacer erótico en la relación con el otro.

Para reorganizar estos tres componentes en una imagen coherente, dinámica, es necesario: primero, que la imagen funcional permita una utilización adaptada del esquema corporal; y, en segundo lugar, que la imagen erógena abra al sujeto a la vía de un placer compartido, humanizante por lo que tiene de valor simbólico, y que pueda hallar expresión en la mímica, la acción y la palabra. Y así, la síntesis de las tres imágenes daría lugar a una imagen del cuerpo que sería una síntesis viva, en constante devenir, de base funcional y erógena, que las mantendría enlazadas entre sí por las pulsiones de la vida que se actualizan para el sujeto en lo que F. Dolto denomina “imagen dinámica” o deseo de ser y de perseverar en un devenir. Dicho de otra forma, será siempre la de un deseo en busca de un nuevo objeto.

 

b. La autoestima

Hasta ahora nos hemos referido al conocimiento de uno mismo de manera excesivamente simplista, puesto que obviábamos aspectos tan decisivos como el sentido de valoración que inmediatamente suele adquirir cualquier conclusión cognitiva. La percepción que un individuo realiza de su propio valor o de su valía personal es tan importante para él mismo que una autoimagen pobre perjudica, finalmente, el funcionamiento normal de su comportamiento. Por esa razón, Albert Ellis y Russell Greiger consideran que unas de las funciones de cualquier intervención reeducativa o psicoterapéutica ha de pretender el aumento de la autoestima del individuo o lo que también podríamos denominar como refuerzo del Yo. Pero Ellis y Greiger distinguen entre dos nociones que aclaran este concepto que, en sí mismo, incluye aspectos muy complejos que aconsejan diferenciar, al menos, tres nociones[37]:

– Autoestima: Valoración que de sí mismo realiza el individuo como consecuencia de una actuación correcta, competente e inteligente.

– Autoaceptación: Aceptación de sí mismo, total e incondicionalmente, con independencia de su comportamiento o de la aceptación de los demás.

Autoconcepto: La difusión y el uso cada vez más generalizado nos impide ignorar este tercer concepto muy relacionado con los dos anteriores y que podría entenderse como el conjunto de etiquetas variables aprendidas respecto a uno mismo[38]. A este respecto, Arthur Staats advierte que “cabría esperar que las proposiciones que el individuo hace de sí mismo funcionarán como un estímulo que controlará su propia conducta …”[39].

Llegados a este punto, no debemos olvidar que todo el itinerario que hasta ahora hemos recorrido para y analizar diversos conceptos nos ha hecho desembocar en un modelo unitario que ha de inspirar un tipo de metodología o de abordaje del individuo que, por fuerza, ha de basarse en la experiencia de unas vivenciaciones cuyos efectos o resultados deben resonar en todas las dimensiones del ser humano. Planteado así, desde la perspectiva metodológica de la intervención psicomotriz, deberíamos considerar la conveniencia, o no, y en qué casos, en qué circunstancias o hasta en qué niveles es aconsejable que la adquisición de estas nociones incluya un proceso de autoevaluación. Ellis y Greiger, estudiando detenidamente esta cuestión, concluyen un resultado ambiguo según el cual, en todo caso, no se mostrarían partidarios de extender este autojuicio a la totalidad de los rasgos y de las acciones del individuo.

Por otra parte, Copermisth considera que los factores necesarios para el desarrollo de la autoestima son[40]:

– El tratamiento de ciertos factores significantes como consecuencia de que otros nos valoran.

– La historia de éxitos o el reconocimiento social de nuestros logros.

– Los valores y las aspiraciones que determinan la consecución de un logro.

– El estilo particular de defender la autoestima o la forma de responder a los sucesos negativos que nos afectan personalmente.

Los estudios que realizaron Ellis y Greiger sobre la autoestima les llevaron a concluir que, en una comparación entre individuos con baja y alta autoestima, resultaba que estos últimos tienden a una mantener un estado de ansiedad más bajo y a presentar menores síntomas psicosomáticos. Los individuos con la autoestima más alta resultaban ser: emocionalmente más activos y sensibles; más competentes y eficaces y con expectativas más positivas hacia el éxito y con menor anticipación del fracaso; más propensos a conseguir metas más altas; más independientes y creativos; y con mayor probabilidad de ser aceptados y poseer mejor equilibrio en las habilidades sociales.

Las reticencias de Ellis ante el autojuicio le convencieron de la necesidad de sustituir el empleo y fomento de la autoestima por el de la “autoaceptación”. Argumentaba este psicólogo la conveniencia de su propuesta porque, en definitiva[41]:

– Las verdaderas metas de las personas no son otras que continuar vivos y vivir felices.

– Las personas tienen una plenitud que se acaba.

– Poseen rasgos que les hacen únicos y determinan su identidad.

– Si conocen sus rasgos pueden planear su futuro.

– Tienen conocimiento de sí mismos.

Por lo que respecta a la noción de “autoconcepto” , A.W. Staats considera que cabe esperar que las proposiciones que el individuo hace de sí mismo funcionen como un estímulo que controlará su propia conducta. Pero, por lo que interesa ahora, en todo caso, no parece que existan prevenciones dignas de señalar para admitir que el autoconcepto se aprende con una finalidad funcional diversa, que podría justificarse porque es necesario para que el niño emita respuestas verbales y para etiquetar sus movimientos, sus acciones y su conducta social.

Otros enfoques hacen derivar buena parte de su conocimiento de la experiencia directa y de los efectos producidos por sus acciones. No obstante, como afirma Bandura, también ha de considerarse que los resultados de las acciones propias no son la única fuente de conocimiento, sino que las personas desarrollan y evalúan sus concepciones en términos de juicios expresados por otros


[1] Rey Cao, Ana y otros: La corporeidad como expresión de lo humano, en … Actas. IV Congreso de las Ciencias del Deporte, la Educación Física y la Recreación del INEF de Lléida, Zaragoza, INEF de Lleida, 1999, p. 53.

[2] Rocchetta, Carlo: Hacia una teología de la corporeidad, Madrid, Ediciones Paulinas, 1993, p. 299.

[3] Mignard, Pierre: Los procesos regresivos en terapia morfoanalítica, en … Alemany, C. y García, J. (eds.): El cuerpo vivenciado y analizado, Bilbao, Desclée De Brouwer, 1996.

[4] Freud, Sigmund: Le moi el le Cá, Merke, XII, Fischer Verlag, Frankfur, 1972. (Citado por Sami-Alí: Le visuel et le tactile, París, Dunod, 1984, p. 139, nota 3).

[5] Pagés, M.: “L’Emprise”, Thérapie psycham, (1982), nº 56, pp. 25-30.

[6] Dolto, F.: L’image inconsciente du corps, París, Seuil, 1984, p. 22.

[7] Reich, Wilhelm: La función del orgasmo, el descubrimiento del orgón, Buenos Aires, Ed. Paidós, 1972.

[8] Bellido Pérez, Jerónimo: Mirar y ver; el contacto emocional en la vegetoterapia reichiana, en … Alemany, C. y García, J. (eds.): El cuerpo vivenciado y analizado, Bilbao, Ed. Desclée De Brouwer, 1996, pp. 187 y ss.

[9] Denis, Daniel: Fédida, en … Polak, M.: La médicine du capital, París, Maspéro, p. 8. (Cit. por Denis, D.: El cuerpo enseñado, Barcelona, Ed. Paidós, 2000.

[10] Lapierre, André: Psicoanálisis y análisis corporal de la relación, Bilbao, Ed. Descléé De Brouwer, 1997, pp. 59 y ss.

[11] Cencillo, Luis y Rodríguez de Maestre, Mª Luisa: Curso de antropología integral, Parte II, Madrid, Publicaciones del Seminario de Historia de los Sistemas Filosóficos de la Universidad de Madrid, 1971.

[12] Ibid., p. 21.

[13] Ibid., p. 23.

[14] Ibid., p. 27.

[15] Rocchetta, Carlo: Hacia una teología del la corporeidad, Madrid, Ediciones Paulinas, 1993, p. 299.

[16] Cfr. Trigo, Eugenia y otros: Creatividad y motricidad, Barcelona, INDE, 1999, p. 60.

[17] Obsérvese la redundancia que implica calificar la corporeidad de humana cuando se define, como condición previa, su naturaleza exclusivamente humana, que solo puede ser propia del ser humano, y que, por tanto, se considera una de las características que sirven para diferenciarnos de los animales.

[18] Trigo, Eugenia y otras: op. cit., p. 62. Ya hemos mencionado anteriormente esta misma conceptualización del cuerpo cuando utilizamos como referencia los trabajos de una de las colaboradoras de esta autora.

[19] Ibid., p. 89.

[20] García Carrasco, Joaquín y García del Dujo, Ángel: Teoría de la educación, t. II, Salamanca, Ediciones Universidad, 2001, p. 153.

[21] Ibid.

[22] Guimón, José: Los lugares del cuerpo, Barcelona, Ed. Paidós, 1999, pp. 19 y ss.

[23] Citado por José Guimón: op. cit., p. 17.

[24] Merleau-Ponty, M.: Fenomenología de la percepción, Barcelona, Ed. Península, 1975, p. 215.

[25] Ibid.

[26] Alemany, Carlos: El cuerpo paradójico y sus implicaciones terapéuticas, en … Alemany, C. y García, V: El cuerpo vivenciado y analizado, Bilbao, Desclée De Brouwer, 1996, p. 103 y ss.

[27] Aulagier, Piera: Nacimiento de un cuerpo, origen de una historia, en … Hornstein, Luis y otros: Cuerpo, historia, interpretación, Buenos Aires, Ed. Paidós, 1991, p. 122.

[28] Keleman, Stanley: La experiencia somática, Bilbao, Ed. Desclée De Brouwer, 1997, p. 13.

[29] Feldenkrais, Moshe: Autoconciencia por el movimiento, Barcelona, Ed. Paidós, 1997, p. 19.

[30] Freud, Sigmund: Le moi et le Cá, Werke, XIII, Fischer Verlag, Frankfur, 1972. (Cit. por Sami-Alí: Le visuel et la tactile, París, Dumond, 1984, p. 139)

[31] Pagés, M.: “L’Emprise”, Rev. Thérapie psycham, (1982), 56, pp. 25-30.

[32] Dolto, F.: L’image inconsciente du corp, París, Seuil, 1984, p. 22

[33] Bruchon-Schweitzer, Marilou: Psicología del cuerpo, Barcelona, Herder, 1992.

[34] Citado por Bruchon-Schweitzer, Marilou: op. cit., pp. 262 y ss.

[35] Dolto, Francoise: La imagen inconsciente del cuerpo, Barcelona, Ed. Paidós, 1997.

[36] Dolto entiende el narcisismo como el “deseo de vivir, preexistente a su concepción” o intuición vivida de ser en el mundo.

[37] Ellis, Albert y Greiger, Russell: Manual de terapia racional-emotiva, t. I, Bilbao, Ed. Desclée De Brouwer, 1994, p. 107.

[38] Staats, Arthur W.: Conducta y Personalidad. Conductismo Psicológico, Bilbao, Desclée De Brouwer, 1997, p. 215.

[39] Ibid., p. 255-256.

[40] Ellis, Albert y Greiger, Russell: Manual de terapia racional-emotiva, t. II, Bilbao, Ed. Desclée De Brouwer, 1990, p. 165.

[41] Ibid., p. 169.

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