LA SONRISA DEBAJO DEL MOSTACHO. Relato novelado sobre la fundación del Comité Olímpico Internacional y los Juegos Olímpicos de la Era Moderna.

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Manuel Vizuete Carrizosa

Maestro de Enseñanza Primaria  –  Licenciado en Educación Física – Licenciado en Geografía e Historia – Doctor en Historia Contemporánea. . Catedrático de Universidad. Lineas de Investigación: Didáctica de la Educación Física. Producción de nuevos Materieles Didácticos para la Educación Física Escolar. Historia y Filosofía del Deporte y de la Educación Física. Formación inicial y permanente del Profesorado de Educación Física.

LA SONRISA DEBAJO DEL MOSTACHO.

La canícula de finales del julio parisino, en aquel año de 1894, reverberaba sobre los tejados de pizarra y se dejaba sentir sobre el menudo cuerpo del barón que, ocupado como estaba, con los pensamientos y los proyectos sobre el próximo restablecimiento de los Juegos Olímpicos, no prestaba la menor atención al sudor que lentamente empapaba la camisa blanca, que se dejaba entrever entre el chaleco y la levita. Sus grandes y largos mostachos ocultaban una leve y pícara sonrisa que aparecía, de cuando en cuando, y cada vez que venían a su mente como en leves impulsos de oleaje, los recuerdos de la última semana. No se sabía muy bien por qué circunstancias, el congreso recientemente clausurado había pasado de ser una cuestión circunstancial y sin importancia a un hecho celebrado por el todo París. Desde el nombre que cambió bruscamente a Congrés pour le rétablissement de Jeux Olympiques, al ambiente que consiguió crearse, todo se había conjurado para que la perfección realzara el acto: el gran anfiteatro de la nueva Sorbona frente al Bois sacré, la bellísima oda de Jean Aicard y el erudito comentario de Théodore Reinach, al que había precedido el discurso académico del barón de Courcel, así como la audición de la armonía coral que interpretó el Himno a Apolo, rescatado hacía poco tiempo de las ruinas de Delfos, y en el que Gabriel Fauré echó todo su entusiasmo, hasta conseguir que la antiquísima euritmia cruzara por el vasto recinto. Volvió a sonreír, después de aquello nadie se atrevería ya a votar contra los Juegos Olímpicos.

Estando en estos pensamientos, y prácticamente empapado, se encontró, casi por sorpresa, con la frescura del portal del apartamento que M. Bikelas tenía en la rue de Babylone. El propio Bikelas abrió la puerta, Sloane ya había llegado y E. Callot, el tercer convocado a la reunión no tardó en hacerlo. La cuestión que se debatía era conseguir convencer a Bikelas para que aceptase la presidencia del Comité Olímpico Internacional, Bikelas no tenía ninguna gana de ser Presidente, y nuestro hombre, por su parte, sostenía la idea de una presidencia móvil que estuviera ligada, de hecho, a la nacionalidad de la siguiente Olimpiada, desde el entendimiento de que todo aquello que favoreciese el carácter internacional de cada uno de los ciclos que se abrían era de una especial y trascendente importancia. Terminado el té, las pastas y el café, y llegadas las discusiones al punto en el que el humo de los cigarros y los vapores del alcohol hacían competencia a la calima exterior, se decidió que Bikelas debería ejercer las funciones de Presidente del Comité Olímpico Internacional hasta finales de mil ochocientos noventa y seis, en tanto que el barón le sucedería en el mandato para los próximos cuatro años, ocupando hasta entonces, como él quería, el cargo de Secretario General que, a su juicio, era como ser el motor de lo que imaginaba como una nueva administración. Volvió a sonreír picaronamente, esta situación no era en absoluto nueva para él, ya la había ensayado con éxito en la Unión Francesa de Deportes Atléticos, con un excelente resultado cuya consecuencia había sido la renovación y el impulso alcanzado por el atletismo en Francia.

Ya en la salida del apartamento y antes de decidirse a disolver la reunión de aquella calurosa tarde, mientras desde el rellano miraba al sudoroso Bikelas, que estaba agarrado con aire cansino al marco de la puerta, soltó de una sola vez sus definitivas ideas sobre lo que debía ser el Comité Olímpico Internacional: mantener una independencia absoluta de cualquier ente u organismo, no admitir ningún tipo de delegados y, por supuesto, no aceptar ninguna subvención. Bikelas, al tiempo que adelantaba la mano para un apretón de despedida, murmuró la armadura del pobre y cerró la puerta del apartamento. En el landó que le llevaba de regreso meditó las últimas palabras de Bikelas, ciertamente tenía toda la razón, pero debía ser así si se pretendía asentar un futuro sólido y duradero, hasta ese momento la institución recién nacida solo tenía un nombre ilustre y ningún cimiento, práctico el grandioso himno de Apolo que tanto hizo subir la emoción a los asistentes al Congreso, que había sido entonado por muchos más artistas que deportistas, y lo que debería haber sido la apoteosis final del restablecimiento de los Juegos Olímpicos, había quedado difuminada en medio de la emoción general causada por el asesinato del presidente Carnot.

Despertó al día siguiente con una extraña sensación, mezcla de vacío y responsabilidad, quizás hubiera deseado más lucha en aquella primera reunión de lo que ya era el Comité Olímpico Internacional, sin embargo, volviendo a la realidad de las cosas, se puso a redactar el boletín trimestral número 2, dando cuenta de la guerra que había sido preciso mantener con los atletas, para que no quedaran postergados en el programa olímpico los que ellos llamaban deportes accesorios. Con resuelta decisión y ánimo fue poniendo en claro las ideas y, al tiempo que experimentaba el placer de sentir como gemía el papel con el roce de la pluma, volvió a sonreír al tiempo que escribía satisfecho:

Se nos pide que precisemos exactamente el carácter de nuestra empresa. He aquí la respuesta en breves líneas… Al dar nueva vida a una institución desaparecida hace tantos siglos, pensamos lo siguiente: el atletismo ha alcanzado una importancia que va en aumento años tras año… Su papel es presumible que sea tan considerable y de tanta duración en el mundo moderno como lo fue en el antiguo; sin embargo, reaparece con nuevos caracteres; es internacional y democrático, apropiado, por consiguiente, a las ideas y a las necesidades de los actuales tiempos. Pero, hoy como ayer, su acción será beneficiosa o perjudicial, según el uso que hagamos de él y la dirección que le imprimamos. El atletismo puede poner en juego las pasiones, tanto las más nobles como las más viles; puede desarrollar el desinterés y el sentimiento del honor, pero también el egoísmo del lucro y la ganancia; puede ser caballeresco o corrompido, viril o bestial; puede, en fin, emplearse tanto para consolidar la paz como para preparar la guerra. Y he aquí que la nobleza de sentimientos, el culto del desinterés y del honor, el espíritu caballeresco, la energía viril y la paz, constituyen los más caros postulados de las modernas democracias, sean monárquicas o republicanas…

Se encontraba agradablemente sorprendido, sosteniendo entre los dedos la carta que acababa de recibir desde Nápoles del duque de Andria en aquel 15 de Septiembre, pasó revista a las recibidas hasta entonces y, ciertamente, junto a la que llegara de Mr. Cuff procedente de Christchurch el pasado día 4, eran ya doce las nacionalidades representadas en el Comité Olímpico Internacional que llevaba, ahora sí, todas las trazas de completarse. Realmente el Comité era un self-recruiting body, así definido por Coubertin y que significa organismo que recluta a sus propios miembros, quedando estructurado, según las ideas de su creador en tres círculos concéntricos: en el núcleo, los fieles trabajadores convencidos de la idea y de los objetivos a conseguir, en el medio el semillero, un grupo de miembros de buena voluntad susceptibles de ser educados y, hacia el exterior a fachada compuesta por gente más o menos utilizable que servía para halagar con su presencia las pretensiones nacionales y prestigiar al conjunto. Se reclinó en el asiento y respiró con satisfacción el aire parisino del atardecer, de aquel verano que amenazaba con no marcharse nunca.

La carta de Bikelas, que no había dado señales desde su partida, fechada el 4 de Octubre había elevado hasta lo más alto su entusiasmo por lo que suponía de aceptación de la ciudadanía, del hombre de la calle griego, al proyecto olímpico: …desde Brindisi hasta aquí, todos mis compatriotas me hablan de los Juegos Olímpicos con alegría… tras leerlo una y otra vez para convencerse a sí mismo de que no era un sueño lo que estaba ocurriendo, depositó suavemente la carta sobre un ejemplar de Le temps cuyo corresponsal en Grecia transmitía en un artículo las mismas impresiones que Bikelas. Estas halagadoras noticias y la impresión de que el proyecto olímpico estaba en el buen camino, le lanzaron, durante aquel día y los siguientes, a un frenético afán recopilador de documentos, nuevos y antiguos, ante la inevitable necesidad de afrontar la elaboración de un programa detallado para la celebración de los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna: cartas de G.Strehly de París sobre los deportes, de Herbert desde Londres sobre las distancias más convenientes para las carreras pedestres, de la Unión Ciclista Francesa y de la National Cyclist’s Union sobre como deberían llevarse a cabo las pruebas ciclistas y, especialmente, el informe que él mismo había encargado a la Societé d’Encouragement del’Escrime sobre los deportes de esgrima para profesores y aficionados que prestarían, sin duda, el necesario aire romántico y caballeresco a los nuevos Juegos Olímpicos. La nueva carta de Bikelas, recibida al día siguiente, volvió a encender su entusiasmo. En la entrevista que Bikelas había tenido con el Sr. Tricoupis, Presidente del Consejo de Ministros, aunque este había confesado a Bikelas que personalmente habría preferido no enfrentarse a este tema, estaba bien dispuesto.

Al salir de casa y mientras colocaba el pesado equipaje que contenía el proyecto olímpico completo, con todos los documentos incluidos, le entregaron una carta que, aunque enviada desde Grecia y remitida por Dragounis, no se atrevió a abrir por si, como se temía, podía hacer cambiar su decisión de desplazarse a Grecia. En la estación, mientras tomaba el rápido de Marsella la acarició dentro del bolsillo y nuevamente antes de subir la escalerilla del Ortégal rumbo al Pireo, finalmente, ya a bordo del barco, fuera del puerto y cuando el oleaje de alta mar y el frío viento invitaban a encontrar un lugar íntimo y cálido, el barón abrió la carta. Como se temía, en ella, Esteban Dragounis, Presidente del Zappeion le daba cuenta de las conclusiones a las que habían llegado sus colegas y él mismo sobre la inviabilidad del proyecto, aconsejándole que no se desplazase y que renunciase a la loca idea del restablecimiento de los Juegos Olímpicos. De nuevo una sonrisa, esta vez casi amarga, sirvió para confirmar como había hecho perfectamente en no abrir la carta al salir del casa en París o en el tren que lo llevó a Marsella, ahora, montado en aquel barco que cabeceaba tercamente contra el oleaje, no le quedaba más remedio que tratar de convencer y vencer en el propio campo griego.

No podía dormir, el barco había llegado de noche al Pireo y debía esperar al amanecer para entrar en el puerto: despierto, nervioso y agitado paseaba por el puente o se reclinaba en la barandilla mirando las lejanas luces de la ciudad, y repasando, una y otra vez, sus argumentos para tratar de convencer a deportistas, hombres de ciencia y políticos, de la importancia y de la viabilidad de su proyecto. Al final, nada fue como había previsto y repasado en su mente, los hechos sucedieron a los hechos.

El desembarco estuvo adornado de los gritos y saludos de un grupo de entusiastas que, casi en volandas, lo llevaron a visitar el viejo y casi informe Estadio. Sobre el desnudo talud, privado delo que fueron sus vistosos mármoles y estatuas y, al tiempo que miraba los restos del famoso pasadizo por el que los atletas desembocaban en la pista, percibió, en un momento, todo el peso de la historia, le pareció oír, en un susurro, los gritos de júbilo y las exclamaciones de desaliento de los milenarios atletas, el eco de la multitud en el Estadio, la pompa de las celebraciones rituales… La brisa, jugando con los largos pelos del mostacho, le devolvió a la realidad, limpiándose unas emocionadas lágrimas rebeldes, se volvió hacia sus acompañantes y con ánimo, más que resuelto, se dispuso a enfrentarse a lo que ya era, y parecía, una auténtica batalla política.

Sin tiempo de deshacer las maletas, se presentó sin avisar Monsieur Maurouard, encargado de negocios de Francia y, antes de que abriera la boca para ponerlo en antecedentes, sin ningún tipo de protocolo, entró el Jefe del Gobierno Sr. Tricoupis para, sin ningún tipo de ceremonias, tratar de convencerlo de la inviabilidad económica del proyecto, especialmente, sostenía, para un país que como Grecia tenía una fuerte deuda externa y no estarían bien vistos por sus acreedores los gastos suntuarios que requerían unos Juegos Olímpicos, acordes con la dignidad y el peso de la historia griega. Casi tropezándose con Tricoupis en el pasillo, se presentó el Sr. Teodoro Deyannis, jefe de la oposición, para brindar su apoyo incondicional al proyecto y asegurarle que estaban dispuestos a motivar todas las acciones políticas necesarias, incluidas las de tipo parlamentario, con tal de devolver a Grecia la herencia viva de su patrimonio histórico.

A punto estaba de organizar su equipaje y sus documentos, cuando apareció una nueva comisión, esta vez encabezada por George Melas, hijo del alcalde de Atenas, Alexandre Mercati, hijo del director de la Banca, y otros jóvenes notables, reclamando ruidosamente su presencia en una comida que habían organizado en el mismo hotel. En la comida, se dispuso que Mercati, condiscípulo del príncipe heredero y a la sazón regente en ausencia del rey, organizaría a la mayor brevedad un encuentro del barón con el príncipe.

En aquellos días y entre visita y visita, se sucedían unos hechos que el barón iba a recordar con placer y divertimiento el resto de sus días. El cochero de George Melas que lo llevaba de un lado a otro, cuando le parecía, paraba el landó, descendía de él y con toda familiaridad, sin consideración alguna y en un griego ininteligible, escenificaba, asumiendo los distintos personajes protocolarios, como, a su juicio, debería tratar y comportarse el barón con el Primer Ministro y con el Príncipe Heredero, acciones y escenificaciones que divertían al barón y que conservaría para siempre en su memoria.

La prensa griega estaba igualmente dividida ante el proyecto, acosando permanentemente al barón de entrevista en entrevista. Haciendo días de las noches, el barón compuso y diseñó lo que sería el escenario de los juegos, construido en madera que supuso un gasto de 250.000 dracmas. Con la maqueta en la mano se encaminó a visitar a Tricoupis, sin conseguir evitar que en el camino y aprovechando unas sombras, el cochero, una vez más, le escenificara, con todo detalle y parsimonia, la forma en la que debía tratar y comportarse con el Primer Ministro.

Soportando el bochorno y la calima, no sin enormes sudores, volvió a encontrarse con Tricoupis, al que algún traidorzuelo había puesto en antecedentes y sobre aviso. Nueva edición de excusas y exposición de problemas de solución inviable, llevaron al barón al campo de la política; solicitó del Primer Ministro una benévola neutralidad que, aunque este se apresuró a garantizarla, la forma en que lo hizo y la cara que puso, daban a entender que aunque concedía al barón una sala en el propio Zappeion para sus reuniones, su actitud denotaba enormes reservas y restricciones mentales ante el proyecto.

Para el 12 de noviembre había convocado una de esas reuniones en las que todo o nada puede ocurrir. Vestido con sus mejores galas y tratando de hacer destacar su pequeña figura sobre el fondo del salón, maniobró y condujo la reunión con tal habilidad que de ella salió enormemente fortalecido, respaldado y con el patrocinio previo del príncipe regente, lo que eliminaba cualquier oposición de antemano. Abandonó flotando el local, la sonrisa ya era mayor que el mostacho; el Comité Organizador de los Primeros Juegos Olímpicos de la era moderna era un hecho, así, aprovechando este entusiasmo inicial de los nuevos conversos a la religión olímpica, sacó de la maleta el programa que viajaba en ella desde París, no hubo discusión, como en las grandes celebraciones en las que la euforia emborracha a los asistentes, el programa fue aprobado por aclamación.

La religión y sus problemas en torno al cuerpo y su disponibilidad en festivos, venía siendo un obstáculo en muchos eventos; la feliz coincidencia de las pascuas griega y occidental en 1886, permitió fijar las fechas de los Juegos Olímpicos sin las inevitables y engorrosas discusiones religiosas; finalmente los Juegos tendrían lugar del 5 al 15 de Abril de 1896.

La despedida de Atenas fue en olor de triunfos, precedida de una velada literaria en la sociedad El Parnaso, la entusiasta acogida de la Societé Panachaique de Gymnastique en Patrás, le permitió vagar una mañana completa entre las ruinas de la sagrada Olimpia. El regreso, vía Corfú y Brindisi, lo llevó hasta Nápoles, donde el Duque de Andria le dispensó la más calurosa bienvenida, sin embargo, ahora, tras una conferencia que acababa de pronunciar en el Círculo Filológico, tenía la impresión de estar hendiendo el aire a ciegas y con una larga espada.

Lejos de las armonías del Himno de Apolo, perdida en el horizonte la impresionante silueta del Partenón, el deambular por las  viejas calles napolitanas de estilo español, lo devolvían a la realidad y le hacían sentirse aún más pequeño. Se sobrepuso a esas sensaciones incómodas y desesperantes, aspiró con deseo el seco y aromático aire del diciembre napolitano, en el que olor y sabor se confunden, se dio ánimos infundiéndose fortaleza y vigor. Tenía la sensación de que aquello todavía estaba por madurar y que en el poco tiempo que quedaba para la celebración de los Primeros Juegos también eran, más que nunca necesarias, velocidad, altura y fuerza.

REFERENCIAS.

COUBERTIN, P.: (1965) Memorias Olímpicas. Madrid. Publicaciones del COE

VIZUETE, M.: (1998) La sonrisa debajo del mostacho. En Puertas a la lectura nº 4. Badajoz. Publicaciones de la Universidad de Extremadura. pp. 20-25

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