EDUCACIÓN FÍSICA, DEPORTE Y POLÍTICA.

Manuel Vizuete Carrizosa

MANUEL VIZUETE CARRIZOSA

Maestro de Enseñanza Primaria – Licenciado en Educación Física – Licenciado en Geografía e Historia – Doctor en Historia Contemporánea. Catedrático de Universidad. Lineas de Investigación: Didáctica de la Educación Física. Producción Materieles Didácticos para la Educación Física Escolar. Historia y Filosofía del Deporte y de la Educación Física. Formación del Profesorado de Educación Física. Fundador de La European Union Physical Education Associations (EUPEA) Comité de Expertos del Consejo de Europa (EF, Deporte Escolar y Deporte para Jóvenes) Coordinador del Foro Hispanomexicano.

Deporte y/o Política. That’s the question!

Avery Brundage, Presidente del Comité Olímpico Internacional (C.O.I), aseguró en cierta ocasión que el deporte y la política eran dos entidades distintas que nada tenían que ver la una con la otra. En su fervor olímpico, no sólo se equivocaba, sino que, probablemente, lo hacía de forma consciente tratando de proporcionar una mayor credibilidad al olimpismo cuya imagen, en lo que se refiere a sus relaciones con el mundo de la política, estaba cuestionada entonces y hoy, fuera de toda duda, es aceptado como un hecho normal e irreversible. Política y actividades físicas no sólo están indisolublemente unidas en la actualidad, sino que, existen suficientes estudios y también la conciencia clara y generalizada de que fue así desde el principio de los tiempos, muy especialmente en la génesis del movimiento olímpico moderno.[1]

La educación física, como medio de educación por el movimiento, y el deporte, como método de educación física, susceptible de contener y difundir ideologías, comportamientos, o modos de plantear la cultura y las relaciones humanas, han sido siempre objeto de atención por parte de los poderes públicos. La justificación desde la política, por lo general, suele ser el valor educativo-social de las actividades físicas, sobre lo que hoy cabrían enormes reservas y cuestionamientos. Se afirma, como un mantra sin solución de continuidad y en este caso, que las actividades físicas y el deporte favorecen el desenvolvimiento social de los ciudadanos, la expresión de su propia personalidad y la relación con sus semejantes.

La satisfacción personal y colectiva de los deportistas y de las masas de seguidores del deporte, los cambios y los beneficios que pueden representar en el desarrollo de las posibilidades físicas de cada uno, o la generación de empleo, son argumentos igualmente empleados de forma habitual por los políticos, a la hora de justificar sus relaciones de conveniencia con el deporte. En la actualidad, y cada vez con mayor frecuencia, se recurre a este tipo de razonamientos a la hora de justificar el destino de enormes sumas de dinero público a las inversiones que se realizan en este campo, que a menudo, como sabemos en la actualidad, son presupuestos desmedidamente inflados y muy susceptibles de ser desviados hacia fondos relacionados con la corrupción.

Para Denis Howell,[2] el hecho es que las actividades físicas, y en especial el desarrollo del deporte como fenómeno social, se han convertido en una fuente de nuevos problemas que han de ser tratados políticamente, la mayoría de ellos, por su trascendencia internacional. Nos estamos refiriendo a fenómenos específicamente relacionados con las actividades deportivas que tienen una gran trascendencia social y política: los actos vandálicos, el hooliganismo, el dopping, etc., se suceden de forma tan rápida y en tal medida, que impiden que los políticos puedan dedicarse, y dedicar tiempo y medios económicos, a resolverlos de forma eficaz, entorpeciendo el que la acción política y el esfuerzo público se dedique a trabajar sobre el concepto Deporte para todos en la forma en que la carta internacional de la UNESCO lo entiende.[3]

La dinámica y la evolución de la sociedad en general, la pérdida de empleo, o la aparición de nuevas lacras sociales, obligan a emplear los recursos educativos, saanitarios y sociales disponibles para las actividades físicas, en atender a la cada vez mayor población de desocupados, y en tratar de llevar a cabo una política eficaz de actividades de tiempo libre.

La finalidad esencial del deporte, como principio, es su consideración de bien social. Su justificación se establece en relación con el individuo en sociedad, en la posibilidad de expresión de su propia personalidad, en el desarrollo de sus posibilidades de relación, y en conseguir que se sienta miembro de un equipo. Ser capaz de contribuir al esfuerzo común sacrificando el beneficio propio o el lucimiento personal, son factores de educación de la personalidad contenidos en el deporte. Sin embargo, de la misma manera que la actividad competitiva contribuye a crear una serie de actitudes y hábitos beneficiosos para la vida del ciudadano, la actividad deportiva y su dinámica social acaban determinando una nueva ética y una nueva escala de valores que, a juicio de Howell, prostituyen la esencia de lo que se entiende como deporte.[4]

Dentro de estas nuevas circunstancias habría que incluir el abuso gubernamental del deporte, hecho en el que se inscribe la consideración del deporte como proyección internacional de los valores nacionales. Para lo cual, se está dispuesto, no sólo a invertir enormes sumas de dinero en la construcción de deportistas de laboratorio, sino incluso a justificar la complicidad del propio estado en el empleo de sustancias prohibidas, de recursos ilegales, o el empleo de otros métodos de ética dudosa, con tal de ingresar en el club de los medallistas o triunfadores.[5]

Otro de los abusos estaría en las relaciones que el estado de derecho establece con los deportistas de élite entendidos como ciudadanos que, en muchos casos, suponen la violación de sus derechos fundamentales incluido el de su desarrollo integral como personas, o en otros, la existencia de situaciones de complicidad en las que el propio estado incurre en relación con esta misma consideración de ciudadanos y sus obligaciones.[6]

La utilización del deporte y de los eventos deportivos como recurso político es un hecho generalizado desde hace mucho tiempo. Sin embargo, en los últimos años y debido a la gran proyección, prácticamente universal, alcanzada por el deporte a todos los niveles, gracias a su difusión a través de los medios de comunicación, su empleo político ha alcanzado niveles de   repercusión equiparables, e incluso superiores, a los de los propios hechos políticos que ignoran o favorecen: los boicots a los distintos Juegos Olímpicos, la exclusión de Sudáfrica de cualquier evento deportivo mientras existiera el apartheid, la utilización del deporte como arma de presión política, Afganistan versus Juegos Olímpicos de Moscú, etc.,[7] o su empleo como llave diplomática como la llamada diplomacia del ping-pong entre China y Estados Unidos, así como su utilización como elemento de política nacional o nacionalista como ocurrió en el caso de los Juegos Olímpicos de Barcelona, es una situación generalizada en nuestros días.[8]

No hemos de perder de vista que las actividades físicas y el deporte son un hecho cultural reciente, y que pese a que su origen como fenómeno educativo y cultural generalizado y en progresión está en el siglo XIX, hasta el siglo XX, el deporte no comienza a salir a la calle abandonando los círculos restringidos y de clase en que se había mantenido, para convertirse en un hecho social generalizado.

Desde esta perspectiva, las actividades físicas y el deporte, por ese maridaje de conveniencia que mantienen con la política, o mejor aún, con la clase política, son un parámetro fiable del progreso de la sociedad, de la evolución las ideas que tratan de comunicársele, de los usos y costumbres, de las escalas de valores, y de las pautas de comportamiento que, en cada momento y lugar, son el fiel reflejo de lo que el pueblo entiende como la más auténtica expresión de su identidad colectiva.

Para John Lucas,[9] nada más gráfico que la evolución en la línea del pensamiento y en las pautas de actuación, en relación con las ideas, que las políticas llevadas a cabo por los líderes del movimiento olímpico en la segunda mitad del presente siglo. Refiere como J. Sigfrid Edstrom que presidió el C.O.I. entre 1942 y 1952, no dudaba en absoluto en declarar su aversión por la mezcla del deporte con la política, sosteniendo que: el uso de los Juegos Olímpicos buscando o permitiendo el beneficio de la clase política, los convertiría en una simple exhibición y se perdería el valor y la razón de ser de los Juegos.

Igualmente, Avery Brundage que presidió el C.O.I. durante veinte años (1952-1972), y que se autodefinía como un romántico al estilo de Coubertin, fue el que detestó, probablemente más que ningún otro, la entrada de los políticos y de la política en el deporte. Su credo lo constituían: la defensa de la salud, el juego limpio y el amateurismo. En 1968, un año especialmente turbulento para la presidencia del C.O.I. llegó a decir: He pasado mi vida toreando a los políticos, y no voy a dejar de hacerlo ahora…

Las diferencias se hicieron mucho más patentes con Lord Killanin que presidió el C.O.I. de 1972 a 1980. Se apartó de la línea seguida por sus predecesores de mantener la política lo más alejada posible del movimiento olímpico, sin renunciar a las ideas originales del olimpismo y aun cuando mantuvo las ideas de Brundage sobre el amateurismo,[10]

Sobre el amateurismo, conviene aclarar, que pese a que se ha venido atribuyendo a Coubertin la idea del amateurismo como doctrina olímpica, lo cierto es que esta cuestión fue en sus inicios ajena al movimiento olímpico y nació a impulsos de la federaciones internacionales, el propio Coubertin llegaría a manifestarse en vida sobre el particular diciendo: “Me parecería tan infantil ligar la religión del deporte al hecho de haber recibido una moneda de diez céntimos, como proclamar de repente que el sacristán de la parroquia no es creyente porque recibe un sueldo a cambio de su trabajo” (Meyer,1963)

La Carta Olímpica, de la Killanin fue el principal artífice, es extraordinariamente generosa con la entrada de las ayudas económicas a los atletas. En cuanto a la relación con la clase política, Killanin, se aproximó enormemente a los políticos y a la política real estableciendo la justificación de necesidad para la supervivencia de los Juegos. Reconoce, en sus memorias, no haberse acercado lo suficiente, y haberse quedado a medio camino para la época y las circunstancias en que vivía. Así lo expresa en su autobiografía titulada Mi Año Olímpico -1981- cuando dice:

……..Creo que el problema olímpico planteado por la invasión de Afganistán habría tenido otro resultado, si en lugar de la vía política empleada por el Presidente Carter, hubiéramos empleado el diálogo y la vía diplomática, de haber sido así, probablemente habríamos sido capaces de entendernos con los soviéticos.[11]

La llegada de Juan Antonio Samaranch a la presidencia del C.O.I. en 1980, consagra el desembarco de la política en el deporte y del deporte en la política. La utilización de la Embajada de España en Moscú para apoyar su candidatura personal a la presidencia del C.O.I., hecho que fue criticado duramente en su momento, sus continuos viajes a todos los países del mundo, donde en muchos de ellos era recibido con honores de jefe de estado, etc., han conseguido hacer converger política y deportes en el sentido de implicar directa y abiertamente a los jefes de estado y de gobierno en los eventos deportivos. Samaranch, convirtió al Comité Olímpico Internacional en el instrumento de un determinado modo de hacer política, con un protagonismo similar al que pudieran tener la Cruz Roja o las Naciones Unidas, con la diferencia, de que los fines del C.O.I. han dejado de ser altruistas,[12] sobre este particular, el propio Samaranch ha manifestado:

El mundo está gobernado por los políticos, los dos sistemas, capitalismo y socialismo poseen diferentes ideas sobre el deporte y creo que el C.O.I., puede ser un puente entre los dos.

Los diferentes caracteres y las trayectorias de todas estas personalidades, han influido de modo decisivo, a la hora de establecer y considerar la situación de las actividades físicas y del deporte respecto a la política y a los políticos, sin embargo, las mayores influencias proceden de los niveles de desarrollo económico y de los avances tecnológicos en relación con los medios de comunicación y del marketing. Se ha conseguido cambiar el papel de la masa participante en los eventos deportivos. La combinación de todos estos elementos ha cambiado el papel de los espectadores, de personajes anónimos han pasado a ser potenciales consumidores de productos, o a destinatarios de mensajes políticos más o menos explícitos.

Es decir, mientras que en un primer momento la intencionalidad romántica de los fundadores y organizadores de las actividades era socialmente educativa repercutible, en cuanto al coste económico y organizativo sobre los responsables de esa educación, como una carga u obligación. La extensión del fenómeno, su capacidad de convocatoria, y la generación de una idea de cultura del bienestar, identificable con la posibilidad de acceso a las actividades físicas y a los deportes, ha conseguido establecer un cambio de posición de los poderes públicos y de las fuerzas sociales. En el momento actual, se trata de producir o generar políticas que satisfagan la demanda creciente de recreación, por lo general paralela al nivel de desarrollo económico y al aumento del tiempo libre. En el fondo, el acierto o el fracaso radica, en ser capaces de capitalizar la satisfacción social para conseguir el apoyo de los ciudadanos a determinadas políticas o regímenes, en el caso de la clase política, y en otros, en conquistar o en asegurarse la clientela y el mercado de cualquier tipo de productos.[13]

Podemos decir que se mantiene la idea educativa y la necesidad de educación de los ciudadanos en los valores de la educación física y en el deporte, en tanto que, esos mismos valores son los que se consideran por la sociedad como paradigmas de la cultura del bienestar. El educando de hoy será el practicante deportivo de mañana, el votante en cualquier caso, y siempre consumidor de productos, no solo de los deportivos, en progresión creciente, sino de todos aquellos que es posible dar a conocer desde el deporte, o aprovechando su capacidad de convocatoria.

[1] COUBERTIN, P.: Memorias olímpicas. Madrid, Publicaciones del Comité Olímpico Español. 1965.

[2] Denis Howell fue Ministro responsable de los deportes en el Reino Unido y Presidente del Comité de Deportes del Consejo de Europa

[3] En la actualidad, el Estado Español viene empleando millones de euros anuales en mantener el orden en los campos de fútbol y en controlar a los seguidores de los equipos deportivos en sus desplazamientos o visitas a otras ciudades.

[4] HOWELL DENIS, M.P.: Sport and Politics – An international perspective., Sport and Politics – Wingate Institute for Physical Education and Sport, Jerusalem, The Emmanuel Gill Publishing House, 1983.Págs. 7 – 19.

[5] Los avances en el control antidopping y la frecuencia de los mismos han llevado a investigar y a establecer recursos de manipulación del cuerpo y de la naturaleza humana más allá del consumo de drogas. Se buscan autorecursos del cuerpo humano no detectables en los controles como son: el embarazo y el posterior aborto previo a la competición, la inyección de aire en el intestino de los nadadores, las autotransfusiones de sangre, el provocar el retraso del desarrollo físico normal, etc.

[6] Privación de una escolaridad y vida social y de desarrollo acordes con su edad y su contexto social, la reclusión de deportistas en edad escolar en centros deportivos de alta especialización durante años y privarlas de toda vida de relación propia de su edad, es una interpretación parcial del derecho a la educación, por otra parte, en muchos casos, el empleo de los premios y castigos que colocan estas prácticas en el límite de la violación de los derechos humanos. Muchos gobiernos, no tiene el más mínimo inconveniente en reconocer como ciudadanos de primera categoría, condecoraciones civiles incluidas, a personas que sitúan su residencia oficial en terceros países para no cumplir sus obligaciones fiscales, convirtiéndose por tanto el estado, en cómplice de estas situaciones.

[7] Este Boicot fue especialmente duro ya que gran parte de la imagen positiva exterior de los ex Países del Este, se asentaba en la proyección de su calidad o nivel deportivo.

[8] Los problemas más importantes que hubo que solucionar para llevar adelante los Juegos Olímpicos de Barcelona no fueron ni los deportivos, ni los económicos, ni los de organización de un evento de tal magnitud, sino la conocida polémica de las banderas, la de los himnos, y la del orden del protocolo del palco presidencial. Hemos de recordar aquí, y en relación con este evento, el espinoso problema de la publicidad en la prensa extranjera pagada por la Generalidad de Cataluña, que se movió en el borde de la inconstitucionalidad.

[9] LUCAS, J.: Some Thoughts on International Politics, the Olympic Games and the Olympic Movement. Sport and Politics – Wingate Institute for Physical Education and Sport, Jerusalem, The Emmanuel Gill Publishing House, 1983. pp. 21.

[10]MEYER, G.: El fenómeno olímpico. Comité Olímpico Español. Madrid, 1963. pp. 27.

[11] LUCAS, J.: Ob. cit. pp.23

[12] SIMSOM y JENNING,: – The Lords of the rings- Power, Money & Drugs in the Modern Oliympics, Londres, Simon & Schuster Ltd. 1991.

BOIX y ESPADA,: El deporte del poder Vida y milagro de Juan Antonio Samaranch, Madrid, Ediciones Temas de Hoy, 1991.

[13] NA Desde hace bastante tiempo los principales ingresos económicos de los clubes deportivos se producen en relación con los derechos sobre la publicidad estática de sus instalaciones, o por la retrasmisión televisiva de sus actividades, sin entrar en los porcentajes que tienen sobre el derecho de imagen de los deportistas.

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