TERCERA EDAD, ACTIVIDAD FÍSICA Y ¿SALUD?

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José Luis Pastor Pradillo

Maestro de Enseñanza Primaria, Licenciado en Educación Física, Licenciado en Psicología. Doctor en Ciencias Sociales. Doctor en Ciencias de la Educación. Profesor Emérito de la Universidad de Alcalá. Ex Director de la Revista Española de Educación Física y Deportes.

TERCERA EDAD, ACTIVIDAD FÍSICA Y ¿SALUD?

 

Resumen: Entre los campos de actuación relacionados con la actividad físico-deportiva emergentes en la actualidad, se han establecido distintas conexiones entre algunos de los paradigmas que los inspiran. Asumirlos desde definiciones prestadas por otras ciencias u otras profesiones, sin proceder a una mínima revisión crítica que permita averiguar cuales han de ser los principios necesarios para una adecuación eficaz es un grave riesgo que solo conduce al desprestigio profesional y a la pérdida de estos campos profesionales en beneficio de propuestas más eficaces y coherentes.

Palabras clave: Tercera edad. Ocio. Actividad Física. Salud

THIRD AGE, PHYSICAL ACTIVY AND HEALTH

Summary: Emergent fields in sport and physical activity are grounded on certain connections between the theoretical paradigms. An uncritically assumption of terms taken from other professional or scientific fields may damage our professional reputation and may benefit other professions with more efficient and coherent proposals.

Key words: Third age. Leissure. Physical Activy. Health.

La mejora de la calidad de vida está provocando en las sociedades postindustriales, y también en España, un notable aumento de las expectativas de vida de su población. Este fenómeno, importante en sí mismo, ha generado una repercusión en todos los ámbitos sociales que se ve potenciada por la disminución de la tasa de natalidad también característica de los países desarrollados.

El resultado de este fenómeno, que otorga al sector de población clasificado de “tercera edad” un nuevo papel y un peso inédito, se está configurando de manera compleja afectando a la totalidad de la estructura y de la dinámica social. Sin embargo, ni el término que identifica esta etapa es unívoco ni la categoría que constituye la tercera edad se define de forma rotunda. En su descripción aparecen múltiples y diversos criterios que nos remiten a circunstancias tan heterogéneas que, finalmente, parece más prudente realizar de la tercera edad una comprensión más diversificada y a dar mayor importancia a la peculiar autopercepción que el mismo viejo realiza de sí mismo.

En cualquier caso parece que el paradigma que identifica a la tercera edad nos evidencia una obligada reformulación del proyecto vital de estas personas utilizando unos elementos nuevos y absolutamente distintos de los que hasta entonces habían estado utilizando para este cometido. En esta nueva etapa, en este nuevo proyecto, según los último estudios, la actividad recreativa y de ocio es la que más influye en la satisfacción de la vida de los jubilados lo cual es fundamental pues, por una parte, perdida la importancia de las funciones laborales es necesario encontrar nuevos referentes que den sentido a la existencia diaria y, por otra, se revela el tiempo libre como uno de los recursos más eficaces para conseguir una percepción satisfactoria en la calidad de vida del jubilado (Kelly, J. y otros, 1999). De manera genérica, Francisco Altarejos (2001) resume la circunstancia vital de la tercera edad en cuatro rasgos característicos:

– Una edad para dar y darse

– Vivir en el tiempo: cambio permanente

– Incertidumbre de la certeza de la muerte: la tercera edad, como el resto de las edades, necesita de la incertidumbre como ingrediente esencial de la existencia.

– La esperanza: semillero de juventud.

Sin embargo, los criterios de la postmodernidad no parecen que coincidan con esta necesidad de renovar el proyecto vital. El vivir presente, tan característico, del narcisismo postmoderno, promete al hombre una existencia permanente en la etapa evolutiva que se presupone mejor y le invita a realizar todo tipo de subterfugios para lograrlo manteniendo una imagen, una apariencia que, negando la vejez, no le exija enfrentarse a una etapa con nuevas necesidades y posibilidades y, al tiempo, le permita ignorar el final de su propia vida.

  1. Características de la vejez y calidad de vida

En opinión de Gonzáles Torres (2001), podríamos resumir estos cambios más o menos inevitables en los siguientes dominios:

– Cambios físicos: Estos cambios pueden entenderse desde dos planteamientos: el que se refiere a los cambios derivados del envejecimiento programado evolutivamente y el que se refiere a los cambios secundarios producidos por el desgaste natural.

– Aspectos sociales: Debidos fundamentalmente a un modelo de sociedad que: valora la capacidad altamente competitiva, valora la efectividad, que está masificada y que presenta a la juventud como ideal de vida.

– Aspectos psicológicos: pueden distinguirse dos tipos:

. Cambios cognitivos: especialmente trascendentes son los relacionados con la memoria y la atención lo cual provoca al anciano dificultades en muchas tareas tanto transitivas como intelectuales.

. Cambios de personalidad: que muchos psicólogos identifican con tres tipos de crisis: a) Autodefinición amplia del Yo versus preocupación por lo papeles laborales; b) Trascendencia del cuerpo versus preocupación por el cuerpo; c) Trascendencia del ego versus preocupación por el ego (aceptación de la muerte).

Por tanto, si no creemos pertinente ni eficaz la negación de la vejez, deberíamos preguntarnos sobre cual ha ser el concepto de un envejecimiento satisfactorio. Aceptando, también, el grado de subjetividad que, para la autopercepción de cada anciano, lleva implícito esta noción o el potencial con que puede hacer frente a la elaboración de este constructo, podremos presumir un envejecimiento satisfactorio en la medida en que satisfaga tres necesidades fundamentales: autonomía, competencia y relación o conexión afectiva.

Desde otros parámetros, Los Santos (2002), citando a T. Mc. Donald, afirma que para definir el concepto de calidad de vida en la tercera edad deberían usarse cinco categorías generales:

– Bienestar físico: refiriéndose a la comodidad en términos materiales, de higiene, salud y seguridad.

– Relaciones interpersonales: con referencia a las relaciones familiares y el grado de integración social del sujeto.

Desarrollo personal: que incluiría del desarrollo de todas las dimensiones del individuo: intelectual, autoexpresión, actividad lucrativa y autoconciencia.

Actividades recreativas: necesarias para mantener la socialización y buscar una recreación pasiva y activa.

– Actividades espirituales.

P.F. Rice (1997) coincide con Ward, Sherman y Lagory cuando, en 1984, descubrieron que el bienestar subjetivo de los ancianos se relaciona directamente con la calidad de las redes sociales y, especialmente, con la calidad de los vínculos sociales establecidos con los hijos, familiares y amigos. Aragó (1998) completa este punto de vista proponiendo tres teorías que podrían explicar las distintas dinámicas que, con respecto a la adaptación y ajuste personal de la vejez, suelen producirse:

– Teoría de la desvinculación: retirada del sujeto hacia su propio interior y desvinculación de la actividad y participación social.

– Teoría de la actividad: la circunstancia laboral y la pérdida de actividad como problema principal.

– Teoría de la autodeterminación: plantea la existencia de necesidades básicas que se deben satisfacer a lo largo de la vida para poder experimentar bienestar, integridad y crecimiento adecuado (autonomía, competencia y conexión afectiva).

  1. La intervención en la tercera edad

Considerando los datos anteriores, cualquier programa de intervención dedicado a la tercera edad debería de orientarse, al menos, hacia dos aspectos fundamentales:

– Potenciado las redes sociales de asistencia y apoyo físico-sanitario para así resolver cuantos problemas y limitaciones dificultan la adaptación del viejo a su entorno.

– Actuando sobre el sujeto para mejorar las capacidades necesarias para resolver los problemas que le pueda plantear su adaptación presente o futura.

En consecuencia, la intervención con personas de la tercera edad, por tanto, ha estar orientada hacia la consecución de unos determinados objetivos específicos que podrían resumirse en cuatro categorías principales:

– Contribuir a humanizar esta etapa de la vida.

– Acompañar en lo posible a los mayores en el ejercicio de su autonomía e independencia.

– Contribuir a que puedan permanecer al máximo en su medio habitual motivándoles para que practiquen el autocuidado.

– Capitalizar las potencialidades de las personas mayores fomentando su aportación solidaria al resto de la comunidad.

– Potenciar su conciencia y sentimiento de pertenencia al medio social donde viven mediante el intercambio entre generaciones.

  1. El ocio en la tercera edad

Al margen de otras muchas consideraciones, es muy posible el ocio sea la circunstancia que mejor caracterice a la tercera edad de las sociedades postindustriales. Con independencia de otros factores de incidencia personal y de origen diverso[1], parece que este aspecto, además de ser el más común y generalizable de la esta etapa evolutiva, también es el que mejor facilita la ubicación de la práctica de la actividad física.

De Castro (1990) identifica el periodo vital de la tercera edad como el tiempo del ocio. Quizás por eso, el ocio, en la tercera edad requiera ser reconceptualizado. Como afirma Aguirre (1992, pp. 35-38), “es un bien tan escaso y precioso el tiempo vital para un jubilado que es una grave irresponsabilidad dedicarlo a <matar el tiempo> en un ocio que se asemeja a la tranquilidad de los cementerios …, la vejez necesita una redefinición de su cultura del ocio y la potenciación de su interrelación social”. Por razones semejantes, Fernández-Ballesteros (1996) otorga al ocio un destacado papel entre los factores que inciden en la calidad del vida de los individuos de la tercera edad.

  1. Actividad física y tercera edad

De acuerdo con las expectativas de esperanza de vida de los países desarrollados, actualmente, se considera que la madurez y la senectud ocupan un 30% del ciclo vital. Este envejecimiento de la población ya es un fenómeno común a todas las sociedades postindustriales:

– Entre el 18 y el 23 % de la población, con tendencia a incrementar, ocupa el sector de la tercera edad.

– Durante el primer cuarto del s. XXI, la población de la tercera edad se incrementará desde los 50 millones hasta los 85 millones en el año 2020.

– En, Europa, en el año 2020, entre 17 y 22 millones de personas tendrán más de 85 años.

– En España, en el año 2000, el 40% de la población tiene una edad superior a 60 años.

Estos datos son suficientemente significativos como para que nos parezca pertinente proceder a un análisis de la actividad física en la tercera edad desde parámetros diferentes, específicos y renovados. Como ya hemos tratado con anterioridad, es necesario abordar una revisión crítica de cuantos postulados nos servían hasta ahora para conceptualizar la tercera edad y, aun más, en aquellos aspectos que se refieren a su condición psicomotriz.

Habiendo perdido ya mucha vigencia la mayoría de los parámetros que organizaron la vida como adultos (trabajo, cuidado de la familia, adquisición de una posición social, etc.) en esta etapa la percepción de la calidad de vida se circunscribe especialmente a otros factores directamente relacionados con la autopercepción y la autoestima actual. Todos estos criterios, las necesidades propias de la tercera edad e, incluso, una gran mayoría de las capacidades necesarias para desarrollar dinámicas adaptativas eficaces están condicionadas por lo corporal. Por tanto, admitida la importancia de la dimensión psicomotriz en esta etapa, Carmen Fontecha (1996) propone cuatro pilares sobre los que debería apoyarse cualquier programa de intervención en la tercera edad:

– Reconocerla como fenómeno social en ascenso.

– Considerarla como una etapa natural del proceso vital.

– Disminuir las distancias generacionales en eliminando tópicos y perjuicios.

– Asumir responsabilidades en cuanto a la capacitación profesional.

Como señala Silvia F. Los Santos (2002), para diseñar una programación de actividades debemos tener en cuenta determinados principios metodológicos y algunos criterios específicamente dirigidos a la actividad motriz en esta etapa evolutiva:

– Adecuar la respuesta motriz a la heterogeneidad inherente a la realidad corporal del sujeto.

– Considerar aquellas características que resultan absolutamente determinantes para el desarrollo conductual del individuo en esta etapa y, especialmente, cuantos aspectos, como consecuencia de la desestructuración del esquema corporal, interfieren en los procesos de autopercepción.

– La intervención psicomotriz debe dar respuesta a las necesidades y motivaciones de las personas prevaleciendo, en su diseño, la vivencia corporal sobre el rendimiento.

– La intervención ha de respetar una perspectiva holística y unitaria proporcionando un tratamiento global a todas las dimensiones de la estructura psicomotriz: biológicos, psicomotrices, psicológicos y sociales.

– Adecuar los medios a las preferencias de los participantes facilitando la mayor ampliación de posibilidades y, de manera especial, la actualización y la máxima exploración de sus posibilidades

– Tener en cuenta la falta de destrezas y hábitos relacionados con la práctica físico-deportiva que actualmente caracteriza a los integrantes de esta etapa.

– Potenciar, por medio de las actividades físicas, aquellas dinámicas de grupo que permitan reconstruir el deterioro de sus recursos relacionales.

– Metodológicamente, la programación ha de regirse especialmente por los principios de continuidad y progresión.

– La evaluación ha de inspirar la aplicación y adecuación continua de los programas a través de un seguimiento sistematizado.

La globalidad recomendable para diseñar cualquier programa de intervención en la tercera edad impone una interacción entre todas las variables que intervienen. Como ya hemos visto el apoyo social se constituye en el principal factor para determinar el nivel de bienestar por eso no es de extrañar que su percepción afecte a la mayoría de los demás factores. Por esa razón parece interesante que, para finalizar, consideremos, aunque sólo sea brevemente, la repercusión de la práctica físico-deportiva sobre el apoyo social de las personas mayores.

Pese a los numerosos estudios que se han realizado sobre la repercusión del ejercicio físico en la tercera edad, al menos en España, casi todos se han interesado por los efectos producidos en la salud física de las personas mayores, muy pocos sobre la repercusión psicológica que estas prácticas generan y aun son más escasos los que indagan las razones que impulsan a aceptar los nuevos hábitos relacionados con la práctica de la actividad motriz. No obstante, la mínima información conseguida al efecto, como el estudio realizado por Cousins (1995), parece indicar que es la provisión de apoyo social lo que lleva a una buena parte de las personas mayores a tomar parte en las actividades deportivas. El entorno generado alrededor de estas prácticas facilita los contactos sociales y la creación de vínculos afectivos. Así, Miguel A. García (2002), siguiendo el modelo funcional de Weis, sugiere que las personas mayores necesitan del contacto con sus iguales y del reconocimiento por parte de estos de sus capacidades y habilidades.

  1. Actividad física, tercera edad y salud

Para concretar este aspecto deberíamos resolver previamente tres conceptos básicos: que entendemos por actividad física, con que características identificamos a la tercera edad y desde que parámetros definiremos la noción de salud. Ahora sirva como criterio genérico que, en todo caso, a la salud a la que nos referiremos siempre estará definida de manera holística y, como consecuencia, la consideraremos el resultado de la armonía y del equilibrio de todas las dimensiones del individuo: biológica, psicológica, psicomotriz, social, etc.

Sin embargo, actualmente, la mayoría de los programas que se están desarrollando se refieren a un concepto de salud muy relacionado con la enfermedad física y, en esta edad, con relación a su prevención o a paliar los efectos de las patologías ya existentes. Jean Deboise (1996) propone un plan de activación física claramente ajustado a estos criterios. En su opinión, el primer paso que ha de plantearse es la necesidad de convencer al anciano de la utilidad de la prevención mediante el ejercicio físico y, como consecuencia, desvelar los dos tópicos falsos que habitualmente residen en la mente del anciano:

– Están persuadidos de que lo normal en la vejez es sufrir enfermedades o incapacidades.

– La creencia errónea que sostiene que es bueno para la salud descansar y no hacer nada después de la jubilación.

Por tanto, dice Deboise, ha de empezarse por demostrar que estas ideas son erróneas y que es posible envejecer bien siempre que se adopten voluntariamente comportamientos favorables entre los que el ejercicio físico es un medio privilegiado para mantener la buena forma y la buena salud. Pero, en cualquier caso, recomienda que la actividad física que se practique sea “adaptada” a las posibilidades de cada participante para lo cual deberán tenerse en cuenta los siguientes criterios: edad, posibilidades físicas de cada uno y enfermedades o accidentes sufridos con anterioridad.

  1. Conclusión

Suponemos que, en nuestro caso, no debiera necesario realizar declaraciones solemnes sobre la importancia que concedemos a las condiciones físicas del anciano y a su estado óptimo de forma. Sin embargo, pensamos que limitar los objetivos de la intervención posible desde los recursos de la actividad física a la exclusiva dimensión orgánica es un grave error que evidencia la permanencia de un modelo dicotómico ya absolutamente superado en otros ámbitos científicos.

El empecinamiento en esta limitación conceptual no solo hará más ineficaz la intervención sino que, lo que nos parece más importante, no responderá a las necesidades de la tercera edad. Desaprovechar las posibilidades de intervención en todos las dimensiones de la estructura psicomotriz y social que permite la actividad física significará la perdida de la autonomía profesional, la subordinación a las decisiones de otros facultativos y la reclusión en espacios de actividad marginales o adaptados a sectores minoritarios.

Nosotros pensamos que tanto la investigación como las alternativas metodológicas que a este respecto se realicen y se ensayen desde el sector de las Ciencias de la Actividad Física y del Deporte han de encaminarse a desarrollar un tratamiento global que, en primer lugar, facilite al viejo la aceptación de su realidad, también la corporal, para después reconstruir sus vínculos relacionales con el auxilio de las destrezas motrices, lúdicas o de cualquier otro tipo, y de las capacidades, incluidas las físicas y las psicomotrices, necesarias para llevar a término un nuevo proyecto vital.

En nuestro criterio, la actividad física ha de perseguir un nivel “bienestar” que nosotros identificamos con una suerte de equilibrio somatopsíquico y social que favorezca la adaptación de la tercera edad a sus nuevas circunstancias. Esta intervención deberá abordarse desde dos ámbitos de actuación principales: la actualización satisfactoria de la autopercepción y el mantenimiento y desarrollo de una organización dinámica que dote al viejo del mayor grado de autonomía y capacidad de acción. Para conseguirlo deberá atenderse, fundamentalmente, a los siguientes objetivos generales:

– Con relación al ámbito tónico-motor:

. Mantenimiento de las capacidades físicas básicas y de los sistemas orgánicos principales.

. Mantenimiento de las aptitudes psicomotrices como base de organización de la conducta.

. Mantenimiento de la capacidad de motilidad y eficacia en la conducta motriz.

– Con relación a la autopercepción:

. Mantenimiento de la estructura del esquema corporal como referente fundamental para la actualización de la imagen corporal y la organización de la estructura psicomotriz.

. Desarrollo de la autopercepción como base de la autoaceptación y la autoestima.

. Identificación, reconocimiento y control de la información propioceptiva y emocional.

– Establecimiento y reorganización de la estructura relacional:

. Facilitar dinámicas de integración grupal en el nuevo contexto afectivo y relacional

. Elaboración de nuevos nexos sobre las condiciones que definen la circunstancia evolutiva de la tercera edad.

. Ampliación de los vínculos y aprendizaje de nuevos recursos de socialización.

. Desarrollo de la capacidad de autonomía afectiva.

. Dotar de recursos para el empleo del ocio con actividades que permitan la recreación y el empleo del tiempo libre con actividades de carácter autotélico.

Referencias bibliográficas

Aguirre, A. (1992). El ocio como cultura de la vejez: hacia una gerontología social, Papeles del Psicólogo (54), 35-38.

Altarejos, F. (2001) Etapa evolutiva de la vejez. En G. Orduña, Gabriela y C. Naval (edts.), Gerontología educativa, p. 43. Barcelona Ed. Ariel educación.

Castro, A. de (1990). La tercera edad tiempo de ocio y cultura. Madrid: Narcea.

Cousins, C.O. (1995). Social support for exercise among elderly womwn in Canada. Healt Promotion International (10), 273-282.

Deboise, J. (1996). Las asociaciones de personas mayores: su papel en la educación a favor de la salud. En Actividad física y salud en la tercera edad. II Conferencia Internacional AGREPA (6/10 de septiembre de 1995) (p. 35). Madrid: Instituto Nacional de Servicios Sociales.

Fernández-Ballesteros, R. (1996). Calidad de vida en la vejez en los distintos contextos. Madrid: Instituto Nacional de Servicios Sociales.

Fontecha, C. (1996). Los programas de especialización en actividad física de personas mayores. En Actividad física y salud en la tercera edad. II Conferencia Internacional AGREPA (6/10 de septiembre de 1995 (pp. 14-151). Madrid: Instituto Nacional de Servicios Sociales.

García Martín, M.A. (2002). Beneficios del apoyo social durante el envejecimiento: efectos protectores de la actividad y el deporte. Lecturas: EF y Deportes (51) 8.

González Torres, Mª. C. (2001). Cambios en la vejez y calidad de vida. En G. Orduña y C. Naval (edts.). Gerontología educativa (p. 59 y ss.). Barcelona Ed. Ariel educación.

González Torres, Mª.C. (2001). Cambios en la vejez y calidad de vida. En G. Orduña y C. Naval (edts.): Gerontología educativa (p.59 y ss.). Barcelona: Ed. Ariel educación.

Kelly, J.; Steinkamp, M. y Kelly, J. (1999). Later-life satisfaction: does leisure contribute?. Citado por M. Cuenca. Ocio y formación (p. 47). Bilbao: Universidad de Deusto (Documentos de estudio de ocio, 7).

La educación no formal. Una prioridad de futuro. V Semana monográfica (10/14 de XII de 1990), (1990), Madrid: Fundación Santillana.

Los Santos, S. F. (2002). La recreación en la tercera edad. Lecturas: EF y Deportes (45).

Rice, P. F. (1997). Desarrollo humano. Estudio del ciclo vital (p. 443). Bogotá: Ed. Prentice-Hall hispanoamericana.

Sáez Narro, N. (dir.) y otros (1998). Actividad y ocio en tercera edad. Un modelo de estudio, Valencia: Promolibro.

[1] Narciso Sáez Narro propone un modelo de interpretación del ocio en los sujetos mayores que denomina “Modelo integrativo” porque estaría compuesto de diversas variables que son prescriptores o factores desencadenantes de esta conducta. Entre estos factores desencadenantes distingue dos tipos principales: unos factores disposicionales y otros factores moduladores. Entre ambos tipos clasifica el resto de las variables que intervienen en la tipificación que, en cada caso, caracterizan la conducta de los sujetos de la tercera edad en el tiempo de ocio o con el animo de recreación. (Cfr., Sáez Narro, Narciso (dir.) y otros: Actividad y ocio en tercera edad. Un modelo de estudio, Valencia, Promolibro, 1998, p. 29).

2 comentarios sobre “TERCERA EDAD, ACTIVIDAD FÍSICA Y ¿SALUD?

  1. La mejora de la calidad de vida provoca una obligada reformulación del paradigma que identifica a la tercera edad, el cual nos evidencia la repercusión de la práctica físico-deportiva sobre el apoyo social de las personas mayores, las Ciencias de la Actividad Física y del Deporte han de encaminarse a desarrollar un tratamiento global para asi no desligar a la tercera edad, y lograr la practica de la actividad recreativa y de ocio es la que más influye en la satisfacción de la vida de los jubilados.

  2. La educación física es una ciencia, en la cual son muchos los paradigmas que sobresalen cada día, encontramos aquí el de la tercera edad, el cual muestra, el gran trabajo que hay por realizar con estas personas, permitiéndoles así un nivel de bienestar absoluto. Este bienestar se puede ver como el resultado de la armonía y el equilibrio de un individuo: biológica, psicológica, psicomotriz, social, etc.
    Hay que tener en cuenta que para desarrollar cualquier actividad el primer paso que debemos dar es convencer al anciano de todo lo que él puede prevenir mediante la actividad física, para así lograr sacar de sus mentes ideas erróneas como lo son: la vejez es solo enfermedades y sufrimientos y que es bueno para la salud no hacer nada después de la jubilación. Lo que debemos lograr es demostrarles que es posible envejecer bien siempre que se acojan conductas favorables. Pero es importante resaltar que la actividad física y el deporte han de desarrollar un tratamiento global para así no desunir a la tercera edad.
    Por lo tanto, se puede generar en el anciano el potencial de presumir un envejecimiento agradable en la medida que satisfaga necesidades fundamentales como autonomía, competencia y relación afectiva, todo esto a través del desarrollo de objetivos.

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